Kilt me, please!: Ruta al corazón, con parada en Escocia 4. Lucía
14%

4. Lucía

CAPÍTULO CUATRO

Lucía

A l amanecer, salgo de Sevilla dejando atrás mi adorado barrio, la ciudad aún está en silencio.

Miro por el espejo retrovisor para echar un último vistazo a mi hogar.

La furgoneta que huele a café recién hecho, durante un tiempo sustituirá lo que era mi casa hasta ahora.

Observo un segundo la urna de mi tía que descansa en uno de los asientos y una promesa silenciosa llena mi mente.

Vuelvo la mirada a la carretera y sigo el rumbo establecido por el GPS. Primera parada: Zafra.

«Allá vamos, Enriqueta».

Estamos a una hora y media de mi destino, y ya siento esas mariposas en el estómago por lo que me vaya a encontrar por el camino.

Me he propuesto hacer trayectos cortos para disfrutar del viaje, quiero adaptarme a la furgoneta poco a poco, así que pararé en varios pueblos a descansar.

El camino a Bilbao donde cogeré el ferri hasta Irlanda, lo haré en seis días o menos; ya iré viendo.

A medida que avanzo, la carretera se estrecha y se nota que el asfalto tiene bastantes baches, seguramente sea por el entrar y salir de tractores de los campos de Badajoz. La estampa entrañable me recuerda, que en el sur las tierras de cultivo siguen siendo nuestro principal sustento.

Al ver el cartel de Zafra, mi corazón da un vuelco, pues he llegado a mi destino sin incidentes. La furgoneta está yendo a las mil maravillas por ahora.

«Aunque sigues sin confiar en Manolo», dice una voz en mi interior.

Conduzco por calles estrechas con temor, mientras observo las casas con fachadas blancas y geranios en las ventanas. Con esta imagen me doy cuenta de lo parecidos que son los pueblos andaluces a los de Badajoz.

Aparco la furgoneta cerca de lo que deduzco es la plaza del pueblo, pues necesito un café y estirar las piernas.

Camino en silencio observándolo todo. Es un pueblo tranquilo, con encanto.

Me siento en uno de los bares que hay en la plaza, y veo que en la mesa de al lado hay un señor mayor con una boina de cuadros, mirándome con interés. Decido ser cordial y saludarlo.

—Buenos días.

—Tú no eres de aquí, morena. —Vaya saludo. Sonrío, divertida por la afirmación.

—¿Tanto se me nota?

—Muchacha, aquí nos conocemos todos y a ti no te he visto en la vida, así que supongo que vienes de fuera. Es de lógica, como las matemáticas puras.

Es hosco, aunque hay un brillo divertido en sus ojos que lo delata.

—Tiene razón, estoy de paso. Me dirijo al norte.

—¿Para qué vas tan al norte? Allí hace mucho frío y llueve constantemente.

—Voy a Escocia. —Me vuelve a mirar, pero esta vez con extrañeza.

Quiere saber más, pero al final lo deja pasar. En ese momento el camarero se acerca a nosotros.

—Juan, ponle a esta moza una tostá con manteca colorá, a ver si así se le quitan las ganas de pasar frío por allá arriba y se queda con nosotros.

Me tapo la boca para no soltar una carcajada. Agradezco la petición y le pido también un buen café con leche; no voy a ser yo quien rechace una tostada con manteca colorada.

El pan me sabe a gloria bendita. La manteca me recuerda a la que preparaba mi abuela María que estaba para morirse de lo bien que sabía.

Mi ahora amigo Eustaquio, me da conversación mientras desayuno. Algo que agradezco, ya que estaré muchas horas a solas en la furgoneta y no quiero acabar hablando con la urna de mi tía.

«Sabes que eso va a pasar más temprano que tarde», me digo a mí misma.

Si ya tengo monólogos con mi cabeza, no quiero ni pensar en los días que me quedan de soledad.

En su infinita sabiduría de anciano, me cuenta que Zafra es conocida como la Sevilla chica (no me explica por qué, por lo que me quedo igual que estaba). Me habla de dos plazas: la grande y la chica, y de que la patrona de Zafra es Santa Brígida. Yo lo escucho con mucha atención.

Ha pasado una hora sin darme cuenta. Diría que ha sido el desayuno más largo que he tenido en años. No eres consciente de lo acelerada que es la vida hasta que te paras a disfrutar de estas pequeñas cosas.

Me despido de Eustaquio con la promesa de volver algún día, y ya en la furgoneta, guiño un ojo a la urna y con una sonrisa sincera continúo mi camino.

Mérida está a tan solo cincuenta minutos de Zafra y sé que es un trayecto muy corto, pero no conozco bien esta furgoneta y no me fío de sufrir ningún percance. Puede que cuando me sienta más cómoda con ella, los haga más largos.

Cuando llego a la ciudad, me bajo de la furgo y contemplo las ruinas romanas que asoman en cada esquina.

Decido dar un paseo por sus calles y deleitarme con el ambiente que me voy encontrando.

Me dejo embrujar por el teatro romano donde en verano se sigue celebrando el festival de teatro clásico y el anfiteatro que no solo es un testimonio de la ingeniería romana, sino también un emblema de poder de aquella época y símbolo de la vida social de una ciudad que fue clave en la península.

Si estuvieran aquí las chicas…

Les mando una foto del teatro al grupo de WhatsApp y los mensajes no tardan en llegar. Escucho un mensaje de Rosario.

— Ojú , sería un sueño bailar en ese escenario. Solo de pensarlo, se me pone el vello de punta—. Mi amiga es bailaora de flamenco y sé que a ella le hubiera gustado estar aquí.

Cierro el grupo, más tarde hablaré con ellas. Ya les mandé un mensaje al llegar a Mérida para dejarlas tranquilas, así que ahora me toca disfrutar del paseo. Lo cierto es que son como mamá gallina, no me dejan ni a sol ni a sombra.

Me encamino por las calles y encuentro una tienda muy singular.

El establecimiento Vintivintae es un comercio que llama poderosamente mi atención.

Entro y un ambiente íntimo y cálido me envuelve enseguida.

Me siento como si estuviera en una sala de la época de la regencia.

Frente a mí, hay una mesa llena de tocados de diferentes tonalidades hechos a mano.

A un lado, en una estantería de madera, hay pendientes, guantes y pequeños bolsos, de esos que llevarías a la boda de un duque o un aristócrata adinerado.

Sigo paseando por la tienda observando cada detalle. Entonces, me percato de una cesta de mimbre llena de calcetines con un dibujo inconfundible del teatro romano de Mérida.

Sonrío al verlos tan originales.

—Esos gustan mucho. —La dependienta se acerca con una sonrisa sincera en los labios—. También los tienes con el anfiteatro y con el templo de la diosa Diana.

—Son… perfectos, mis amigas los van a adorar.

Cojo uno para Rosario con el dibujo del teatro romano, son ideales para ella; otros con el templo de la diosa Diana para Lola, tan amante de la naturaleza, y los del anfiteatro para María, ya que es una mujer guerrera donde las haya.

Salgo de la tienda con los regalos en una bolsa y sigo mi camino. No quiero estar mucho tiempo recorriendo las calles porque tengo que buscar el área de caravanas para pasar la noche.

Paseando me encuentro con una confitería única, de esas que poblaban los barrios en nuestra infancia. Cuando miro el rótulo consigo leer: Confitería Gutiérrez, fundada en 1827.

«Pues sí que tiene años», pienso.

Al cruzar las puertas del local, recuerdo el aroma característico de mi niñez.

Tiene el encanto de las pastelerías de toda la vida, aquellas vitrinas de cristal impecables y las bandejas de metal brillante llenas de pasteles clásicos como los que hacía mi abuela.

Se me hace la boca agua. No sé por cual decidirme cuando la dependienta me pregunta con tono muy amable:

—Buenas, señorita, ¿desea algún dulce en particular o venía por nuestros tradicionales caramelos de la mártir Santa Eulalia?

Me quedo parada unos segundos procesando lo que acaba de decir.

«Sí, lo has oído bien, caramelos de una mártir», pienso con nerviosismo.

—Si quieres probarlos… —La dependienta, al ver que sigo callada me acerca un caramelo que tiene una pinta estupenda—. Los hacemos aquí, son una tradición que pronto acabará, pues cerramos definitivamente en pocos días.

Se me encoge el pecho al ver a la mujer tan afligida, se nota que adora su trabajo. Cojo el caramelo y le regalo mi mejor sonrisa, lo que no esperaba es que su sabor explotara en mi boca.

—Dios mío, ¡esto está riquísimo! Deme la bolsa más grande que tenga, me vendrán bien para mi viaje.

—Perfecto. ¿Quiere algo más?

—Sí, deme también una milhoja. —Mis ojos bailan entre tanta comida―. ¿Eso de ahí son rosquillas de anís? Deme un par de ellas. —Parece que el caramelo me ha puesto las pilas y no paro de señalar todos los dulces como si fuera una niña pequeña.

La dependienta, muy solícita, me prepara una bandeja con los dulces y la bolsa de caramelos. Es una pena que locales como este con tanta tradición, acaben desapareciendo. Salgo de allí con una sonrisa en los labios y con la firme promesa de no comer más de un dulce esta noche.

«Eso no te lo crees ni tú», me digo con una sonrisa traviesa.

Me temo que en este viaje voy a tener que hacer un poco de senderismo, o acabaré como una pelota de esas con las que hacen gimnasia las embarazadas.

Ya en la furgoneta, me encamino al área de caravanas que hay junto al río. La aplicación que me he descargado en el móvil informa de que es un lugar tranquilo para pasar la noche, que ofrece servicios, duchas y electricidad. Aprovecharé para usar lo menos posible el inodoro seco.

Estoy agotada, así que preparo algo de almorzar ligerito para luego darme una buena siesta pensando que el primer tramo del viaje lo he completado.

Me siento bien. Creo que al final todo esto va a ser una experiencia increíble. Cierro los ojos de inmediato, el sueño me acoge como los brazos de una madre.

Al despertarme, observo que hay varias caravanas a mi alrededor. «Bien, así no estaré sola esta noche», festejo mentalmente.

Voy a las duchas que dispone el área, hoy quiero relajarme en la furgoneta e intentar escribir un poco como me aconsejaron las chicas.

Las duchas están bastante limpias y los baños también. Una mujer mayor me saluda mientras se peina frente al espejo. Pensé que me sentiría incómoda a la hora de asearme en un lugar público, pero lo llevo bastante bien.

Me siento frente al ordenador con mi bolsa de caramelos y una taza de café, esperando que las musas hagan su aparición. Nada. Mi cabeza está completamente vacía. Me agobio al ver que mis ideas se fueron de paseo.

Con la frustración asomando en mi mirada, decido descansar y hacer una videollamada con las chicas. La primera en salir en la pantalla es Rosario, seguida de Lola y María.

—Hombre, nuestra viajera se digna a llamarnos.

—No seas exagerada que solo hace un día que me he marchado. —María me mira con los ojos entornados.

—Y ya te echábamos de menos.

—¿Qué? ¿Cómo vas? ¿Ya te has hartado de la furgoneta? —Rosario me pregunta impaciente.

—¿Has conocido algún chico guapo que merezca la pena mencionar? —Joder, las chicas no me dan tregua.

—Vayamos por partes: no me he hartado de la furgoneta y no, Lola, no he conocido a ningún chico. A no ser que mencione a Eustaquio, un señor mayor con el que desayuné esta mañana.

—Va, qué aburrida. —Cierro los ojos, agotada ante el comentario de mi amiga María.

—Chicas, el viaje va bien por ahora, Mérida es impresionante. Tenemos que organizar un viaje juntas algún día y visitar esta ciudad tan bonita.

—Eso está hecho.

—¿Y cómo va Enriqueta? ¿Está disfrutando del viaje?

Cierro los ojos mortificada, no pienso responder a eso. Cambio de tema rápidamente y pasamos a una conversación más trivial en la que las cenizas de mi tía no estén involucradas.

La tarde pasa rápido, y me despido de las chicas con la firme promesa de que les iré contando con detalle cada parada que haga. Agotada por todo lo que he hecho hoy, decido acostarme temprano. Mañana será un nuevo día y una emocionante etapa que recorrer.