14. Ewan
CAPÍTULO CATORCE
Ewan
H e intentado por todos los medios no coincidir con la extranjera y creo que lo he conseguido, porque no la he visto en todo el día. Mi hermana la ha tenido muy ocupada en su habitación, haciendo no sé qué cosas de chicas. Mejor así, una preocupación menos.
Hoy iré al pub de Kristy para despejarme, ha sido un día duro y necesito aclarar mis ideas. Como siempre me recibe con una sonrisa coqueta y un contoneo seductor. Prefiero ignorarla, no es mi tipo, aunque sea guapa.
—Dos días seguidos… Hum, si sigues viniendo tanto voy a pensar que buscas algo más que una pinta de cerveza.
Kristy se acerca peligrosamente a mí. Yo me retiro muy educadamente, no quiero darle falsas esperanzas, para mí es tan solo una amiga que confunde mucho las cosas.
—Ponme una pinta, por favor.—Miro hacia otro lado para que entienda que no estoy interesada en ella.
—Algún día caerás rendido a mis pies, Ewan McLeod. Y ese día no podrás huir.
Se marcha para servirme la pinta que tanto necesito.
Entonces oigo abrirse la puerta del local y me giro hacia ella por instinto.
Se me corta la respiración cuando veo a la extranjera; la muy bruja ha venido a desestabilizarme con su sonrisa y mirada cándida.
Lleva unos simples pantalones vaqueros, pero acentúan su cintura estrecha.
La camisa verde es también muy entallada y trago saliva al no costarme mucho imaginar qué hay debajo.
Lleva una cola alta que le favorece bastante a su bonito rostro sin maquillaje.
La verdad es que se ve sencillamente espectacular.
—¿Quién es esa?
Mi camarera particular me saca de mis pensamientos. Me giro y noto su desconfianza. No le respondo con la excusa de saludar a mi hermana que, como siempre, va junto al insufrible Ian. Tengo que hacer algo para separar a esos dos.
—Skye.
—Hermanito, qué bien que estés aquí, nos falta uno para jugar en parejas a los dardos. Ian será mi pareja, tú podrías ser la de Lucía.
Mi primer impulso es decir que no, marcharme lo más lejos posible de esa tentación hecha mujer. Sin embargo, mi cordura se va al garete cuando veo en su mirada cierto temor.
—Sabes que vais a perder, ¿verdad? —digo a mi hermana y al tonto del vecino.
—¿Me estás retando, querido hermano?
Con un gesto de la mano le digo a Lucía que me siga hasta la diana. Ella sonríe, tímida. Sus mejillas están sonrosadas; no sé si es por vergüenza o por qué, sin embargo, a mí me resulta preciosa.
Skye calienta la muñeca como si de una profesional se tratara. Ha sido así desde pequeña, ya que a los dos nos gusta competir. Observo como Ian la contempla embelesado y reconozco, aunque no me gusta nada la idea, que el chico está perdidamente enamorado de ella.
Kristy nos trae unas cervezas y mira a la chica nueva con recelo, espero que esto no traiga problemas.
—Os vamos a dar una paliza —dice Lucía.
Al oírla, vibro y me siento bobo. Mi hermana, por supuesto se percata de mi turbación y sonríe.
—Lucía, has despertado a la bestia que vive en mí. Nunca debes retarme, si no quieres que te machaque.
Las dos ríen con naturalidad. Me gusta. Al instante me apena recordar que ella tan solo está de paso.
—Pues que empiece la competición —anuncia Ian, que se adelanta para poner el contador a cero.
Al acercarnos a los dardos, Lucía da un trago largo a su cerveza y me mira de arriba abajo.
—Perfecto, a ver si Ewan apunta tan bien como presume —dice desafiante.
Tan solo le ha dado un par de tragos a su cerveza y ya se le suelta la lengua. Me gusta esta parte tan desinhibida de ella. Decido jugar a lo mismo.
—Depende de lo que tenga delante. —Mis ojos están clavados en su boca.
La extranjera traga saliva y Skye sonríe, como quien lee un capítulo de su novela favorita.
Comenzamos la partida. Ian lanza primero y se acerca a la diana con su dardo. Sin embargo, mi hermana como buena jugadora que es, da de lleno en el centro.
—Aprende cariño —le dice al granjero y le da un suave beso en los labios.
—Estoy aprendiendo, pero… no a los dardos —le contesta con una sonrisa.
Skye le da un codazo cariñoso. Si esos dos siguen haciéndose carantoñas me van a crear una úlcera. No deseo verlos y ojeo hacia otro lado, no sé si algún día podré acostumbrarme a esas muestras de cariño.
—Basta de arrumacos, sigamos jugando.
Mi hermana me mira con desaprobación, yo la ignoro y dejo que Lucía lance primero. Respira hondo, se coloca y lanza como una profesional.
—¡Triple! Bien hecho.
Levanto la mano para que me choque los cinco, pero me siento ridículo. Ella mira mi mano levantada, sonríe y me devuelve el choque. Una corriente eléctrica recorre mi brazo. Nos apartamos de inmediato. Estoy idiotizado y sé que ella también lo ha sentido, lo noto en su mirada de asombro.
—No está mal, ¿no? —dice cohibida. Me acerco a ella y le susurro:
—Impresionante. Aunque puedes hacerlo aún mejor si ajustas un poco el brazo. —Me acerco más y le acaricio el hombro.
—Ah, ¿sí? ¿Y tú cómo sabes todo eso? —Me está desafiando, lo sé. Quiere jugar y yo lo estoy deseando.
—No deberías preguntar tanto —le susurro al oído y noto que su cuerpo se estremece.
Skye abre los ojos como platos ante mi atrevimiento.
—Hermanito, te toca. A ver qué sabes hacer.
Sonrío a mi hermana con arrogancia, sabe que no hay quien me gane a este juego. Lanzo sin entretenerme mucho y doy en la diana.
—Guau. ¡Eso ha sido increíble! —grita Ian, asombrado.
—Ian, no debes animarlo, es del equipo contrario. —Skye se enfurruña como una niña pequeña y suelto una carcajada inesperada que los deja perplejos—. Ewan estás riendo, debes tener fiebre.
Seguimos jugando muy divertidos y cuando la partida está a punto de terminar, paramos a valorar la situación.
—Vale, las cosas están así —Skye nos recuerda cómo va la puntuación—: si vosotros hacéis más de cuarenta puntos en esta ronda, ganaréis. Si no, Ian y yo os ganamos. Suerte hermanito, la vas a necesitar.
Le toca tirar a Lucía. Se le nota afectada por la presión de estos momentos, pues tiene los hombros tensos. Me coloco detrás de ella demasiado cerca. No la toco, pero siento el calor de su cuerpo hasta que gira el cuello hacia mí.
—Relaja el brazo y mira solo al centro, no a mí.
Cierra los ojos unos segundos, su cuerpo se calma al instante y, al abrirlos, lanza el dardo con precisión.
—Veinte puntos, bien hecho —le susurro. Después la rozo, descarado y se estremece.
—Vamos, Ewan, te toca tirar, deja ya los arrumacos —suelta mi hermana a quien lanzo una mirada asesina.
Me concentro, entrecierro los ojos y apunto al centro del tablero.
—¡Diana! Veinticinco puntos para Ewan. Felicidades, tío, habéis ganado —celebra el muchacho y me ofrece la mano. Yo se la estrecho, satisfecho de nuestra victoria.
—Buena partida, Ian, has sido un duro rival.
—¡Eh! ¿Y tu hermana no ha sido también una gran rival? —espeta Skye con retintín.
La atraigo y le doy un abrazo de oso, de esos que nos dábamos de pequeños.
Lucía nos mira con una sonrisa tímida en los labios.
Por unos segundos nuestras miradas se conectan y me doy cuenta de lo peligrosa que puede llegar a ser esta mujer para mí.
Lo que no entiendo es por qué. A pesar de ello, mi subconsciente es masoquista y decide seguirle el juego.
«Puede que me arrepienta pero hasta ahora no he creído que mereciera la pena luchar por una mujer».