Kilt me, please!: Ruta al corazón, con parada en Escocia 15. Lucía
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15. Lucía

CAPÍTULO QUINCE

Lucía

E l pub empieza a llenarse de murmullos y risas, cuando un grupo de folk escocés toca al fondo del local. La suave música envuelve el lugar con un toque cálido. Sonrío soñadora al ver a mi nueva amiga con su chico, hacen una pareja perfecta.

—Bueno bueno… esta victoria se merece que os invite a una ronda. ¿Traemos unas pintas? —Skye espera a que yo le conteste.

—Una, pero que no sea negra. Una más suave estaría bien, no creo que pueda con otra tan fuerte.

Ya con la primera cerveza me he desinhibido demasiado con el gruñón que, al parecer ya no lo es tanto.

—Para mí lo mismo —dice Ewan. Skye levanta una ceja.

—Qué casualidad.

Ian la arrastra hasta la barra dejándonos solos.

Recojo los dardos que han quedado rociados por el suelo y Ewan me sigue.

Se agacha a mi lado y de repente, nos tocamos al coger el mismo dardo.

Lo suelto como si quemara, pues me descoloca de una manera que jamás había sentido antes.

Ese hombre transmite una intensidad que me desarma.

—No deberías mirarme así —digo aturdida.

—Así ¿cómo?

—Como si quisieras devorarme. —Veo un deseo en sus ojos que no disimula.

—No te estoy mirando de ninguna manera —contesta el muy bellaco y yo alzo una ceja, incrédula.

—Vale. —Sonríe y me guiña el ojo—. Quizás un poco.

Respiro hondo y me apoyo en la pared junto a la diana, pues siento mis piernas de mantequilla. Él se coloca delante, sin tocarme, aunque no me hace falta para percibir su fuego. El aire entre los dos vibra.

—Has jugado muy bien —dice y su voz me acaricia.

—Tú también. Aunque has estado más pendiente de mí que de la diana —contesto con voz suave; me gusta este coqueteo inocente.

—Puede ser.

Me roza la mano con sus dedos y nos envuelve esa corriente eléctrica de antes. Entonces, la camarera nos interrumpe colocando las cervezas delante rompiendo el momento. Ewan la mira con recelo. Supongo que esta es Kristy, la chica de la que me habló Skye.

—Ewan, tu hermanita se ha marchado —dice y se acerca a él mostrándole el insinuante escote. El monstruo de los celos me invade.

—Gracias, Kristy. —Ewan se gira ofreciéndome la cerveza, ignorándola—. He visto una mesa libre, ¿nos sentamos o prefieres marcharte?

Las mejillas de la chica se tornan rojo carmesí, está furiosa y no lo esconde. Sin más, vuelve a la carga con una seguridad aplastante. ¿Es que no entiende lo que es una negativa?

—Podrías esperarme. Saldré en un rato de trabajar y podríamos pasar un buen rato juntos —dice, la muy descarada.

Mi paciencia está llegando a su límite, pero prefiero que Ewan lidie con ella, no los conozco lo suficiente y paso de meterme entre ellos; no me incumbe.

—Si quieres me marcho, puedo llegar a casa sola.

—No, Kristy se va ya, ¿verdad? —La mira con furia y esta deja de insistir, aunque presiento que esto no acabará aquí. Ella me fulmina con la mirada antes de marcharse para seguir trabajando—. Lo siento, Kristy no tiene modales. Si no te sientes cómoda podemos marcharnos.

—¿Es… tu chica? No me gustaría meterme entre una pareja.

—Es tan solo una amiga que no entiende las negativas que le doy.

Pienso en su respuesta. No tenemos nada, somos tan solo dos personas tomándonos unas cervezas, ¿por qué marcharme?

—Quedémonos, se está bien aquí. Luego podemos dar un paseo, hace una noche estupenda.

—Me parece una buena idea. Vamos a sentarnos.

—Vale, pero antes iré al baño. Ahora vuelvo.

Me marcho dejando a mi granjero gruñón en la mesa con las dos cervezas. Una sonrisa tonta aflora en mis labios. Ewan no solo es guapo, también parece un hombre increíble. Una lástima que tenga que irme tan pronto.

«Niña, disfruta del momento, a nadie le amarga un dulce», dice mi tía. Lo pienso un segundo, y por una vez en la vida me dejo llevar.

Al salir del baño me encuentro con Kristy, me está esperando con los brazos cruzados y una mirada que podría matar.

—¿Tú quién te crees que eres? ¿Crees que por pavonearte delante de Ewan vas a llevártelo a la cama?

No quiero seguir su juego, no merece la pena.

Si es cierto lo que dice Ewan, es una mujer que no acepta una negativa.

Intento esquivarla, sin embargo, es más rápida que yo y me acorrala en el baño.

Esta mujer no sabe con quién se está metiendo.

Cierro los ojos controlando la rabia que me recorre por el cuerpo.

—No puedes venir aquí y quitarnos a nuestros hombres.

Está fatal, se le ha caído un tornillo o algo así porque no es normal. ¿Quitarles a los hombres, dice? Claro, como si fueran objetos.

«Vamos, Lucía. Demuéstrale de qué pasta estás hecha y saca tu poderío andaluz», me grita Enriqueta.

—No soy una ladrona que vaya por ahí robando nada. Ahora, si me permites, mi cerveza se calienta, y como buena sevillana me gusta bien fría.

Me mira con soberbia; yo con indiferencia. No me va a amedrentar una camarera con ínfulas de modelo.

—¡Maldita extranjera! —Se acerca más a mí con la mano levantada. ¿Va a pegarme?

La furia arrasa mi cuerpo como el fuego líquido que escupe un volcán en erupción.

Me giro para esquivarla y su mano se estrella contra la puerta del baño, grita y suelta improperios en un idioma que no entiendo y me voy.

La dejo enfadada, quejándose de dolor. No sé qué se ha creído, pero no merece un segundo más de mi vida esta escocesa caprichosa que se cree el culo del mundo.

«¡Que se joda la niñata! No va a poder poner cervezas en un tiempo». Sonrío ante el pensamiento de la loca de mi tía y me marcho a la mesa con Ewan como si no hubiera pasado nada.

Ewan y yo tomamos la cerveza entre risas y conversaciones triviales. Empiezo a conocer a un hombre bastante paciente, uno que piensa antes de hablar. Cuando sonríe, ilumina el lugar en el que se encuentra. Es curioso, pero ya no lo veo como el granjero gruñón que conocí esta mañana.

La noche pasa rápido y decidimos volver a casa paseando. El cielo está despejado y se ven las estrellas como si fuera un manto de pequeños diamantes. Sonrío, impresionada por tanta belleza.

—Nunca había visto tantas estrellas, en Sevilla hay demasiada luz.

Ewan me mira de reojo, pasea a mi lado en silencio. Hay momentos en que nuestras manos se rozan al caminar. No es un roce casual, o a mí no me lo parece y cuando sucede, sí que veo las estrellas.

—Aquí el cielo es siempre así. En las ciudades grandes no tenéis esos privilegios, es lo bueno de vivir en plena naturaleza.

—Es cierto. Os envidio. Aunque adoro mi hogar, a veces siento que me ahogo, vivimos con prisas y no disfrutamos de estos pequeños momentos. Hacer este viaje me ha venido muy bien.

—Tienes… —Ewan duda— ¿Te espera alguien en Sevilla? Quiero decir, una pareja.

Se pasa la mano por el cabello nervioso. Lo miro con ternura, no es tan gruñón como parece.

—No, no tengo pareja, pero tengo unas amigas que están deseando volver a verme. Nada más. Ya ni siquiera tengo trabajo, hace unos meses que lo perdí.

—Vaya, lo siento.

—No lo sientas, necesitaba un cambio en mi vida y este viaje ha supuesto para mí un giro de ciento ochenta grados.

—Me alegro de que tu furgoneta dejara de andar junto a la granja.

—Yo no, preferiría que siguiera andando, aunque me ha alegrado conoceros. Tu hermana es un sol.

—¿Y yo? —Me mira con una sonrisa en los labios que derretiría a la mismísima Frozen.

—Tú eres un ogro gruñón. —Le sonrío, y por un segundo nuestras miradas conectan de una manera que jamás había sentido con nadie.

Caminamos sumidos en un silencio cómodo. La noche nos cobija. A lo lejos, se insinúa la granja en medio de la oscuridad. Una luz cálida parpadea en el porche desvencijado.

—Hemos llegado.

—Sí —digo, mirándolo en silencio.

Espero a que él dé el primer paso y me bese, pero pasan unos largos segundos y nada.

—Deberíamos entrar —dice y se desordena el pelo, nervioso.

—Buenas noches, Ewan —acepto desilusionada.

—Buenas noches, extranjera.

Le guiño un ojo con picardía cuando marcho hacia mi habitación. No sé de dónde saco la osadía, será por las cervezas que he tomado, pero me gusta mi yo descarado. Lo dejo de pie en el porche, mirándome con sorpresa.

Mañana será otro día. Puede que tenga una nueva oportunidad.

«Di que sí, mi niña, no te rindas. Tienes al granjero gruñón a tus pies», oigo en mi cabeza y me marcho a la cama sintiendo que no todo está perdido.

«Recuerda, en el amor y en la guerra todo vale», me digo.