Kilt me, please!: Ruta al corazón, con parada en Escocia 11. Lucía
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11. Lucía

CAPÍTULO ONCE

Lucía

E stoy en Escocia. Las carreteras aquí son un poco más complicadas que en Irlanda y voy más despacio de lo que me gustaría.

Me rodean colinas verdes que impresionan y quedo embelesada por los paisajes mientras conduzco.

Entonces oigo que mi furgoneta emite un ronroneo irregular, extraño, al que no hago caso de momento; cuando llegue a mi próxima parada le echaré un vistazo.

Llevo dos horas de camino y me sorprendo al notar que la furgoneta vibra, es un sonido metálico que suena en mi lado izquierdo. Aun así, continúo. Al rato da un tirón, uno bastante serio y vuelve a estabilizarse.

«Esto no puede ser bueno», me encojo solo de pensarlo.

Blackford aparece delante de mí, con sus casas de piedra como en un cuento de hadas. Decido detenerme, no quiero llevarme un buen susto; uno más grande que el que tengo ahora mismo.

Cruzo el centro de la ciudad, tengo que buscar una zona para aparcar donde no moleste.

Dejo las casas de piedra atrás y me adentro en un camino rural rodeado por muros bajos cubiertos de musgo.

A la derecha veo un río, está casi oculto entre los árboles.

A mitad del trayecto, el camino se abre a un pequeño claro.

Tan ensimismada me encuentro en el paisaje que no me doy cuenta de que la furgo emite un raro ruido, seguido de un fuerte vaivén. Inesperadamente se para. Así, sin más.

Cierro los ojos frustrada. «¡Maldito Manolo!», grito en mi interior.

—No puedes pararte ahora, bonita —le susurro como si pudiera oírme.

Intento arrancarla, pero es imposible. No sé qué hacer, sin embargo, mantengo la calma. Miro a mi alrededor, pero solo veo campo.

Bajo con la firme decisión de encontrar ayuda. Desde aquí puedo ver un prado amplio que desciende hacia el río y al fondo, casi escondida entre los árboles, veo una pequeña granja. Me acerco hasta allí para pedir ayuda.

Es una construcción antigua de piedra gris, tejado oscuro y un porche de madera que parece haber vivido tiempos mejores.

En la entrada hay un perro tumbado que levanta la cabeza al oírme, pero al momento pierde el interés y sigue durmiendo, no creo que sirva para perro guardián.

Me detengo un instante antes de cruzar el último tramo.

«Respira», me digo a mí misma antes de seguir.

Me encuentro a unos metros de la granja cuando distingo una figura imponente en el porche, un hombre alto de hombros anchos se inclina sobre una herramienta que no logro identificar.

No es solo eso lo que me llama la atención, también noto lo concentrado que está en el trabajo, de forma que no se percata de que lo observo.

Doy un paso más y una rama cruje bajo mis pies.

El impacto es inmediato. No es porque no sea guapo (que lo es: de una forma ruda, sin adornos), sino porque tiene una presencia que me descoloca; sus ojos verdes grisáceos parecen cansados.

Su pelo castaño ondulado se mueve por el viento mientras que no me pierde de vista.

Yo lo sigo mirando pasmada y me fijo en su barba bien recortada que lo hace parecer más interesante.

Él me sigue observando con sorpresa y algo de desconfianza.

Por su expresión, parece a la defensiva, en cambio yo noto cómo un latigazo de nervios me recorre el estómago.

Percibo que me atrae de manera irremediable o quizás sea la forma en que me mira, pues sigue inmóvil, evaluándome.

Trago saliva, respiro hondo y camino hacia él. Cuando estoy lo bastante cerca como para ver la sombra de su barba, por fin se dirige a mí.

—¿Te has perdido? —Su voz es grave y áspera.

Siento que lo pregunta con reproche, pero no me achanto. He recorrido muchos kilómetros para llegar hasta aquí, un hombre con malos modos como este no me va a intimidar.

Sonrío, esperando que esa arruguita que se le forma en el entrecejo desaparezca.

—Mi furgoneta se ha parado en mitad del camino y no sé por qué no arranca. No soy de aquí y no tengo a quien acudir, así que…

Me observa en silencio. Yo espero impaciente a que me brinde la ayuda que tanto necesito.

—¿Y?

—¿Podrías… ayudarme? —Dudo, no sé por qué, pero este hombre me intimida bastante.

—Estoy ocupado.

Vale, no esperaba esa respuesta. En mi cabeza, el guapo granjero se ofrecía a ayudarme con una sonrisa de esas que hacen que te derritas. Pero no. Este chico no tiene pinta de buen samaritano, más bien parece el rancio del pueblo. Esto va a ser más difícil de lo que esperaba.

Por el rabillo del ojo, veo que se acerca una chica preciosa con una sonrisa radiante. «¿Será su mujer?», me asalta la duda en mi cabeza.

Se acerca a mí y con voz cantarina me saluda.

—Hola, soy Skye. He visto una furgoneta aparcada en el prado. ¿Es tuya?

Me quedo unos segundos paralizada. La chica me mira risueña y yo no puedo más que imitarla.

—Sí, es mía. Me llamo Lucía y le estaba diciendo a tu…

—Mi hermano.

—Tu hermano, que se me ha muerto la furgoneta y no arranca. No sé dónde acudir para que me la arreglen. No soy de aquí y no conozco a nadie.

—Ewan puede echarle un vistazo, ¿verdad, hermanito?

—No. —La chica lo mira con rabia.

—¡Ewan! No seas antipático. La chica necesita ayuda y nosotros vamos a ofrecérsela. ¿Qué dirían nuestros padres si la dejamos sola? Podrían venir lobos y devorarla.

—No hay lobos, Skye.

Observo en silencio a los dos mientras que discuten si ayudarme o no. Él se levanta, dejando las herramientas a un lado. ¿Lo habrá convencido su hermana?

—Si no puedes ayudarme, da igual, dime dónde puedo encontrar un taller mecánico para pedirle que me la arreglen.

—Aquí no hay talleres; el más cercano está a cien kilómetros. —Veo que camina hacia mí y comienzo a ponerme nerviosa, ya que es más alto de lo que apreciaba—. Vamos, le echaré un vistazo, pero no te prometo nada.

Se encamina hacia el claro con el perro siguiéndole los talones, yo me quedo allí sin saber qué hacer.

—¡Vamos! No tenemos todo el día. —Skye me insta a seguirlo.

Mientras andamos, ella me habla animadamente sobre la granja y los animales que cuidan. En cambio, Ewan se mantiene a una distancia prudente de nosotras. Espero que no sea grave y pueda irme pronto, no sé si podré soportar mucho tiempo al granjero gruñón.