9. Lucía
CAPÍTULO NUEVE
Lucía
S algo del vehículo y me estiro como un oso recién salido de la hibernación. Después observo el puerto, contenta, por fin estamos en Bilbao. Mi compañera sale de la furgo con una sonrisa soñadora en los labios.
Mi próximo destino me espera: Rosslare, un pequeño pueblo de Irlanda. Tengo que ir a la caseta de información a preguntar dónde debo embarcar para coger el ferri. Miro por encima del hombro con la vaga esperanza de ver a mi extraña compañera por última vez; a ella y a su rata.
—Hemos llegado a nuestro destino —anuncio, esperando una respuesta por su parte. Está mirándolo todo con atención, como una niña pequeña que admira a su personaje de dibujos favorito. Yo me armo de paciencia.
—Eso parece.
—Tengo que coger el ferri que me llevará a Irlanda. ¿Te viene bien quedarte aquí?
«Por favor que diga que sí, no aguantaría un día más con ella y sus excentricidades», ruego para mis adentros.
«Pero ¡¿qué dices, niña?! Si es la mejor compañera de viaje que se puede tener». Cierro los ojos, mortificada. Desde que sé que mi tía me acompaña y que su voz en mi cabeza puede que sea real, siento que este viaje me va a terminar llevando al manicomio.
—Me gusta este lugar, me quedaré un tiempo por aquí. —Uf, menos mal. Mi cuerpo se relaja al instante.
—Pues yo tengo que marcharme. Ha sido un placer viajar contigo y con tu mascota.
—Ah, sí, espero que tengas un feliz viaje y que Enri encuentre el amor y su muerte eterna. Y tú, no desesperes, cuando menos te lo creas encontrarás a tu príncipe azul. O quien sabe, puede que a tu guerrero highlander .
Me guiña un ojo con picardía y se marcha sin más, dejándome con la intriga de quién será ese misterioso chico que hará que mi corazón galope desbocado. (Sí, leo muchas novelas románticas. No me lo tengáis en cuenta, ¿vale?).
En fin, me marcho al muelle para buscar información y comprar los billetes hacia Irlanda.
Ya en el ferri, suelto las cosas en mi camarote y me dirijo a la cubierta con mi libreta en la mano; hoy me apetece escribir.
La historia va tomando forma, si sigo así, pronto la tendré terminada. El viaje dura veintisiete horas, así que tengo tiempo de relajarme y descansar.
Ya en el puerto de Rosslare bajo la furgoneta, después de más de una hora esperando a que los demás viajeros saquen sus vehículos y la estaciono en el parking del puerto. Estoy hambrienta, así que busco en San Google un lugar donde comer de manera decente.
La búsqueda me lleva a un pub irlandés llamado The Kilrane Inn, tiene muy buenas valoraciones y ofrecen comida tradicional irlandesa.
No lo pienso y me dirijo hacia allí. Al entrar, me encuentro con un local cálido y familiar.
Un lugar que no está excesivamente decorado, pero que tampoco lo necesita; donde se mezclan los marineros, las familias, los turistas y los vecinos de la zona. Un lugar vivo.
Me siento en una mesa desgastada a esperar a que me atiendan y ojeo la carta con interés. Un camarero con una sonrisa torcida que desintegra bragas y unos ojos verdes musgo que quitan la respiración, se acerca para tomarme nota.
—Buenas tardes, señorita, ¿qué se le ofrece? —Su voz, grave y suave me recorre entera. Me quedo unos segundos callada con cara de pánfila, admirando ese rostro cincelado por los mismísimos dioses.
«Espabila y cierra esa boca o te entrarán moscas». Mi tía abuela se mofa de mí de nuevo.
Me incorporo como un resorte en la silla y carraspeo.
—Eh, una pinta estaría bien. ¿Tienen algo de comer fuera de carta?
«Menos mal, parecía que te había dado un ictus», me dice la muy pécora.
Ignoro a esa insidiosa voz y me centro en el camarero buenorro que está frente a mí. Hoy puede ser mi día de suerte.
—La cocinera ha preparado su plato estrella: seafood chowder ; es una sopa típica de Irlanda que se elabora con pescado fresco, marisco y verduras de la zona.
—Pues ponme una sopa de esas y la cerveza, por favor.
No sé si me gustará, aunque soy de buen comer y no suelo quejarme con las comidas. Se marcha, no sin antes dedicarme una sonrisa canalla mojabragas. Como todos los irlandeses sean así, le dan viento fresco a Escocia.
«¡Ni lo sueñes, niña!, aquí no me dejes», me dice mi tía. Cierro los ojos un segundo. ¿Es que nunca se va a marchar de mi mente?
El camarero buenorro me sirve la comida y una cerveza más grande que he visto. ¿Esto es una pinta? Joder, aquí podrías vaciar una botella de vino.
El plato huele que alimenta. Madre mía, como me voy a poner.
Le sonrío descaradamente, pero al levantar la cabeza me doy cuenta de que el muchacho ya se ha marchado para atender otra mesa. Este guiña el ojo a un chico guapísimo, por lo que no tengo nada que hacer con él. Mi gozo en un pozo. En fin, me queda el plato de sopa y una grandísima cerveza.
Después de la copiosa comida, me marcho a la furgo a descansar un rato. La siesta no puede faltar hoy, estoy demasiado llena y tengo que hacer la digestión como Dios manda.
He preguntado si podía pasar la noche en los aparcamientos del puerto y no me han puesto ningún impedimento, así que mañana saldré temprano hacia Belfast, que está a unas tres horas y media de aquí, y desde allí cogeré otro ferri hasta Cairnryan en Escocia.