16. Ewan
CAPÍTULO DIECISÉIS
Ewan
« I diota, deberías haberla besado», mi cabeza me castiga por mi cobardía.
Anoche me quedé como un pasmarote viendo cómo subía las escaleras hasta su habitación. Mi corazón me gritaba que la besara, pero la razón me advertía de que pronto se marcharía y no deseo volver a sufrir.
«Vive el momento y lo que tenga que ser será», vuelvo a decirme inconscientemente.
No debería dar tantas vueltas a las cosas. Mi cabeza me insta a que disfrute del momento que se me presenta, sin embargo, yo no puedo, no soy tan despreocupado. No puedo estar con nadie sin involucrar mis sentimientos.
Hoy me levanté temprano, no me apetece enfrentar a la culpable de mis desvelos.
No obstante, cuando entro en la cocina persiguiendo el aroma del café me la encuentro allí, sonriente.
Vaya sorpresa me he llevado al descubrir que es Lucía.
Con un vestido ligero y alegre de flores, tararea una canción en su idioma mientras prepara un desayuno digno de dioses.
Yo me derrito observándola. Menea las caderas al ritmo de la canción y se mueve por la cocina como si viviera desde siempre en esta casa. Sus movimientos me atrapan. Su naturalidad es innata, podría pasar horas mirándola y no cansarme. Sería bonito tenerla en mi casa siempre.
Ella se gira y me sorprende en el umbral. Luego me sonríe con timidez y yo no sé qué hacer, tan solo pongo cara de bobo.
«Esta es la mejor forma de comenzar el día», me digo.
Lucía se apoya en la encimera de la cocina con la espátula en la mano. Su mirada esconde una mezcla de picardía y ternura que me encoge el corazón.
—¿Qué pasa? ¿Nunca has visto a alguien bailar mientras prepara unas tortitas? —Parpadeo saliendo del trance.
—Skye no suele cocinar, y menos aún bailar mientras cocina. Y yo no bailo. —Ella ríe bajito, como si no quisiera despertar a Skye.
—Celebro que estoy de buen humor, por eso estoy preparando el desayuno para agradeceros vuestra hospitalidad. ¿Te apetecen unas tortitas al estilo de mi madre?
Me acerco despacio, sin dejar de mirarla a esos ojos castaños que me encantan. Luego me siento en el taburete, a su lado.
—Me encantaría probarlas, gracias. —Le sonrío al ver que me sirve un par de tortitas que huelen de maravilla.
—¿Café?
—Con leche, por favor.
«Podría acostumbrarme a esto, los dos juntos una mañana cualquiera», pienso embelesado.
Ya estoy otra vez soñando con un futuro que nunca llegará. Ya me pasó con Aileen y me llevé un chasco cuando se marchó sin mirar atrás, por lo que voy a centrarme en el ahora, aunque sea difícil, si no imposible.
Desayunamos envueltos en un silencio cómodo. Skye no se ha levantado aún, pero no me extraña, ella no suele madrugar.
—Hoy va a ir mi amiga al taller para preguntar por la pieza que necesito, espero arreglarla lo antes posible. De todas formas, para no causaros más molestias, dormiré esta noche en la furgoneta. En realidad, es cómoda, está equipada con todo lo que hace falta para vivir en ella.
No me gusta el giro que ha dado la conversación, hace un minuto desayunábamos tranquilos y ahora me viene con que quiere marcharse. No voy a dejarla a la intemperie en esa antigualla. Me niego, teniendo yo una casa al lado.
—Puedes quedarte aquí el tiempo que necesites. No voy a permitir que duermas sola en esa tartana que llamas furgoneta.
—No es una tartana y me ha traído hasta aquí desde Sevilla. Jamás había fallado hasta ayer.
Noto cómo se enfurece. Sin embargo, no puedo permitírselo; moriría si le ocurriera algo por estar sola ahí de noche. Aunque esté a pocos pasos, no es un sitio seguro.
—No sé si te has dado cuenta, pero se ha roto la transmisión. ―Percibo que se contiene para no mandarme a la mierda.
—Es un pequeño contratiempo. Pronto estará solucionado y no te molestaré más.
—Pues cuando la hayas arreglado te vas si tantas ganas tienes, mientras tanto, te quedarás aquí y no hay más que hablar. —Me marcho negándole el derecho a réplica, no voy a discutir esta estupidez.
«Lo que tú buscas es tenerla cerca». La voz de mi cabeza me traiciona, pero la ignoro.
Escucho lo que imagino que será una maldición en español mientras cruzo la cocina. Me gusta su fuego interior y deseo quemarme en él.
Llevo toda la mañana trabajando en la granja. Es un trabajo reconfortante, aunque agotador. Estoy ensimismado con uno de los terneros que han nacido esta semana, cuando escucho una voz a mis espaldas.
—¡Ewan MacLeod, eres un orangután sin sentimientos! —Esa es mi hermana con cara de pocos amigos—. ¿Cómo has podido tratar así a nuestra invitada? ―Cierro los ojos frustrado.
—No he hecho nada malo.
—¡Claro que sí! Has insultado a su furgoneta. ¿No entiendes que es muy importante para ella?
—Solo le he dicho la verdad, es una tartana —digo encogiéndome de hombros.
—No lo entiendes, Ewan, esa furgoneta era de su tía. Murió hace poco y tú… Has sido un insensible, deberías pedirle perdón.
La observo, se calla algo, pero no voy a indagar.
Respiro hondo, controlando las ganas de mandar todo a tomar viento. Por fortuna, reflexiono antes de decirle a mi hermana algo de lo que pueda arrepentirme.
—Luego hablaré con ella. —Skye salta y da pequeños grititos a mi alrededor. Le sonrío con ternura, me recuerda a cuando tenía diez años y le hacía feliz cualquier cosa.
—Sabía que podía contar contigo. Por cierto, me ha dicho que se quedará hasta que le traigan la pieza que necesita. Me cae bien, podríamos llegar a ser muy buenas amigas.
Se marcha dejándome solo con mis incansables pensamientos, estos días serán una dulce tortura. Permanezco inmóvil, mirando a la nada. Como si mi cuerpo necesitara un momento para entender lo que siento por esa chica que acabo de conocer.
Mis dudas se arremolinan en mi cabeza de manera atropellada. Por un lado, está lo que siento al verla, cómo ilumina cada rincón de la casa. Por otro, sé que no debo ilusionarme, a pesar de que no puedo apartar los ojos de ella.
«¿Qué me está pasando contigo, Lucía?», me repito una y otra vez en mi interior.