Kilt me, please!: Ruta al corazón, con parada en Escocia 25. Ewan
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25. Ewan

CAPÍTULO VEINTICINCO

Ewan

—¿ N os vamos? —Extiendo la mano invitándola a entrar en la camioneta.

Ella asiente con una sonrisa preciosa. ¿Es normal que me excite solo con ver esa sonrisa? Soy un puto pervertido.

Le abro la puerta del coche intentando olvidar las peligrosas ideas que se pasean por mi mente. Lleva una mochila en donde supongo transportará la urna. Ella se acomoda en el asiento y me mira de reojo. Me monto en el asiento del conductor y comenzamos el viaje.

El silencio es un poco incómodo y es todo por mi culpa, pues no sé qué hablar con ella, me he vuelto un antisocial, en especial con las mujeres. Encima se suma mi nerviosismo. Mi cuerpo está rígido como un palo por su cercanía.

Está mirando el paisaje como si quisiera memorizarlo. Yo, fijo en la carretera, me ocupo de no parecer un idiota adolescente. Al fin me lanzo y carraspeo para llamar su atención. Ella me clava esos expresivos ojos color miel y, por un segundo, se me corta la respiración.

«Joder, es preciosa», me digo y trago saliva.

—He estado dibujando —callo un segundo intentando aclararme— un mapa del camino, de la ruta que creo que es mejor seguir.

Me revuelvo en el asiento, incómodo, pues esto está siendo más difícil de lo que creía. Está claro que se me dan mejor los animales.

—¿Has dibujado un mapa para nuestro viaje?

—Es una tontería.

No quiero mirarla para no descubrir su cara de decepción, o peor, de burla. Ahora me arrepiento de haber hecho ese estúpido mapa.

—Me encantaría verlo. —Me sorprende tanto que casi piso el freno de golpe sin darme cuenta.

—Está en la guantera. No es el mejor dibujo del mundo, pero he apuntado todos los lugares que pienso que te gustarían.

Saca el dibujo de líneas torcidas, anotaciones apresuradas y el bosquejo del castillo de Huntly que parece más un churro que un castillo. Sí, mi hermana llevaba razón, no sé dibujar. Lo mira con una expresión que no logro descifrar y los nervios me comen por dentro.

—Ewan —susurra con… ¿ternura?—, es perfecto. Gracias por el detalle.

Por el rabillo del ojo veo que sonríe. Le ha gustado el dibujo, me relajo al instante, tenía miedo a su reacción. Skye no se había equivocado, ella no es como las demás. Es sencilla y natural, sin artificios, por eso me atrae tanto.

«Gracias hermanita», digo para mis adentros.

Sigo con la mirada en la carretera, ahora con menos opresión en mi pecho. Puede que al final funcione esto del mapa y logre conquistar a la española que me roba el juicio.

—Tenemos dos horas de camino, si todo va bien llegaremos a Huntly hacia las doce de la mañana. —Busca algo en la guantera del coche, me pregunto qué.

—¿Y el GPS?

—No lo necesito, conozco estos caminos como la palma de mi mano.

Sí, suena presuntuoso, pero llevo años conduciendo por estas carreteras y jamás me he perdido.

—Tu hermana no dice lo mismo. —Oigo que susurra.

—¿No crees que sea capaz de llevarte hasta allí? —Ha sonado un poco brusco, lo sé, pero no me gusta que me porfíen.

—No he dicho eso. Es solo que… —sopesa qué decir—, podrías confundirte, las carreteras de Escocia parecen todas iguales: campos verdes, montañas, ruinas, piedras… Muchísimas piedras. No sé cómo puedes guiarte por estos caminos sin un maldito GPS.

—No nos vamos a perder, Lucía.

—Claro, lo que tú digas. Luego llegará la lluvia, el hotel mugriento… —susurra sin sentido.

¿Pero esta chica se piensa que no he salido de la granja en la vida? De repente se ha puesto muy seria y suspiro, algo crispado. Le agarro la mano para que me escuche atentamente, porque me imagino el motivo.

—No hagas caso de lo que mi hermana te diga, me he criado aquí, jamás me perdería. Estás en buenas manos, te lo prometo. —Ella sonríe. Yo la imito y nos relajamos al instante.

—¿Dónde pararemos?

—Lo primero es llevar a tu tía con su amado. Seguro que si estuviera aquí nos lo agradecería. —Su rostro se ilumina, sé lo importante que es para ella.

—Su espíritu viaja con nosotros —dice con emoción en sus ojos y le aprieto la mano para reconfortarla.

—Luego podemos ir donde tú quieras, tenemos todo el día para hacer lo que más te apetezca. —Veo cómo se sonroja ante mi intensa mirada.

Han pasado un par de horas y ya deberíamos haber llegado, estoy nervioso y no quiero que Lucía lo note, pero definitivamente, estamos perdidos. Odio tener que reconocer que debería de haber usado el GPS.

Cierro los ojos frustrado. No sé cómo se lo tomará la sevillana, pero no puedo dar vueltas hasta que lo deduzca, así que será mejor reconocerlo.

—Eh…, Lucía. Tengo algo importante que decirte. —Me mira con atención y a mí se me cae el alma a los pies. La he cagado—. Creo que nos hemos perdido, que estoy conduciendo en círculos desde hace rato.

—¿Crees? —pregunta preocupada.

—Estoy seguro de que nos hemos perdido.

—Ewan, te dije que pusieras el GPS. —Se cruza de brazos enfurruñada.

—No lo entiendo, conozco estas carreteras como la palma de mi mano y jamás me había pasado.

—Siempre hay una primera vez para todo, grandullón. ¿Y ahora qué? Dios mío, no podré llevar las cenizas de mi tía al castillo. —Parece a punto de llorar, los ojos los tiene vidriosos. Respiro hondo intentando calmar mis emociones.

—Tranquila, iremos a ese castillo, aunque sea lo último que haga en mi vida. —Lucía me mira escéptica, y no la culpo.