23. Ewan
CAPÍTULO VEINTITRÉS
Ewan
M e alegro de que Lucía aceptara mi invitación de acompañarla hasta el castillo de Huntly.
Este viaje podría llegar a ser un antes y un después en lo que hay entre ambos, o al menos eso deseo.
Debo pensar bien cómo plantear el viaje hasta allí, y cómo transcurrirá el trayecto para enamorarla en tan solo un día. Un reto que deseo empezar.
Sonrío ante la perspectiva de un nuevo comienzo con ella, con la mujer que ha desestabilizado toda mi vida en solo unos días.
Garabateo en un papel lo que podríamos hacer.
Dibujo un mapa torpemente en el que apunto cada parada: Aberdeen, Huntly, incluso una cafetería que creo que le podría gustar donde tomaremos un café.
Llevo media hora intentando dibujar la silueta de un castillo y parece más una piedra que un edificio.
Cierro los ojos pensando en el viaje, en ella, en sus gestos de asombro al ver lo que le tengo preparado, cuando me arrebatan el papel de las manos.
Los abro rápido y descubro con terror a mi hermana ojeando el mapa.
—¿Esto es una flor junto a un camino? Ah, no. Espera, ¡es un mapa! Madre mía, tiene hasta una cafetería. ¿Qué piensas hacer con él? Porque la verdad, parece que lo haya dibujado un niño de cuatro años.
—Pues no, lo he hecho yo, listilla.
—No me dirás que ahora te vas a meter a pintor y vas a dejar la granja en mis manos. Sabes que llevaría esta granja mejor que tú, ¿verdad? —Skye se burla de mí sin poder hacer nada al respecto. Me siento como cuando éramos pequeños y ella me hacía rabiar.
—Dame eso. ―Suelta una carcajada que retumba en toda la casa.
—No, hasta que no me digas para qué es. —Sigue ojeando el mapa con curiosidad—. ¿Y estas cosas que son? ¿Piedras, setas o un rebaño de ovejas mutantes? Madre mía, Ewan, ¡qué mal dibujas!
Suspiro hastiado, no va a parar hasta que le cuente mis intenciones. Aunque, pensándolo mejor, puede que quiera ser mi aliada para conquistar el corazón de la sevillana.
—Son… puntos de interés —respondo en voz baja sintiendo arder mis orejas.
Skye me mira con cariño, o eso creo ya que no logro descifrar su expresión.
—Es para Lucía, ¿verdad? —No hace falta que le responda, sin embargo, asiento—.
Nunca te vi así por ninguna mujer. Pues sí que te ha dado fuerte, estás volviendo a ser aquel joven enamorado que no le importaba mostrar sus sentimientos.
Aileen te hizo mucho daño, pero no todas las mujeres son como ellas.
—Yo solo… —Skye chasquea la lengua y no me deja terminar.
—Ewan, cariño, si quieres impresionarla, quizás no deberías empezar por un mapa que parece dibujado por un niño pequeño. Tal vez…
—No quiero impresionarla. —Mi hermana me mira de reojo. Miento fatal y lo sabe, me conoce demasiado bien, ya de pequeño me pillaba todas las mentiras—. Solo quiero que tenga un bonito recuerdo del viaje, nada más. ―Skye deja el papel en la mesa y su sonrisa se suaviza.
—Pues entonces, dáselo —dice devolviéndome el papel—, porque es tan tierno como tú. Y si a ella le gustas de verdad, le va a encantar. ―Parpadeo con el papel en las manos y lo miro como si fuera un tesoro.
—¿De verdad lo crees?
—Creo que eres un desastre, pero un desastre muy adorable.
Eso normalmente, suele funcionar. —Se da la vuelta para irse, pero antes de cruzar la puerta me suelta una última frase—.
Ah, y la cosa que has dibujado en la esquina no es un castillo, más bien parece un zapato viejo.
Te lo digo, no sé, por si quieres arreglarlo.
—Es un castillo —farfullo indignado.
—Claro claro. Lo que tú digas. —Me guiña un ojo y desaparece.
Solo en el salón y absorto en mi dibujo, pienso que es cierto que parece un zapato.
Pero es mi zapato—castillo. Lo guardo en el bolsillo y me encamino a las cuadras, quiero dejarlo todo hecho antes de marcharme mañana con Lucía.
Aunque sé que mi hermana no dejará la granja desatendida, prefiero dar un repaso y quitarle faena.
Me limpio el sudor de la frente y me apoyo en el rastrillo un segundo. Respiro y el olor a heno y a caballo se me mete en mis fosas nasales. Sigo limpiando la cuadra cuando oigo unos pasos detrás de mí. Me giro y veo a mi vecino, mirándome como si fuera lo más interesante de Escocia.
—Hola, Ian.
—Hola, Ewan. ¿Trabajando?
―¿No es obvio?—Lo observo malhumorado—Mi hermana está en la casa.
—No vengo a ver a tu hermana. Bueno sí, pero luego, después de que hable contigo. —Agudizo mis sentidos. ¿A qué habrá venido ahora?
—Ya te dije que tenías mi beneplácito para estar con ella, por lo que no me voy a interponer.
Continúo limpiando para que se marche, sin embargo, no lo hace. Dejo el rastrillo a un lado esperando a que continúe con lo que tenga que decirme; no me gusta que me interrumpan cuando estoy trabajando.
—Quiero ayudarte mientras estés de viaje.
Lo observo detenidamente. Tiene las manos metidas en los bolsillos y una determinación que me hace sonreír.
—¿Ayudarme? —repito, incrédulo.
—Ahora que vamos a ser familia, no pienso fallarte cuando no puedas ocuparte de ella.
Suelto una carcajada suave, más por lo tierno de la situación que por burlarme de él. Me apoyo en el rastrillo y niego con la cabeza.
—Eres muy joven para casarte con mi hermana, ya te lo dije. —Ian se encoge de hombros, despreocupado.
—Deseo ayudarte, Ewan. Y también quiero que aproveches este viaje para que conquistes a Lucía. —Me quedo quieto sin saber qué responder a eso.
—Eh…, ¿gracias? —digo extrañado.
—No pongas cara de acelga, te mereces a alguien como ella. Y otra cosa, cuando estés a su lado, sé tú mismo, pero no tan tú. —Bufo confundido—. Ya sabes, más encantador y no tan…, gruñón.
—¿Me estás dando consejos?
—Sí. Hazme caso, y mírala a los ojos cuando le hables, a las chicas les gusta eso.
Me río por lo absurdo de la situación. Por recibir consejos amorosos de un chaval que aún no sabe afeitarse bien, pero que me enternece.
«Al final me va a caer bien el vecino», pienso divertido.
—Gracias, Ian —digo sincero.
Él asiente satisfecho, como si acabara de cumplir la misión más importante de su vida.
—Pues nada —se tambalea nervioso—, te dejo terminar. Y recuerda, si quieres conquistarla, mírala a los ojos.
—Vete antes de que te ponga a limpiar mierda de caballo.
Ian sale corriendo con una sonrisa en los labios. Yo sopeso lo que me acaba de decir, y por primera vez, siento una ilusión inesperada en mi corazón.