21. Lucía
CAPÍTULO VEINTIUNO
Lucía
E se hombre desestabiliza mi vida. Con el corazón todavía a mil por hora, cojo la llamada de mi amiga.
—No hace ni dos horas que hemos hablado, ¿tanto me echas de menos?
—No soy Lola. Le he quitado el móvil. —La voz de María entra por el altavoz y me tenso al instante—. ¿Cuándo pensabas contarnos lo del granjero gruñón?
Cierro los ojos mortificada, pues sí que ha tardado en contarle a las demás lo que hablamos por la mañana. Resoplo, menudas cotillas están hechas.
—Tampoco es que haya tenido mucho tiempo de poder de deciros nada. ¿Para eso me llamas? Pensaba que era porque Manolo ya había encontrado la pieza que necesito.
—Ese besugo no encontraría a su madre, aunque la tuviera delante de sus narices —se burla María.
—No seas injusta con él. —Escucho la voz de Lola más lejana y sonrío—. El pobre se está preocupando en buscar la pieza. Está deseando que vuelvas, Lucía, no se rinde por mucho que lo rechaces.
—Él verá lo que hace, yo ya no sé cómo decirle que no tiene nada que hacer conmigo, es más pegajoso que una alpargata de plástico en verano.
—Uy, y ahora menos que tienes a tu granjero buenorro haciéndote ojitos. —Sonrío ante el comentario de María.
—¿Hiciste lo que te dije?
—Sí, Lola.
Al otro lado del teléfono no se escucha nada durante unos segundos, están esperando a que les cuente lo que ha pasado. Sé que están deseando saber más, pero estoy tan nerviosa que no sé por dónde empezar.
—¡¿Quieres hablar de una vez?!
—Ha venido a pedirme disculpas. Me va a ayudar a encontrar un castillo donde esparcir las cenizas de mi tía. Además, quiere conocerme.
—¿A fondo? ¿Va a limpiarte las cañerías? Chica, ya te va haciendo falta, ¿desde cuándo no foll…?
—¡MARÍA! —grito sin dejarla terminar.
—Ni que nunca hubieras…
—No quiero escuchar lo que sigue. Oye, tengo que dejaros.
Voy a buscar a Skye, tengo algo importante que hablar con ella —digo inventándome una excusa tonta para que dejen el tema.
No sé lo que ocurrirá entre nosotros y no quiero hacerme ilusiones así que no pienso hablar aun de ello con las chicas hasta estar completamente segura.
—Vale, pero de esta no te libras. Esta tarde hacemos una videollamada para que nos cuentes con más profundidad, no nos puedes dejar con la miel en los labios.
—Está bien. Aunque no sé qué queréis que os cuente, no ha ocurrido nada. —Intento escurrir el bulto, pero sé que con ellas no será tan fácil.
—Ese nada me lo conozco demasiado bien. Luego hablamos.
Me despido de María y Lola y me encamino otra vez a la cocina con la esperanza de que mi granjero siga allí. La desilusión asoma por mi rostro al comprobar que no. Con seguridad se habrá ido a trabajar.
—¡Buenos días! —Pego un respingo al escuchar la voz cantarina de Skye a mis espaldas.
—Me has dado un susto de muerte —digo con una mano en el pecho—. Buenos días, te veo muy contenta.
—Y lo estoy. —El brillo en sus ojos no me pasa desapercibido.
—¿Me lo piensas contar o vas a quedártelo para ti sola?
—Ian ha hablado con mi hermano, y él le ha dado permiso para que estemos juntos. ¿No te parece romántico?
—Mujer, en la Edad Media puede que fuera romántico, pero ahora… —contesto tapándome la boca para no reír—. Eres adulta y puedes tomar tus propias decisiones.
—Visto de esa manera… —Su rostro se ensombrece—.
No sé, Ewan es muy protector conmigo y quería que aprobara nuestra relación.
Aquí, en Escocia, es muy importante la opinión de tus padres y la tradición de pedir la mano a la chica, y como los míos decidieron viajar por el mundo para disfrutar de su jubilación, él es el encargado de proteger mi felicidad.
—Es un bonito gesto por parte de Ian. Y sí, es algo muy romántico —concuerdo para dejarla más tranquila—. Me alegro de que Ewan apruebe vuestra relación, se ve a una legua que Ian te quiere mucho.
Su sonrisa vuelve a aparecer, y ya no parece molesta.
—¿Y qué piensas hacer hoy?
—Pues no había pensado en nada, aunque creo que escribiré.
—¿Eres escritora? Nunca había conocido a una.
—De momento es una afición. Mi novela está un poco estancada y querría acabarla, puesto que la pieza de la furgoneta me temo que no llegará en estos días, supongo que podré hacerlo.
—Claro que sí. Además, el paisaje te puede inspirar. ―Me guiña un ojo, creo que sé por dónde va, pero la ignoro.
—Después podría preparar algo de comer de mi tierra. Si te parece bien, claro.
—¡Oh! Eso sería estupendo. Le diré a Ian que venga a almorzar, seguro que le encantará probar lo que cocines.
—Genial. —Mis ánimos se elevan por las nubes con su entusiasmo.
—En la despensa tienes de todo. Estás en tu casa, Lucía. Mientras tanto, yo iré a ver si mi hermano necesita ayuda con los animales.
Me siento en el porche con el portátil sobre las rodillas esperando que las palabras surjan.
Abro el documento en la pantalla con la firme convicción de que hoy voy a avanzar en mi novela, pienso en mis personajes, en cómo me hablan, cómo me narran sus historias para que yo pueda plasmarlas.
Respiro hondo y coloco mis dedos sobre el teclado, el temblor aparece siempre justo antes de empezar a escribir.
Ese temor a no ser capaz de crear la historia que mi cabeza me grita.
Aun así, escribo las primeras palabras y, en ese instante, siento que mi cuerpo se relaja.
Mis dedos vuelan sobre el teclado. La historia que tanto tiempo llevaba atrapada en mi cabeza, por fin sale a la luz. No sé si es este lugar o la paz que se respira en él que hace que las palabras fluyan sin freno.
Miro el reloj, el tiempo ha pasado volando, pero estoy contenta con el resultado.
Cierro el documento y me levanto para preparar el almuerzo; hoy ha sido un día productivo.
Entro en la cocina con los ánimos renovados.
Miro en la alacena y cojo unas patatas y unos huevos: la tortilla de patatas nunca falla.
«Cómo echo de menos una buena tortilla de patatas con su cebollita bien picadita». La voz de mi tía interrumpe mis pensamientos y yo sonrío al oírla.
Encuentro unos tomates con muy buena pinta y decido hacer salmorejo, creo que les gustará.
Pongo música mientras pelo las patatas y bailo al ritmo de Camela.
Sí, soy una nostálgica, no lo puedo remediar, yo era de las que se sentaba en los coches de choque de la feria a escuchar la música ochentera.
Hoy voy a agradecerles a los hermanos que me hayan acogido en su casa, y qué mejor que hacerlo con una buena comida de mi tierra.
«Di que sí, niña, para conquistar el corazón de un hombre nada mejor que llenar su estómago».
Me dejo llevar por el entusiasmo de Enriqueta y me dispongo a preparar mis mejores platos. Espero que a Ewan le guste. Sonrío al pensar en él y me emociono como una adolescente recordando su mirada penetrante y ese beso que casi me hace arder.