10. Lucía
CAPÍTULO DIEZ
Lucía
A ntes de salir a la carretera, desayuno en un pequeño local muy acogedor llamado The Trough.
Pido un croissant con un café especial de la casa que me sabe genial, aunque no hay nada como una buena tostada con jamón, tomate y aceite de oliva de mi tierra.
Después de un desayuno con más azúcar de la que me tomaría en un mes, salgo a la carretera.
No sabía si sería capaz de conducir por la izquierda, sin embargo, me adentro en el asfalto como si llevara conduciendo así toda la vida.
«Espero no tener ningún golpe por el camino», pienso mientras voy devorando millas.
El GPS me manda por la autovía y lo prefiero, ya que son tramos largos y rectos sin curvas complicadas; ya tendré tiempo de circular por carreteras secundarias en Escocia.
Miro de reojo la urna de mi tía. Me extraña que su voz no irrumpa en mi cabeza como ha estado haciendo todos estos días. Es raro, pero la echo de menos. Un viaje sola sin nadie que te vaya hablando puede llegar a ser aburridísimo.
«Si querías hablar conmigo, solo tenías que decirlo», aparece de repente su voz en mi cabeza. «Pues le ha faltado tiempo para hacer su aparición estelar», me digo sobresaltada.
Miro unos segundos la vasija sin perder de vista la carretera y, como una loca, decido hablarle directamente a las cenizas de Enriqueta.
—No sé en qué momento se te ocurrió este viaje, pero gracias. No sabía que lo necesitaba tanto.
«Todo el mundo debería de hacer un viaje así en algún momento de su vida», fantasea con profundidad.
Pienso en lo que el fantasma de mi tía me ha dicho, y lo cierto es que no sé si en otra etapa de mi vida hubiera hecho este viaje.
Creo que el momento era ahora, ya que estoy en punto muerto, o lo que es lo mismo: en paro y sin trabajo a la vista.
Además, mi libro estaba estancado en los primeros capítulos y no lograba seguirlo.
No obstante, parece que las musas me acompañan en este viaje.
Sonrío al pensar en la cantidad de cosas que podría ocurrirme en lo que me queda de camino; espero no volver a encontrarme con otra mística loca como Nebulosa Estelar y su rata.
Aunque, si soy sincera, me gustaba la chica excéntrica.
Con ella no me sentí sola, y lo mejor de todo, fue que me confirmó lo que yo ya temía: mi tía me acompañaba.
«No seas tonta, niña, eso no fue lo mejor. Yo diría que fue enterarte de que te espera un amor de novela, un chico de esos que harán que tus bragas desaparezcan con solo mirarte», dice de nuevo la pesada de mi tía.
—Eso está por ver. Jamás he tenido suerte en el amor y no creo que aparezca por arte de magia.
«Manolo; el del taller no cuenta», reitero en mi cabeza.
Uf, me entran escalofríos al recordar sus intentos de seducción. En el fondo me da pena, pero muuuy en el fondo.
Llego a Belfast con relativa facilidad y feliz de que no haya sido tan complicado circular por la izquierda. Me paro a tomar algo dentro de la furgo mientras llamo a las chicas. Al primer tono de la videollamada me encuentro con una sonrisa radiante de las tres.
—Hola, chicas. —Lola es la primera en hablar:
—Pero mírate, pareces otra. El viaje te está sentando de maravilla.
—Niña, cuéntanos, ¿cómo va esa ruta?
—Tengo muchas cosas que contaros, María. Lo primero es que ya estoy en Irlanda y, en pocas horas, estaré en Escocia.
Las tres me miran ilusionadas. Sé que creían en mí y que confiaban que no tendría ningún problema en el viaje.
—¿Y has conocido a alguien interesante? —Rosario me mira ladina esperando a que le dé detalles jugosos que, por desgracia, no tengo.
—Si por interesante os vale una loca mística que recogí en la carretera cuando estaba haciendo autostop… Ah, y a su mascota, una rata llamada Pistacho, sí, he conocido a alguien muuuy interesante. —Las tres se quedan mirándome en silencio.
—¿Por qué recogiste a una chica en la carretera? ¿No está prohibido? —Ella es la voz de la razón; mi amiga Rosario. Solo intenta entender lo que yo no puedo o no quiero explicar.
¿Cómo les digo que Enriqueta viaja conmigo y que fue ella la que me instó a que la recogiéramos? Me van a tomar por loca. Menos mal que el manicomio del barrio ya está cerrado si no me mandarían allí de cabeza.
«Cuéntaselo a las chicas, no vas a tener problemas, son de mente abierta».
—No sé cómo deciros esto sin que me toméis por una chalada.
—¡Habla ya, tía que no somos ogros!
—María, no la interrumpas.
—Gracias, Lola. —Aguardo unos segundos intentando reordenar mis ideas—.
En el comienzo del viaje, empecé a escuchar una voz en mi cabeza, digamos que…
muy parecida a la de mi tía. Para no sentirme muy sola, ya que es un viaje muy largo, digamos que le hacía caso.
¿Quién alguna vez no ha escuchado a su voz interior?
Pues mi voz interior es la de Enriqueta.
Todas siguen en silencio escuchando con mucha atención. Hasta que comienza la retahíla de preguntas y exclamaciones sin sentido.
—¿En serio?
—Joder, ¡qué pasada! —Esa es María que alucinada con lo que cuento.
—Mi voz interior es de Camela, a veces incluso me insta a hacer cosas malvadas que no quiero…—Lola nos deja con la boca abierta por su comentario.
—En el camino —continúo con la explicación sin hacer caso a mis amigas—, nos encontramos con esta chica y a mi tía le dio buenas vibraciones, por lo que decidimos recogerla.
Lo más sorprendente es que veía a mi tía y podía hablar con ella.
Entonces me di cuenta de que no solo era una voz dentro de mi cabeza.
—¡No jodas! Esto es una de tus bromas, ¿verdad?
—Ojalá, pero no. También me dijo que leía las miradas de las personas, que podía saber el futuro observando las pupilas.
—¡Venga ya! Eso no puede ser cierto. —María no se cree ni una palabra y yo comienzo a ponerme nerviosa.
—Os lo digo en serio, chicas. Además, me dijo que encontraría el amor de mi vida, un amor de esos como los de mis novelas, y que algún día, una de ellas me hará famosa.
—Bueno, si a mí me dijeran eso, también querría creerlo. ¿Os imagináis? Un guapo escocés que ponga patas arriba la vida de nuestra amiga —dice Lola, y sonríe soñadora.
—Veamos el lado positivo: ahora sabes que no viajas sola, que tu tía está contigo. Y lo mejor de todo, ¡que vas a revolcarte con un guapo escocés! Ay, amiga, lo que yo daría por estar en tu lugar. —María piensa como Lola.
—Rosario, estás muy callada. ¿No dices nada? ―Miro a mi amiga, la más sensata de las cuatro esperando a que dé su opinión.
—Este es el último viaje de Enriqueta, es normal que te acompañe, tiene que descansar con su guapo laird . Y si tú también encuentras lo que necesitas allí, pues tendremos que ir a visitarte.
Sonrío ante su respuesta y por fin me relajo. No piensan que esté loca de remate como yo creía. Continuamos hablando un rato más de banalidades hasta que me despido de ellas, pues debo de coger un ferri que me llevará hasta Cairnryan en Escocia.
«¡Por fin descansaré en paz!», oigo que vitorea Enriqueta.