17. Lucía
CAPÍTULO DIECISIETE
Lucía
D espués del desastroso desayuno con Ewan, he llamado a mi amiga Lola.
Ha hablado con Manolo, quien le dijo que tardará unos días en encontrar la pieza en los desguaces de Sevilla.
Mira que había empezado la mañana estupendamente y como se ha torcido conforme iba avanzando.
Skye me ha visto abatida y no he podido ocultarle la verdad: Ewan no me ha dado opción.
Sé que ella quiere que me quede y así me lo demuestra, sin embargo, me siento un estorbo en esta casa.
Como si no fuese bienvenida por un hombre que lo mismo me trata con dulzura que al momento me repele como el agua al aceite.
Paseo por los alrededores para calmar mi ansiedad, ya que la granja no es muy grande.
A la izquierda, hay una especie de granero destartalado junto a una cuadra donde supongo que guardarán los caballos.
Un poco más adelante, distingo un establo y escucho unos mugidos de vaca.
Entro. El olor a heno es fuerte, pero no desagradable.
Al fondo, una enorme vaca con el pelo largo y de color rojizo, no como las vacas a las que estoy acostumbrada a ver, come junto a su ternero. Tiene unos enormes ojos que me escudriñan con curiosidad.
Observo la escena en silencio, fascinada con cómo el ternero se protege ocultándose tras su madre y ella lo acuna con la cabeza.
Siento como el peso en mi pecho se afloja y esa escena tan cotidiana me hiciera ver otra realidad en mi mente.
Por raro que parezca, percibo que pertenezco a este lugar, a estos prados.
Inspiro hondo con los ojos cerrados, impregnándome de esta maravillosa sensación y me acerco lentamente sin llegar a invadirlos.
Entonces, noto una presencia detrás de mí; no necesito girarme para saber quién es.
Está apoyado en la puerta del establo con esa mirada insolente suya y no puedo evitar ruborizarme. ¿Cuánto llevará ahí?
Durante unos minutos guardamos silencio y presenciamos la tierna escena de una madre con su cría. Es un momento mágico, de esos que guardas en la memoria durante mucho tiempo.
De repente, la vaca resopla y rompe así el momento íntimo entre ambos.
—No quería asustarte —murmura.
—Y no lo has hecho.
Se acerca despacio, como si temiera que fuera a huir. Me observa con intensidad durante unos segundos que parecen eternos.
—Siento lo de esta mañana. No debería haber dicho que tu furgoneta es una tartana.
—No lo sientas, llevas razón. —Le sonrío—. Pero no te acostumbres, no pienses que voy a dártela siempre. —Le guiño un ojo con picardía, destensando el ambiente entre nosotros.
Sonríe. Es muy guapo, pero cuando sonríe es arrebatador. Ahora parece más relajado, ya no es ese granjero gruñón que me crispa los nervios.
—¿Quieres dar un paseo por la granja? Podría enseñarte los alrededores —pregunta dudoso, pasando su mano por su nuca.
No sé por qué, su voz suena diferente, como si buscara algo más que pasear. Eso hace que mi estómago dé un vuelco inesperado y las mariposas campen en él a sus anchas.
—Me encantaría —respondo demasiado rápido.
Él lo nota al instante y endulza su expresión, parece más confiado. Al salir del establo, el aire fresco me azota con suavidad el rostro y caminamos uno al lado del otro. Siento esa presencia cálida, natural, como si lo conociera de toda la vida. Nunca había notado algo así con nadie.
—Al fondo —comienza a decir señalando con la barbilla a una colina—, están los prados más verdes y dulces de la granja, o eso decía mi abuelo. A las vacas les encanta pastar en esa zona.
—¿Y tú lo crees?
—No lo sé, nunca la he probado.
Río ante la ocurrencia. Me gusta ese lado bromista de Ewan y más relajado. Lo observo en silencio y un calor repentino sube por mi pecho pensando en cómo sería besarlo, qué sentiría si mis labios rozaran los suyos un instante. Desvío la mirada para que no note mi turbación.
Caminamos por un sendero que nos lleva hasta una valla de madera. Ewan apoya la mano en el borde y me deja pasar primero.
—Gracias.
Seguimos adelante, el cielo está cerrado y solo algunas nubes blancas y bajas contrastan en ese típico panorama escocés. Corre una suave brisa que no llega a ser fría pero que refresca el ambiente.
—Lucía —llama, deteniéndose en mitad del camino—.
Me alegro de que estés aquí… con nosotros.
Sé que no soy la alegría de la huerta —sonrío ante la ocurrencia—, tarde o temprano te marcharás y…
, no quiero encariñarme contigo o que mi hermana se haga ilusiones por una amistad efímera.
Eres una gran mujer que, en otras circunstancias, me hubiera encantado conocer.
No sé qué contestar, está siendo diplomático. Yo solo asiento como una tonta, embobada con su juguete favorito.
«¡Niña, espabila! Se te van las mejores opciones para acercarte a él», grita la inoportuna de mi tía como un elefante en una cacharrería, rompiendo la magia que comenzaba a envolvernos. La ignoro.
Sigo junto a Ewan queriendo aparentar que entre nosotros no ocurre nada. No obstante, los dos sabemos que hay algo más allá que la atracción, aunque no lo queramos reconocer.
—No sé qué te ocurrió para que pensaras que mi amistad con Skye es efímera, y me parece muy cobarde por tu parte dar un paso atrás. Sabes que entre nosotros existe una conexión, eso no me lo puedes negar.
No responde, camina en silencio por el sendero. Yo lo sigo con la incertidumbre de que no sé qué piensa y me frustra.
—Por este sendero, llegaremos al río Allan Water. Corre una leyenda sobre este río. —Cambia de tema. No lo entiendo, pero no voy a insistir. Además, me pica la curiosidad con esa historia.
—¿Qué leyenda?
—Se dice que el río se lleva lo que uno no quiere cargar. —Lo miro con interés—, pero hay que dárselo de verdad. —Frunzo el ceño sin entender. Entonces continúa con la historia.
—Hay que pensar en lo que a uno le pesa, en lo que nos duele y después soltarlo. El río Allan lo guarda y tú sigues adelante; así de sencillo.
La senda que va hacia el río es estrecha y húmeda, bordeada por helechos. Ewan camina a mi lado y cada tanto nuestras manos se rozan, como si el camino se empeñara en acercarnos. Me remuevo inquieta.
—Ya falta poco —dice sin dejar de mirar al frente.
Confunde mi nerviosismo con impaciencia por llegar al río. Si supiera que es él, el que me pone cardiaca.
Oigo el murmullo del agua del río y me acerco con la inquietud de una niña. Cuando por fin lo veo, quedo anonadada. No tengo palabras para describir lo que tengo delante de mí. Es un río con poca afluencia de agua, pero con carácter. Ese pequeño rincón da la sensación de intimidad y misterio.
—Es precioso —consigo decir.
—No suelo traer aquí a nadie, mi hermana y yo solemos decir que es solo nuestro. Bueno, ahora tuyo también.
Me mira con un anhelo que calienta mi corazón. Siento calor en las mejillas y me sudan las manos.
—¿Y por qué me trajiste? —pregunto disimulando lo que me afectan sus palabras, pero mi corazón bombea a un ritmo demasiado rápido y mi respiración acelerada me delata.
Ewan da un paso hacia mí. El aire de repente se vuelve más denso entre los dos.
—Porque contigo… —se detiene unos segundos que a mí me parecen horas. Se acerca más y tiemblo de anticipación—. Contigo todo parece mejor.
Contengo el aliento. El río corre y no lo escucho, el mundo se detiene a mi alrededor y solo lo siento a él, tanto que deseo echarme en sus brazos. No entiendo su ambigüedad, a veces se aleja y otras…
Será mejor no pensarlo en estos instantes.
Levanta la mano despacio hacia mi rostro, dándome tiempo a apartarme. No lo hago. Lo miro con la misma intensidad. Acaricia con sus dedos un mechón que escapa de mi recogido y me lo coloca detrás de la oreja. Ese gesto íntimo hace que casi no pueda contenerme.
—Ewan…
En un movimiento inesperado, me agarra por la cintura y me atrae hacia él.
Sin dejar de mirarme y con fuego en los ojos, me besa.
Es un beso intenso, hambriento. Sus dedos acarician mi rostro con veneración.
Pego mi cuerpo al suyo y un gruñido primitivo se escapa de sus labios.
Su lengua roza los míos pidiendo entrar y yo lo dejo, ansiosa de saber lo que me espera.
Una descarga de placer me recorre cuando una de sus manos baja hasta mi cadera y me acerca más a él.
Todo a nuestro alrededor ha desaparecido, somos nosotros y un fuego que amenaza con consumirnos.
Cuando se aparta al fin, sus ojos reflejan confusión y horror.
—Esto ha sido un error —dice y se mesa el cabello, nervioso, en cambio yo, cierro los ojos frustrada.
—¡Pero qué error ni que ocho cuartos!
Este tío es tonto. Me mira aturdido mientras despotrico en español y pataleo el suelo. La rabia me enciende. ¿Pero qué se cree este, que puede dar un beso de ese calibre y dejarme a medias? El muy capullo no sabe con quién está tratando.
Si es que ya lo decía mi tía, los hombres no saben lo que quieren.
Furiosa, giro sobre mis pies. Me marcho desengañada, con un cabreo de mil narices y una gran insatisfacción sexual. Me llama, pero lo ignoro. Con lo bien que iba y lo ha jodido todo por sus malditos miedos e inseguridades.