12. Ewan
CAPÍTULO DOCE
Ewan
M e dirijo con paso tranquilo hacia la furgoneta de la dichosa visita inesperada, seguido de mi fiel amigo Finn, que mueve el rabo contento creyendo que vamos de paseo.
Mi hermana camina detrás con ella, las escucho reír y la ojeo.
No me fío de esa sonrisa, es la típica chica bonita de paso que jamás volveré a ver; como todas las mujeres que vienen a este pueblo.
Sin quererlo, esa extranjera ha irrumpido en mis tierras y ha desestabilizado mi paz mental, cuando ante mi puerta, algo cálido invadió mi pecho y la respiración se me entrecortó.
Fue extraño entender que fue por ella y, al segundo, deseché cualquier acercamiento con esa desconocida.
No puede atraerme una mujer que más pronto que tarde se marchará.
Lo primero que observé de ella fue su pelo castaño alborotado por el viento enmarcando su rostro.
Sus ojos grandes de color miel me observaban con cautela.
Por sus vaqueros y la camiseta básica, pienso que no viste para impresionar, aun así, es una mujer que ilumina a cada paso que da.
Y yo que siempre he preferido las sombras, me tiene algo confundido.
Permanezco alerta, con la sensación de que es de esas chicas que ven más de lo que muestro. Creo que es una mujer peligrosa de la que debo mantenerme alejado.
Miro al frente dejando atrás esos pensamientos, cuando veo al fin la furgoneta. Es una tartana. Espero que no venga de muy lejos, ya que esa antigualla podría darle problemas en el primer trayecto.
Al llegar, pido que abra el capó y nada más verlo sé por qué no arranca.
—La transmisión del coche se ha estropeado, tendrás que cambiarla.
Me mira como si observara un cuadro abstracto. Meso mis cabellos despeinándolos y suspiro, manteniendo la calma.
—Tendrás que buscar la pieza, lo que te será bastante difícil ya que esta furgoneta es vieja.
No encontrarás repuestos nuevos para ella, será mejor que llames a los desguaces a ver si tienes suerte.
—Me giro para abandonar el lugar, dado que ya he hecho mi buena acción del día.
Sin embargo, una voz chillona me detiene.
—¿Y ya está? ¿No piensas ayudarla? ¿La dejas abandonada a su suerte?
—Skye, ya le he dicho lo que tiene que hacer. Que llame a una grúa y que se hospede en un hotel mientras busca la pieza, nosotros no podemos hacer más.
La extranjera permanece en silencio. Entonces veo por el rabillo del ojo que le resbala una lágrima por la mejilla.
«Por favor, que no llore». Si, lo está haciendo. Cierro los ojos mortificado.
—¿Ves lo que has conseguido? —Mi hermana me mira con rabia mientras que se acerca a Lucía para consolarla—. No te preocupes, te quedarás en nuestra casa hasta que se solucione tu problema.
—¡¿Qué?! ¡¡No!! La acercamos al pueblo y que busque un alojamiento.
—No seas idiota, Ewan. Se queda con nosotros y no hay más que hablar.
—Yo… No quiero molestar, puedo dormir en mi furgoneta, está equipada con todo lo que puedo necesitar.
—¿Ves?, no nos necesita.
Mi hermana me mira con furia, como si fuera la mismísima Cailleach Beira, la diosa del invierno, que viene a destruirme con la fuerza indomable de la naturaleza. Sé que tengo la batalla perdida. Además, jamás dejaría a una mujer sola durante la noche, por muy equipada que tenga su furgoneta.
Bajo la cabeza resignado. Entonces, a sus labios asoma una sonrisa triunfal; sabe que ha ganado, solo espero que esta decisión no acabe destruyéndome.
—Vamos, está empezando a hacer frío y nuestra invitada querrá descansar. Seguro que ha tenido un viaje largo.
—¡Eres el mejor, hermanito! —Skye me abraza como si hubiera hecho la acción del año—. Vamos, Lucía, te prepararé la mejor habitación de la casa.
—Antes debo coger algunas cosas.
Parece cohibida, y no me extraña, a veces mi hermana puede ser muy intensa.
—Vamos, te ayudo. —Me ofrezco a llevar sus cosas, pero cuando veo que saca un feo jarrón del asiento delantero, me pica la curiosidad—. Esto…, ¿es imprescindible que nos lo llevemos?
Veo cómo se tensa de inmediato; será algo valioso y teme que se lo roben. Aunque sigo pensando que es horrendo.
—No puedo dejarlo aquí. —Me acerco para ayudarla a llevarlo, sin embargo, se retira con un gesto brusco—. No, yo lo llevo.
—Está bien.
Nuestra invitada prepara una bolsa con las cosas indispensables para pasar la noche en la granja. Mientras, la observo como un puto voyeur . Me giro de manera brusca buscando otra cosa en la que entretenerme.
—Finn, no te alejes mucho.
El perro alejará mis pensamientos de esta mujer extraña que, por culpa de mi hermana, dormirá bajo mi techo.
Las escucho hablar mientras nos dirigimos a la granja.
Lucía es de España, de una ciudad llamada Sevilla.
Viene desde bastante lejos con esa vieja chatarra, algo extraordinario sin duda, porque me extraña que no se le haya estropeado por el camino.
Las dos mantienen una conversación bastante animada, mientras yo las oigo como una vieja cotilla que está deseando enterarse de todo.
Es una mujer risueña y ha congeniado muy bien con Skye.
No me gusta nada la sensación que me envuelve al verlas así.
Mi hermana es una mujer muy alegre a la que todo el mundo le cae bien y, por lo visto, la extranjera también.
Y eso no es bueno. No quiero que entable una amistad con una mujer que se marchará pronto; sé lo que se siente cuando te abandonan y no me gustaría que mi pequeña descubriera esa sensación.
Al llegar a casa, Skye se la enseña a Lucía y juntas preparan la habitación de invitados. Yo permanezco frente a la escalera, mirando por donde han desaparecido. Suspiro, desesperado, va a ser más difícil de lo que imaginaba.
La idea de que ella pase aquí la noche me cae como un jarro de agua fría.
La imagen en mi cabeza de tenerla bajo mi techo despierta en mí cierta inquietud; algo que se hallaba dormido desde hace tiempo.
No sé definirlo. Tal vez sean nervios, expectativa y un miedo absurdo a que ella vea cómo soy en realidad.
Esta sensación nueva que crece dentro de mí me asusta, pues hacía mucho que una mujer no me llamaba tanto la atención. Si con tan solo unos minutos, y prácticamente sin hablar con ella, ha despertado en mí algo que creía dormido, no quiero ni pensar lo que sucederá si se queda más de un día.
Es solo una noche. No significa nada, sin embargo, mi cuerpo responde contrariado.
Un cosquilleo incómodo recorre mi estómago, como esas malditas mariposas que tanto nombran en los estúpidos libros que lee mi hermana.
Una parte de mí me advierte de que mantenga las distancias con la extranjera; otra, una muy pequeña pero obstinada, me insiste en que hace mucho que no deseaba a nadie de esa forma.
«No te hagas ilusiones, Ewan, todas acaban marchándose». Mi cabeza me recuerda lo que yo intento olvidar.