Kilt me, please!: Ruta al corazón, con parada en Escocia 3. Lucía
11%

3. Lucía

CAPÍTULO TRES

Lucía

H e quedado con las chicas en casa para despedirme de ellas.

Ya lo tengo todo preparado: el itinerario; la ropa que me voy a llevar (de abrigo que no falte); la cartera con todos mis documentos; el dinero que me dejó mi tía que pensó en todo; incluso en dejarme libras esterlinas para mi estancia en Escocia y, por supuesto, la urna.

Manolo ha puesto a punto la furgoneta para que no tenga ningún problema en la carretera, o eso quiero creer. Rezaré a San Cristóbal; el patrón de los conductores, para que no me deje tirada en alguna cuneta dejada de la mano de Dios.

«Parece mentira que aún confíes en el zopenco de Manolo». Mi cabeza me dice lo que no quiero admitir, pero ya es tarde para echarse atrás. Está todo listo y mañana a primera hora salgo para mi primer destino; Zafra.

Oigo la puerta de mi casa abrirse y ya sé que mis amigas están aquí, puesto que tienen las llaves de mi casa. Confío plenamente en ellas, serán las que se ocupen de esta mientras estoy fuera. Mi pisito de sesenta metros cuadrados es muy goloso y no quiero que entre ningún indeseable y me lo ocupe.

—Niña, ¡ya estamos aquí! —Oigo la voz de Rosarito y al momento la veo entrar al salón.

—¿Habrás preparado la carne con salsa de almendras como te dije, ¿no? Me comería ahora mismo una vaca rellena de pajaritos.

—María, no seas exagerá . —Lola entra como una exhalación detrás de ella.

—Es que estoy con el ayuno intermitente y llegando a esta hora…

—¿Qué ayuno intermitente ni qué leches, si tú no has hecho una dieta bien en tu vida?

Las miro a una y a otra con una sonrisa en los labios, las voy a echar mucho de menos.

No sé cuánto tiempo voy a estar fuera. Me he tomado este viaje como un cambio radical en mi vida y no me he puesto fecha de regreso.

Ahora que ya no trabajo en la emisora local, me puedo permitir tomarme el descanso que nunca tuve y pensar en si quiero darle un giro de ciento ochenta grados a mi carrera profesional.

—Pues no, no he preparado la carne. Hoy vais a probar mis nuevas croquetas de huevo frito y chorizo.

—¡A la mierda la dieta! Si es que así no se puede. Venga, saca ya esas croquetas que le demos el visto bueno.

—¿Ves?, lo que yo decía, no dura ni un día a régimen.

—Tú calla que también estás deseando probar esa delicia. —María la señala con el dedo acusatorio.

—Hombre no, si te parece me quedo mirando como te las comes tú todas.

Las dejo a las dos con su conversación y me encamino a la cocina para llevar los platos a la mesa.

—¿Te ayudo? —Lola me ha seguido hasta la cocina. Tiene una mirada serena. La observo unos segundos y percibo en ella el cariño que nos tenemos la una a la otra.

—¿Puedes ir llevándote el vino y las copas?

—Vino y todo, ¿qué celebramos?

—¿Un viaje inesperado?, por ejemplo. —Sonrío.

—Buen argumento.

Llevamos todas las cosas al salón y vemos que nuestras amigas siguen enzarzadas en la misma conversación de antes. Al vernos, se callan de inmediato. Bueno, al ver el plato de croquetas que llevo en la mano.

Se acercan igual que las grajillas cuando intentan robar algo y no quieren ser sorprendidas.

—Donde estén unas buenas croquetas que se quiten los platos de estrella michelín. —María coge una, se la mete entera en la boca y su cara es de puro placer—. Esto es mejor que un orgasmo.

—He preparado también tortilla de patatas.

—¿Con o sin cebolla? —Lola odia la cebolla y como la conozco lo suficiente, la he preparado sin ella.

—¿Tú que crees?

—Eres un sol. Te vamos a echar de menos. Bueno, y a tu comida casera.

Suelto una carcajada a la que le siguen las de mis amigas. Nos sentamos a la mesa con un buen vino (el del Lidl; ese que es tan barato y tan rico, no vamos a ponernos exquisitas ahora), y con las tapas que he ido preparando.

La conversación es fluida, nos entendemos a la perfección y las bromas entre nosotras no tardan en llegar. Esta vez es a mí a quien le toca aguantar los chascarrillos de las chicas.

—Me he enterado de que has ido a ver a Manolo. —María nos mira de manera pícara y yo pongo los ojos en blanco—. ¿Sigue con su plan de conquistar a la chica de hielo? Pobrecillo, algún día deberías darle una oportunidad.

—Calla, no mientes ruina; para aguantar cromañones estoy yo. Le he llevado la furgoneta para una puesta a punto y ya está.

—Y la puesta a punto te la quería hacer él a ti, ¿no? —Todas se ríen ante la ocurrencia de Lola que no se calla ni debajo del agua.

—Venga, cuenta, ¿tenía mucha faena el pequeño hogar rodante de tu tía?

—Lo que tenía era ratas.

—Joder, qué asco. Pero vamos que no me extraña, la tenía aparcada en el descampado cerca del antiguo manicomio y allí las ratas son las dueñas del lugar. —Rosario pone voz a lo que todas pensamos.

—No sabéis la de cagás de rata que he tenido que limpiar. Menos mal que por dentro está como nueva.

—Bueno, como nueva…Tienes que admitir que es un poco antigua.

— Vintage —corrijo a mi amiga Lola con una sonrisa.

—¿Cómo está la ducha? Porque tiene ducha, ¿no? —Las tres me miran esperando que responda a la pregunta de María.

—Claro que tiene ducha, y un inodoro seco.

—¿Eh? —Me miran interrogantes esperando que les dé una respuesta. Cierro los ojos mortificada, esto va a traer cola.

—Vale, os lo cuento, pero no quiero bromitas al respecto.

—Espero a que asientan, pero sé que será en vano—: El inodoro seco es como el normal, pero sin agua.

Hay dos compartimentos, uno para el pis y otro para el popó.

El compartimento del pis es una garrafa que cuando se llena la vacías, y en el otro pones una bolsita, cagas y después echas serrín.

Pero vamos, que yo pienso tirarla cada vez que vaya al baño, me parece una guarrada dejarla ahí.

No sé cómo mi tía podía hacerlo, pues tenía que oler fatal.

Aunque digan que el serrín tapa el olor no me fío.

Las tres me miran con cara de asco y terror. Un silencio ensordecedor se instala en la sala y temo por dónde puedan salir sus comentarios.

—A ver si me he enterado bien —Lola es la primera en hablar—: tú haces lo tuyo, él lo recoge y en vez de mandarlo a dar un paseo acuático por las tuberías lo tapas con serrín.

—Es como si el inodoro te dijera: tú tranquila que yo me encargo, aquí nadie se entera. —Ahora es María la que remata la faena.

Las cuatro soltamos unas carcajadas que nos hacen saltar las lágrimas.

—Vale, tú te sientas y haces lo que tengas que hacer, no hace falta que entremos en detalles escabrosos.

Luego el agujero te mira como diciendo: «Vale humano, ahora dame mi snack ».

Porque si el inodoro en vez de agua quiere serrín, es como si fuera su tentempié, ¿no?

—Rosario saca más puntilla a la bromita.

—Es que sigue una dieta rica en fibra. —Ahora sí, con la bromita de María no podemos parar de reír.

Entre copas de vino, tapas caseras y risas escandalosas pasamos la tarde. Nos despedimos con abrazos y besos que saben a poco. Les prometo que me mantendré comunicada y que les contaré cada paso que dé.

Mañana mi vida cambiará, espero que para mejor.

Miro la urna de mi tía, pensativa: «Enriqueta, ¿en qué lío me has metido?».