Kilt me, please!: Ruta al corazón, con parada en Escocia 5. Lucía
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5. Lucía

CAPÍTULO CINCO

Lucía

M e levanto temprano y me preparo un café para empezar bien mi camino, hoy pasaré por Trujillo antes de llegar a Plasencia. Es una parada obligatoria, allí se rodaron algunas escenas de Juego de Tronos y, como fan de la serie, no puedo dejar pasar esta oportunidad.

El camino es corto y en una hora estoy en la ciudad.

Aparco la furgo en una calle no muy transitada y voy a la plaza Mayor, tengo un hambre que me muero y necesito un buen desayuno.

Mi padre siempre decía: «Desayuna como un rey, almuerza como un príncipe y cena como un mendigo», y yo no soy quién para contradecir sus sabias palabras.

Al llegar, observo que la plaza está tranquila, pero no del todo silenciosa. Siento que un extraño desasosiego me recorre el cuerpo y no me gusta, cuando se da este silencio inquietante en las películas, siempre pasa algo.

Oigo varias gallinas cacarear por la plaza.

Sí, gallinas, todas muy dignas paseando como si el lugar fuera suyo.

No voy a entrar en pánico. Intento ignorarlas y sentarme en una de las mesas de un bar cercano, pero una, valiente y decidida, no como yo, se me acerca con intenciones de picotearme.

Lo sé porque lo veo en su malvada mirada.

Retrocedo un poco asustada, no me gustan mucho este tipo de aves.

—No la mire a los ojos que se ofende. —A mi izquierda veo a una señora mayor con los ojos llenos de picardía.

—¿La gallina? —Parpadeo desconcertada. Esto no me puede estar pasando a mí, yo solo quería desayunar tranquila.

—Claro, es de la Paqui, y tiene mucho carácter, se creen que toda la plaza es suya.

El ave de corral da un paso hacia mí como si entendiera lo que dice la señora. Yo retrocedo otro y así permanecemos unos segundos, como en un duelo del oeste. Voy a entrar en pánico, lo veo.

Maldita sea la hora en la que decidí hacer una parada.

Al final, sale una señora del bar; supongo que es la Paqui . Coge a la susodicha y se la lleva regañándola como si pudiera entenderla. Respiro hondo, intentando no pensar en la escena tan surrealista que me acaba de ocurrir; y el día acaba de empezar.

«Bienvenida a Trujillo», me digo sorprendida.

Paso la mañana visitando el lugar. El castillo de Trujillo es una verdadera maravilla arquitectónica.

Allí recuerdo la escena de uno de los episodios de la séptima temporada de Juego de Tronos (sí, soy una friki, lo recuerdo todo y he visto la serie más veces de las que debería reconocer), en la que los inmaculados estaban en formación frente a las puertas del desembarco del rey; Jaime Lannister y Bronn preparaban a los soldados por si eran atacados.

La escena en mi cabeza me sobrecoge y hago una foto para mandarla al grupo de las chicas.

Seguro que les gusta, aunque no son tan fans como yo de la serie, pues el día que murió Khal Drogo decidieron abandonarla.

Fue un sacrilegio para ellas y para mí, aunque no lo reconoceré nunca delante de mis amigas.

Después de un paseo por el pueblo, me marcho con una sensación agradable. Estoy comenzando a pensar que este viaje es especial para mí. Miro la urna y sonrío en agradecimiento.

«Ojalá hubiéramos hecho esto juntas. Ahora entiendo por qué te gustaba tanto viajar en furgoneta», pienso con pena.

Ella querría que disfrutara del viaje y voy a hacerlo. Por ella y por mí.

Tardo dos horas en llegar al próximo destino. El día anterior decidí hacer noche en el Valle del Jerte, así que dejo a un lado Plasencia y me adentro en el maravilloso paraje que se cierne ante mis ojos.

No es temporada de cerezos en flor por lo que todo está bastante tranquilo.

Decido inmediatamente que esta noche dormiré aquí, puesto que los aparcamientos son inmensos y hay una furgoneta solitaria muy cerca del lago.

Me acerco a mis vecinos de estacionamiento para conocerlos deseando que sean buena gente, ya que no me gustaría pasar la noche sola.

Aparco alejada, pero no demasiado, de manera que tengamos algo de intimidad; tampoco quiero ser un incordio. Me percato de que alguien sale de la furgoneta y… ¡Ay, Dios! Pero ¿qué coño…?

¿El mundo se ralentiza o es mi cerebro que acaba de fundir los pocos plomos que tenía?

Un tío aparece a cámara lenta, muy lenta.

Como uno de esos anuncios de colonia, en los que el guaperas con el torso desnudo mira a la cámara y te funde las bragas al instante.

Aprieto el volante fuertemente sin saber si salir a saludar o derretirme en el asiento.

Lo más lógico sería salir, pero mi cuerpo no está por la labor de obedecer.

Una sonrisa mojabragas sale de sus labios y sí, definitivamente me deja sin neuronas.

«Por favor, que esté soltero y que no salga ninguna modelo de la furgo», pienso las palabras que no quiero verbalizar.

Lo observo con detenimiento: pelo largo del color de la arena de las playas de Cádiz recogido en un diminuto moño, de esos que hacen al chico más interesante. Es el típico guaperas con pinta de jipi—surfero y sonrisa despreocupada.

Uf, esa sonrisa debería estar prohibida.

¿He dicho ya que va sin camiseta? Sus pectorales de infarto me están llamando a gritos. Quiero tocarlos, sobarlos, besarlos y lamerlos. Intento quitar esa imagen lasciva de mi cabeza, pero es imposible, mi cuerpo no quiere colaborar.

Él se acerca despacio como si temiera asustarme. ¡Qué ingenuo! Eres tú el que debes temerme. Ahora mismo, soy el lobo feroz que quiere comerse a Caperucita.

Joder, ¿qué coño me está pasando? Esta no soy yo. Hay una parte muy oscura y escondida dentro de mí que hace que me replantee muchas cosas.

Me bajo de la furgo, aunque las piernas me tiemblen como la gelatina y tema caerme de un momento a otro. Me agarro a la puerta esperando a que este adonis hable, porque yo no sé si seré capaz de decir una frase coherente.

El guaperas lo nota y se apiada de mí.

—¿Qué hace una chica tan guapa como tú en un lugar como este?

Y con esa frase tan trillada, señoras y señores, el guaperas me baja la libido del tirón.

«Para follar no hace falta hablar», dice mi cerebro traicionero que no quiere cooperar.

Voy a ser amable con él, pues pienso pasar la noche aquí. «Mejor sola que mal acompañada». ¿Esa era la voz de mi tía en mi cabeza?

Ahora sí estoy perdiendo la chaveta. A dos voces. Madre mía, no estoy bien.

—Hola. Como podrás comprobar, viajo con mi furgoneta y he visto que el lugar es tranquilo para pasar la noche…

—Oh, claro. Yo también. —Me mira sin siquiera parpadear.

«Vale, estoy comenzando a tener miedo. ¿Por qué me mira tan fijamente? ¿Tendré algo en los dientes? ¿No hay un estudio en el que dicen que los psicópatas no parpadean?». Demasiadas preguntas para mi cerebro y para una situación tan surrealista como esta.

—¿Eh? —respondo sin saber qué decirle.

«Empieza por tu nombre, pánfila». Las dos malditas voces lo gritan en mi cabeza. Ahora sí que estoy jodidamente asustada.

—Me llamo Lucía —digo, y espero a que él me diga también el suyo.

Pasan los segundos hasta que me sonríe y parece que va a salir algún sonido de sus labios.

—John, me llamo John. —Extiende su mano para que se la estreche. ¡Por fin!—. Llevo unos días aquí y… ¿No te parece increíble el lugar? Aunque es extraño que no haya mucha gente.

Ahora habla un poco más. ¿Se habrán descongelado sus neuronas? Espero que esto no sea una mala idea y acabe enterrada en algún rincón de este hermoso valle. Aunque al principio me ha parecido un poco gilipollas, creo que lo he juzgado mal.

—Sí que es bonito. Yo solo pasaré esta noche, mañana salgo para otro lugar.

«No pienso decirle hacia donde, no me fío de él. ¿Y si es un psicópata y quiere matarme?», me digo de nuevo.

«Ya es tarde para pensar en eso, ¿no crees? Eres una mujer muy contradictoria, cariño». La voz de mi tía se cuela en mi cabeza otra vez.

—Es una pena, podríamos pasarlo muy bien juntos. —Me mira de arriba abajo y yo intento no juzgarlo antes de tiempo. Sin embargo, me lo está poniendo muy difícil.

«Vamos, reconócelo, te mola el chico, deja de ser tan mojigata».

Cierro los ojos mortificada. Me doy cuenta de que es solo un hombre más de los que hay repartidos por el mundo, aunque está bueno a rabiar. Y por cómo me mira, sé que es inofensivo. Le doy un voto de confianza, pero, por si acaso, tendré cerca el espray de pimienta que me regalaron mis amigas.

Resulta que después de unas horas y confiar en mi nuevo vecino, me doy cuenta de que no es mal tío y, por raro que parezca, tenemos una conversación muy fluida.

Es simpático. Sin embargo, de lo que estoy segura es de que jamás me liaría con él.

Definitivamente, no es mi tipo. Me gustan los hombres con más materia gris en el cerebro y este, por muy bueno que esté, no tiene muchas neuronas.

«Sí, claro, a otra con ese cuento». Voy a ignorar las malditas voces de mi cabeza.

Cenamos juntos a la orilla del lago y cada uno aporta algo de lo que tiene en la nevera.

Es relajante pasar un rato con alguien. No le cuento donde voy ni que Enriqueta viaja conmigo, no quiero que me tome por una loca.

Él me cuenta que viene de Londres, es inglés, pero sus padres son de aquí.

Se marcharon muy jóvenes a Inglaterra y jamás volvieron, pero él quiere reconectar con sus raíces y está viajando por toda España.

La noche se cierne sobre nosotros y nos marchamos cada uno a su cama, no sin antes despedirme de él, ya que al día siguiente saldré temprano y seguirá dormido.