Kilt me, please!: Ruta al corazón, con parada en Escocia 19. Lucía
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19. Lucía

CAPÍTULO DIECINUEVE

Lucía

H oy me levanté con la firme decisión de marcharme lo antes posible. Llamo a mi amiga Lola para saber si Manolo ha encontrado la pieza que necesito para arreglar mi furgoneta, y así poder alejarme de ese maldito granjero gruñón.

—Hola, guapa. ¿Cómo vas por tierras escocesas? —El saludo de mi amiga me arranca una sonrisa.

—Buenos días. ¿Has hablado ya con Manolo sobre la pieza que necesito?

—Buenos días a ti también, drama Queen.

—Lo siento, Lola. Es que ayer tuve un mal día, no me lo tengas en cuenta. Y no es que sea drama, es solo que necesito salir de aquí lo antes posible.

—No será para tanto —intenta quitarle hierro al asunto—. Manolo dice que la pieza le llegará en un par de días. En cuanto la tenga, te la mando urgente, pero necesitaré una dirección.

Por fin una buena noticia. Suspiro con alivio y mi amiga se percata de mi inquietud. No le da tiempo a preguntar, cuando ya estoy contándole todo lo que llevo dentro.

—Ayer besé a Ewan.

—¿El granjero hosco y mojabragas? ¿Ese del que no querías hablar? Pues sí que te das prisa en conocerlo, chica.

Respiro hondo, como cuando vas a entrar en una piscina de agua helada, luego le suelto lo ocurrido.

—Digamos que hemos tonteado un poco. Ayer dimos un paseo por la granja y me llevó a un rincón idílico junto al río, después me besó. Pero no un beso casto, noooo, uno de esos que te dejan con las patas colgando y con un calentón de mil demonios.

—Eso es bueno, ¿no? Yo no me querría ir ni a la vuelta de la esquina si me dan un beso así. Chica, eso es alegría para tu cuerpo. ―Me quedo en silencio, recordándolo todo con furia.

—Dijo que era un error. ¿Te lo puedes creer?

—¡Será lechuguino! Lo habrás mandado a freír espárragos, ¿no?

—Me marché echando chispas y maldiciendo en español. Y porque no sabía arameo que si no, también lo mando a la mierda en ese idioma. —Lola suelta una carcajada tan fuerte que tengo que separarme el teléfono del oído.

—Lucía, cariño, ¿estás segura de que no lo asustaste? Igual piensa que eres una devorahombres.

—Joder, ¡pues debería dejarse devorar! —exclamo con una rabia contenida—.

Que no le estoy pidiendo matrimonio, tan solo un poco de actividad sexual para desfogar, para quitarse la tensión de los músculos.

Es que de verdad, no lo entiendo. Ese hombre necesita un manual de instrucciones para tratar con mujeres.

—No, Lucía. Lo que necesita es una mujer que le quite las telarañas. Y esa puedes ser tú. Hazlo erupcionar como un volcán, como el Etna ese que cada dos por tres está sacando lava por el cráter.

—¿Y si nunca erupciona? ¿Y si está tan congelado como el Círculo Polar Ártico?

—Entonces busca otro volcán. O un lago termal; lo que más te apetezca en ese momento. ¡Será por hombres!

«¡Claro que sí! Esta chica tiene toda la razón del mundo: calentemos al granjero. Que sepa lo que es una mujer andaluza», me propone la empoderada de mi tía, metiendo baza en una conversación que ni le va ni le viene.

—Es que me gusta mucho, Lola. A veces me mira como si quisiera decirme algo y no pudiera o no se atreviera. A este paso, va a acabar con la poca cordura que tengo.

—Pues igual es eso. Igual no puede o le da un terror tremendo acercarse a mujeres bonitas.

—Gracias por escucharme.

—Para eso están las amigas.

Nos quedamos en silencio, pensativas, hasta que Lola lo interrumpe con una maquinación que no había tenido en cuenta.

—¿Sabes qué? Si quieres conseguir que ese hombre se fije en ti, tan solo tienes que ignorarlo. No hagas nada y deja que él vaya a ti.

—¿Nada?

—Nada. El que nada no se ahoga. —Suspiro resignada. Tal vez tenga razón.

—En estos días llegará la pieza, ¿no?

—Sí. En cuanto esté lista, te llamo para que me confirmes la dirección de entrega.

Me despido de mi amiga y me preparo para bajar a desayunar, temiendo encontrarme con el objeto de mis desvelos.

Al bajar las escaleras de la casa intento concentrarme en otra cosa que no sea Ewan, pero al minuto siguiente me traiciono recordando el beso y, además, lo reproduzco en bucle en mi cerebro.

—Genial —murmuro.

De pronto, lo encuentro parado en las escaleras. Este hombre me va a volver loca. Espera con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos. Tiene una pose preocupada, como si llevara el peso del mundo sobre sus hombros.

Por un instante pienso en subir las escaleras y fingir que no lo he visto, sin embargo, me saluda y ya no puedo evitarlo.

—Lucía. —Su voz áspera es sensual y hace que me estremezca solo de escucharla.

«Niña, definitivamente estás coladita por este chico», me dice la voz interior de Enriqueta.

—Hola. —Intento sonar lo más normal posible. Evidentemente, no lo consigo.

Nos contemplamos como dos adolescentes torpes en su primer baile de instituto. Lola estaría orgullosísima de mí: «No hagas nada». Eso me había dicho, ¿no?

Ewan se acerca despacio, como si temiera que yo saliera huyendo.

—Te buscaba.

—Ah, ¿sí? —Es hora de poner en práctica la idea de Lola—. Pues mira qué casualidad, yo trataba de no encontrarte; es obvio que he fracasado. —Parpadea confundido. Bien, confundirlo es parecido a ese «nada».

—Quería hablar contigo.

—¿Sobre qué? —Me cruzo de brazos a la defensiva, pues estoy a punto de desmoronarme. Vale, sí, soy una blandengue.

—Sobre… —veo que duda—, lo de ayer.

Y llegó el beso incorrecto, el error cometido y toda esa estupidez que me molesta tanto.

—No te preocupes, no pasa nada. Sé que para ti fue un error y no volverá a ocurrir.

—Sí pasa, porque no fue un error, al menos para mí.

Esa respuesta me descoloca lo suficiente para que mi cerebro desconecte durante unos segundos.

—Ewan… —comienzo a decir, pero me interrumpe.

—Déjame hablar —pide en voz baja y temblorosa—. No te rechacé porque no quisiera besarte, te lo juro. Fue porque no sé cómo tratar lo que me haces sentir. No sé cómo manejar ese caos que se ha formado en mi interior.

Me quedo muda, sin saber qué decir. Esto no me lo esperaba.

«Anda, ni yo, este chico es una caja de sorpresas», acepta mi tía y me la imagino ojiplática.

—Eres demasiado. —Lo miro con horror y al instante se corrige—. En el buen sentido, claro, y yo no sé si estoy hecho para alguien como tú.

Suelto una carcajada, sin creer lo que estoy oyendo, esto no puede estar pasándome.

—¿Y quién dictamina eso de que no estás hecho para mí? Si ni siquiera lo has intentado. ¿Es que existen normas para tener relaciones?

—Lo siento. —Cierro los ojos, agotada.

—No lo sientas, no me pidas perdón cada vez que haces o dices algo que pueda dañarme. Por favor, no lo hagas.

—Lucía, no quiero que te alejes. Deseo conocerte y que me conozcas. Has irrumpido en mi vida como un tsunami y no sé qué haré cuando te vayas.

—No me alejo. Eres tú con tus malditas inseguridades quien no deja que me acerque. —Asiente al comprender lo que intento decirle.

—¿Puedo desayunar contigo? —pregunta titubeante.

—Claro, estás en tu casa.

Y ahí, justo ahí, siento que el nada de Lola se va convirtiendo en algo al fin.