6. Lucía
CAPÍTULO SEIS
Lucía
A rranco la furgoneta al amanecer, cuando aún mi vecino sigue dormido. Inspiro hondo al notar el aire fresco en mi rostro. El motor vibra y me lanzo a la carretera que me llevará a mi próxima parada; Salamanca.
Salgo a una vía secundaria que serpentea entre campos de trigales. Bajo un poco la ventanilla, entrando así el olor a tierra húmeda y hierva recién cortada.
Cuando enlazo con la autovía, el paisaje se vuelve diferente, más verde. El cielo se va despejando y el sol empieza a calentar el parabrisas.
Pongo música y el ritmo me acompaña mientras la calzada se vuelve recta.
A la izquierda, veo un pequeño pueblo llamado Vallejera de Riofrío y opto por pararme. Está muy cerca de Béjar, a tan solo unos pocos kilómetros, así que decido que esta será mi parada. Hoy no iré a un bar a desayunar, pues no me gustó mucho la experiencia con las gallinas asesinas.
Un cartel anuncia que la estación de esquí de La Covatilla está un poco más adelante, y no me resisto a subir hasta allí. Hay muchas curvas, pero voy despacio. Por el camino me voy encontrando algunas vacas sueltas que pastan tranquilas en el borde de la carretera.
Cuando llego a la estación, me quedo sin palabras.
Es pequeña, no como otras a las que he ido, aun así, la luz impacta en mis ojos y el aire frío me espabila.
Con estas maravillosas vistas, me preparo un buen café y una tostada con aguacate y pavo.
Luego me siento en los aparcamientos, ahora desiertos por ser temporada baja.
Hago una foto y se la envío a mis amigas que no tardan en responderme con una videollamada grupal.
Sonrío al ver las caras de pasmo cuando les muestro el lugar.
—Ahora mismo te odio un poquito. —Rosario mira todo con atención sin perderse ningún detalle.
—¿Dónde te encuentras?
—¿Pues no lo ves, Lola? Está en el paraíso. Solo le falta un buen maromo al lado para tener la estampa perfecta. —María sonríe ante la imagen que le muestro.
—Es La Covatilla ; la estación de esquí de Béjar. Es pequeña, pero las vistas desde aquí son una pasada, me hubiera gustado que la vierais conmigo.
Ignoro el comentario del maromo, aunque sé que tendré que contarles lo de John.
—Cariño, este viaje es para ti y tu querida tía, ya tendremos tiempo de hacerlo todas juntas.
—Estoy con Lola. Es una experiencia que solo la vivirás una vez en la vida —corrobora María—. Y los chicos ¿qué?, ¿has conocido ya algún guaperas?
Las miro en silencio y por la cara que pongo ya saben que sí. No las hago esperar más y les cuento lo de John.
—Ayer dormí en el Valle del Jerte y conocí a un chico. Se llama John, es inglés y estaba para mojar pan.
—Pero… —Las tres se sincronizan esperando que siga. Me conocen demasiado bien.
—Era el típico guaperas surfero que intenta ligar con todo lo que se menea. No es lo que busco en un hombre. Aunque después lo conocí más a fondo y me di cuenta de que es un chico estupendo, pero con muy pocas neuronas. Sigo pensando que no era para mí.
—A ver, que yo me entere —Rosario se pone recta para intentar entender por qué no acabé en la cama del dios surfero—: el tío está para mojar pan y no dejar ni las migas, ¿y tú vas y lo rechazas? ¿Nunca te dijo tu abuelo, que: «En tiempos de guerra, todo agujero es trinchera»?
La miramos con caras raras. ¿De verdad ha dicho eso?
—Creo que ese refrán no se aplica a nosotras, si no a los hombres —comenta María con guasa intentando no soltar una carcajada por la burrada que ha dicho nuestra amiga.
—Pero me habéis entendío , ¿no? —Nos miramos en silencio y, ahora sí, estallamos en carcajadas.
Seguimos charlando un rato más mientras termino mi café.
Les comento que hoy toca hacer noche en Salamanca y no tardan en aconsejarme que visite las dos catedrales unidas; la vieja (que es románica) y la nueva (que es gótica tardía—barroca).
Esto sé que lo han buscado en Google, ya que nunca hemos visitado Salamanca, pero decido hacerles caso.
Me despido de ellas y me encamino hacia mi próximo destino.
Dejo mi furgoneta en un área de caravanas que hay junto al río Tormes y me encamino a la ciudad, deseando ver el casco histórico que llama tanto mi curiosidad.
La plaza está llena de turistas, pero lo que me atrapa de verdad es la fachada de la catedral nueva. Me acerco a observarla con atención.
—¿Encuentras el astronauta? —dice una voz suave a mi izquierda y me giro.
Una señora mayor muy elegante y con un peinado de los que se hacen nuestras abuelas en la peluquería del barrio, espera a que le conteste algo. Aunque, si os soy sincera, no sé qué.
—¿Disculpe?
—El astronauta, niña, el que incluyeron en mil novecientos noventa y dos durante una restauración. También puedes buscar al dragón comiéndose un helado de vainilla. ―La mujer parece la Wikipedia andante.
Vale, esta conversación está resultando un poco rara.
—¿Vainilla? —Decido seguir con el diálogo para besugos, aunque me parezca un poco absurdo—. ¿Y cómo sabe que es de vainilla?
—¿Por qué no iba a serlo? A lo mejor al dragón le gusta ese sabor. Te encuentras en España, niña, aquí todo es posible.
De repente, aparece un grupo de turistas japoneses y se ponen a observar la fachada con mucho entusiasmo.
—¡Astronauta! ¡Astronauta! —Uno de ellos grita emocionado que ha encontrado la dichosa figura que yo no logro ver.
—¿Ves?, te lo dije. ―Pero cuando miro donde señalan, yo tan solo veo una figura en forma de gárgola con cara de pocos amigos.
—Eso no es un astronauta.
—¡Qué poca imaginación tienes, niña! —La señora se marcha gritando improperios que no me atrevo a reproducir.
Sigo con mi visita a esta hermosa ciudad.
El casco antiguo es un lugar en el que la historia te envuelve, y noto cómo su aire medieval me inspira.
Me siento en un banco de la plaza y saco la libreta que llevo conmigo a todos lados.
No me doy cuenta de la hora que es hasta que la noche se cierne sobre mí.
Cierro el cuaderno, contenta porque por fin las musas han decidido visitarme y me marcho al área de caravanas.
Al llegar, observo que no estoy sola, lo que me resulta extraño, pues cuando llegué no había nadie alrededor. Me fijo un poco más cuando me acerco y descubro con asombro, que la furgoneta que hay aparcada a mi lado me resulta muy familiar.
—Hola preciosa, ¿me has echado de menos? —Oigo una voz que reconozco perfectamente y un escalofrío me recorre de pies a cabeza. Pego un brinco del susto y se me pone el vello de punta al saber a quién me voy a encontrar cuando me dé la vuelta.
«¿Qué coño hace aquí John? ¿Me estará siguiendo?», me pregunto intrigada.
Me giro lentamente, horrorizada porque al final sea un psicópata.
—¿Qué haces aquí?
—Cuando me levanté, decidí que ya era hora de seguir viajando. Me paré en este área y para mi sorpresa, vi tu furgoneta. Te estaba esperando. —Lo miro en silencio, intentando no desconfiar. Quiero pensar que esto es una mera casualidad, pero mi mente traicionera no quiere creerlo.
Una sonrisa aflora en sus labios y me relajo por fin. Él también está viajando y, por supuesto, que puede ser una coincidencia, ¿no? No puedo seguir pensando tan mal de todo el mundo, y tampoco soy la única que viaja por España.
—Me alegro de verte de nuevo, John.
—Mientras te esperaba, he preparado la cena, pensé que vendrías hambrienta de tu excursión.
Ahora que lo dice, sí que tengo bastante hambre. Un fuerte rugido sale de mi estómago y me avergüenzo de inmediato.
—Veo que no me he equivocado. Vamos, tengo la mesa lista y unas buenas cervezas bien frías. ―Al final, este chico me va a caer bien.
Cenamos en un silencio cómodo, escuchando el sonido del río Tormes. Decido sincerarme y contarle el porqué de mi viaje. Con sorpresa, descubro que no me juzga. Al contrario, le parece una estupenda idea para reconectar con mi tía fallecida.
—¿No te has planteado hacer trayectos más largos? —John me hace la pregunta del millón.
—No conozco muy bien la furgoneta y quería hacer trayectos cortos por si se me averiaba. Pero creo que tienes razón, debería arriesgarme este paso no llegaré a Escocia nunca.
—Preciosa, siempre llevo razón —dice y me lanza una miradita de esas que pretenden incendiar mi cuerpo, pero que a mí me deja fría como el hielo.
—¿Eso te funciona?
—¿El qué? ―Me mira confundido.
—Esas miradas y esas frases manidas. ¿Te funcionan a la hora de ligar?
—No mucho, la verdad.
—Eres un tío genial, John, no te hacen falta miradas incendiarias ni frases anticuadas para que una chica se fije en ti.
Creo que lo ha comprendido, o eso quiero pensar. De todos modos, cambio de tema y seguimos hablando de mi viaje hasta que se hace bastante tarde.
Nos acostamos pronto, estoy agotada de estar todo el día paseando por Salamanca. Esta vez le prometo despedirme de él antes de marcharme y le dejo también mi número de teléfono, por si coincidimos en otro de los destinos que tengo previsto.
«Sí, claro, por si coincidís… ¿Ahora se llama así el querer acostarse con un hombre?». Ignoro la voz de Enriqueta que se ha instalado dentro de mí y me voy a la cama. Mañana será otro día.