22. Lucía
CAPÍTULO VEINTIDÓS
Lucía
P ongo la mesa con la ilusión y el nerviosismo de una niña pequeña. Skye me llamó al rato confirmando que Ian también vendría a comer.
El olor a tortilla llena la estancia con el aroma característico de mi tierra.
La coloco en el centro de la mesa junto al tomate aliñado y el bol de salmorejo, rojo, intenso y con ese brillo que le da un buen aceite de oliva.
Se nota que los productos son de la granja porque la comida huele que alimenta.
—¿Necesitas ayuda? —pregunta Ewan entrando al salón. Doy un respingo, pues no esperaba que llegara tan pronto.
—Hola, Ewan. No te preocupes, está todo listo.
—¿Y este festín? Huele de maravilla.
Se acerca a la tortilla y cierra los ojos mientras inhala el aroma de la patata frita y el huevo cuajado. Oigo la risa suave de Skye que está detrás de él, la sigue Ian con una sonrisa de oreja a oreja.
—Huele increíble. ¿Qué has preparado, Lucía? —pregunta Ian, observando la comida con ansias.
—Os he traído un poco de mi tierra a Escocia, es lo mínimo que puedo hacer después de lo bien que me habéis acogido. —Ewan se acerca al salmorejo y lo mira con extrañeza.
—Eso…, ¿se come frío o caliente? ¿Es una especie de salsa? ¿Sopa?
—Se come frío, es una crema de tomate.
—¿Dejamos la charla para luego y nos sentamos a la mesa? Estoy famélica. —Mi amiga se frota las manos con impaciencia.
Ewan suelta una carcajada e Ian asiente con solemnidad.
Cuando veo a los tres sentados a la mesa, un calorcito inunda mi pecho, verlos así me hace sentir como en casa.
Ewan está contento y no parece el escocés borde que conocí el día que llegué.
Respiro hondo, satisfecha con todo lo que he preparado y agradecida por haberme encontrado en este lugar con personas tan maravillosas.
Los tres van probando los platos con gestos de asombro. Se miran unos a otros y luego me sonríen. Al final, todos elogian la gastronomía española.
—Skye, ya sé dónde vamos a ir de viaje de novios. ―Ewan se atraganta con la cerveza al escuchar a Ian.
—¿No es muy pronto para pensar en viaje de novios? —Vuelve mi granjero ceñudo. Pasea la vista entre su hermana y su novio.
—Nunca es pronto para amar, ¿verdad, cariño? Además, tengo muy claras mis prioridades: amo a Skye y no pienso dejarla escapar. Quizás tú también deberías dejar claras las tuyas, amigo. —Ian le lanza una indirecta que lo deja blanco.
Skye lo mira con tal admiración que parecen salirle corazoncitos de los ojos.
—Cambiemos de tema. —Ewan carraspea nervioso y luego me mira algo incómodo—. Lucía, he estado mirando algunos castillos que podrían ser interesantes para el descanso de tu tía.
«Por fin una conversación que merece la pena». Mi tía chilla en mi cabeza y cierro los ojos intentando que no se note mi sobresalto.
—¡Qué rápido! Pensé que tardarías al menos un par de días.
—Ewan es un friki de los castillos, has despertado al monstruo, querida. —Mi escocés mira a su hermana con reproche, sin embargo, la ignora y sigue con lo que ha descubierto.
—A lo que iba. Ya sabes que hay muchos castillos en Aberdeen; algunos están en excelente estado de conservación; otros en ruinas. Aun así, eso no les resta encanto y las historias que hay detrás, merecen la pena ser escuchadas.
«Por favor, que un laird enamorado me esté esperando en un castillo majestuoso», dice Enriqueta entusiasmada.
—¿Y tienes alguno en mente? —Ewan asiente con mirada intensa.
—Tengo tres, pero uno de ellos tiene una leyenda que seguro que te va a enamorar.
«Por Dios, este chico me tiene en ascuas, como no hable ya me va a dar un ataque. Voy a morir de la incertidumbre». Sonrío para mis adentros al oír a mi tía.
—Estoy deseando conocerla —digo y no solo para que mi tía esté en silencio, sino porque ansío saber más de los castillos que ha elegido para el descanso eterno de Enriqueta.
«No seas pejiguera, niña, y deja que el muchacho hable». ¿Otra vez ella? Madre mía, vaya cruz llevo a cuestas.
—Como dije, escogí tres castillos. Elegí los que están deshabitados y en ruinas, creo que en ellos podrás esparcir las cenizas con más tranquilidad.
Además, se enclavan en lugares maravillosos.
—Carraspea nervioso—. El primero es el castillo de Dunnottar, está construido sobre un promontorio rocoso y ofrece unas impresionantes vistas al mar.
«¡Ese ese! Me quedo con ese. Seguro que el laird que lo habitaba era guapísimo». Mi tía no se calla, me está volviendo loca con su voz aguda por la emoción.
—El segundo —continúa Ewan, ajeno a la cháchara de Enriqueta en mi cabeza— es el castillo de Huntly. Aunque está en ruinas, en los detalles arquitectónicos se puede observar lo increíblemente rica que fue la familia que habitó allí.
«Hum…, un rico laird escocés».
—Ese podría haberle gustado a mi tía. A veces era demasiado superficial.
«Niña, antes muerta que sencilla». Ahora sí que me da la risa. Intento disimularlo, pero Ewan me mira extrañado.
—Y el tercero, pero no menos importante, el castillo Fraser. Es una imponente fortaleza con numerosas torres; algunas de las más espectaculares de Escocia.
«No, ese no. A ver si va a venir una tal Claire y me va a robar a mi hombre». Esta mujer está desvariando, la serie Outlander le trastocó la cabeza.
—Descarta el castillo Fraser, no creo que le gustara a mi tía.
—¡Qué extraño! Lo puse en la lista pensando que era fan de la serie Outlander .
—¿Vamos a seguir hablando de castillos? —Skye nos interrumpe. Estaba tan interesada en lo que me contaba Ewan que olvidé que estaban allí—. Porque si es así, me marcho con Ian a dar un paseo.
—Sí, vamos a hablar de castillos. Ya sabes que esto es importante para Lucía —dice Ewan, ceñudo. Su hermana agacha la cabeza y yo me siento un poco culpable por acaparar la conversación.
—Siento mucho que te aburras, Skye. Si quieres podemos hablar de otra cosa. Más tarde hablaré con tu hermano sobre esto.
—Ni se te ocurra. —Al momento cambia la expresión a una más pícara—. Me voy con Ian y os dejo aquí hablando de vuestras cosas. —Me pregunto que estará tramando mi amiga.
Ewan y yo nos quedamos en silencio viendo cómo se marchan los dos tortolitos. Siento un poco de envidia; sana por supuesto, al ver el amor que se tienen el uno por el otro.
Miro a Ewan de reojo y me percato de que me mira con anhelo.
—Bueno, ¿seguimos? ―comento rompiendo el momento incómodo que se ha creado entre los dos.
—Eh…, sí. Como ya has descartado el castillo Fraser, solo quedan dos; el castillo de Dunnottar y el castillo de Huntly. Si te cuesta decidir por alguno, el segundo tiene esa leyenda que podría interesarte.
«¡Sí, la leyenda!», dice Enriqueta, de nuevo muy interesada.
—Espero que sea una historia que merezca la pena.
—No te va a decepcionar.
Su mirada es intensa y un calor abrasador recorre mi cuerpo. Este chico me tiene al borde de un ataque con esas sonrisas mojabragas.
—Pues adelante —contesto e intento no sonar demasiado ansiosa, sin embargo, el timbre de mi voz me delata.
—Cuenta la leyenda, que el laird Alistair Gordon se enamoró de la hija del clan enemigo; Maeve.
—Lo escucho con mucha atención—. Ella había llegado al castillo como rehén diplomática; una garantía de paz.
Se enamoraron y sus encuentros secretos fueron entre los jardines y los pasillos más oscuros.
Sin embargo, en aquellos tiempos, el amor no era suficiente para salvar a nadie.
«¿Y qué pasó?». Lo miro en silencio esperando que siga con su relato, ignorando la voz insistente de mi cabeza, que está igual de intrigada que yo.
—Cuando el padre de Alastair lo descubrió, ordenó que Maeve fuera devuelta al clan enemigo para ser ejecutada como traidora. —Un gemido de incredulidad se escapa de mi garganta.
—¿Cómo podían ser tan crueles en aquella época?
—Eran otros tiempos y otra manera de pensar.
—¿Y qué ocurrió? ¿Consiguió salvarla?
—Me temo que no. La encontró en un claro del bosque, ya sin vida.
En ese instante, algo en él se quebró. Volvió al castillo apesadumbrado y se encerró en sus pasillos, hablando entre las sombras y buscando desesperadamente a su querida Maeve.
Cuando murió, lo encontraron sentado en la gran sala junto a la ventana, como si estuviera esperando a que ella regresase.
Desde entonces, los aldeanos cuentan que, las noches de fuerte viento, puede distinguirse una figura a través de la ventana del gran salón mirando hacia el bosque.
Se dice que es Alastair Gordon, convencido de que su querida Maeve volverá junto a él algún día.
—Vaya, menuda historia.
—Se dice que incluso la muerte no ha logrado convencerlo de lo contrario. —Me quedo en silencio procesando sus palabras.
—Es una historia muy triste.
«Es él. Yo soy su Maeve; es ese hombre que veo en sueños esperando mi regreso. Lo siento en mi corazón». Un sentimiento de tristeza me invade el alma. ¿Será él, como dice mi tía, el amor de su vida?
—El castillo Huntly es el indicado. —No lo pienso dos veces. Estoy completamente segura de que allí podrá descansar mi tía en paz—. Lo malo es que no sé cuándo tendré la pieza para arreglar la furgoneta.
—Yo podría llevarte.
Lo miro con incredulidad y sorpresa. Ya se ha preocupado bastante buscando el castillo perfecto y que ahora quiera acompañarme, me deja descolocada.
«Niña di que sí, que estoy deseando poder ver a mi guapo laird Alistair».
—¿No tienes trabajo en la granja?
—La granja puede esperar, esto es importante para ti.
Una calidez inesperada me inunda el pecho. Este hombre me sorprende más cada segundo que paso junto a él. Las lágrimas acuden a mis ojos y no puedo ni quiero pararlas, las dejo correr libremente por mis mejillas.
Me mira inseguro, con miedo a haber dicho algo que me hubiera incomodado. En seguida sonrío para tranquilizarlo.
—Me encantaría que me acompañaras.
—Entonces iremos mañana mismo.
Ewan muestra una determinación que solo aparece cuando está seguro de algo; yo le sostengo la mirada, agradecida por todo lo que está haciendo por mí. No necesitamos palabras para entendernos, pues el silencio grita más que una conversación no dicha.