Kilt me, please!: Ruta al corazón, con parada en Escocia 2. Lucía
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2. Lucía

CAPÍTULO DOS

Lucía

M e encuentro en el taller de Manolo esperando a que se digne a hacerle una revisión a la furgoneta.

Mi paciencia llega a su límite cuando sale de la oficina con un trapo lleno de grasa en las manos y una sonrisa socarrona en sus labios.

Todavía se cree el guaperas del barrio, pero ya os digo yo que ha envejecido fatal.

El pobre aún cree que puede derretir las bragas de cualquier mujer.

Cierro los ojos mortificada por la imagen que tengo delante: un machirulo que piensa que aún tiene poder sobre mí, y lo que no sabe es que nunca lo tuvo.

«¡Qué ingenuo!», exclama mi voz interna.

Manolo, con su calva incipiente y su barriga cervecera, se acerca a mí con pasos insinuantes y me dan arcadas al verlo.

—Pequeña arpía, ¿por fin te has decidido a rendirte a mis encantos? —Vomito en mi interior. Pongo los ojos en blanco ante su comentario. En serio, ¿cuándo se va a dar cuenta de que esa actitud de cromañón no gusta a las chicas? A este paso se queda soltero.

«Pues mejor así, no creo que ninguna mujer lo aguante», replica esa vocecilla en mi cabeza.

—Ni en tus mejores sueños, Manolito —lo digo con retintín, a ver si capta la indirecta que le mando—. He venido a que le eches un vistazo a la furgoneta de mi tía.

Abre los ojos de manera desmesurada.

—Oh, sí. Siento mucho lo de tu tía, Lucía. ¿Un abrazo? —Lo miro con asco. Este tío no se rinde.

—Ya te vale, Manolo. ¿Hasta en esta situación intentas ligar conmigo?

—Tenía que intentarlo. —Levanta los hombros a modo de resignación—. Bueno, vamos a echarle un vistazo a esa tartana que tienes ahí.

—Eh, no la llames tartana. —Me ofende su comentario. La furgoneta es una reliquia sí, pero ha dado muchas alegrías a mi tía.

—Vale, no pretendía ofender a la señorita. —Encoge los hombros, resignado y yo decido por el bien de mi paz mental, no saltarle a la yugular.

Mi odioso mecánico abre el capó y comienza su inspección haciendo ruiditos desaprobatorios con la boca. Comienzo a ponerme nerviosa, ¿qué estará viendo?

—Manolo, ¿¡quieres hacer el favor de dejar esos molestos ruiditos y decirme de una vez qué pasa!?

—Ratas.

—¿Eh? —Lo miro esperando una explicación que tarda en llegar.

—Pues eso, ratas. Tienes una familia de ratas ocupando tu furgoneta.

—¿Ratas en el motor? ¿Y qué hacen ahí?

—¿Vivir en él? Es evidente, ¿no? —Lo miro con odio—. Tranquila fierecilla, tiene solución. Con unas pastillas de veneno…

—¡Nooo! —Lo miro horrorizada, ¿cómo puede pensar en matar a esas pobres criaturas?

—Como no las saques de ahí roerán todos los cables. Te están destrozando la furgoneta, si no haces algo rápido… —Deja la frase en suspenso y me observa divertido.

—Vale, haz lo que tengas que hacer, pero no quiero verlo. —Cierro los ojos cansada de esta situación—. Avísame cuando acabes. Y hazle una revisión completa, tengo que hacer un viaje largo y no me apetece mucho quedarme tirada en medio de la nada.

—¿Un viaje? ¿Y se puede saber a dónde vas, pequeña arpía?

No pienso decirle nada a este bocazas. Lo miro con rabia, pero él ni se inmuta.

—Manolo, no te metas donde no te llaman. Haz lo que te he dicho y punto, no necesitas saber nada más.

Salgo del taller con una sensación de angustia que no se marcha.

Desde que mi tía murió, siento un vacío en mi pecho que no puedo llenar.

La vida es muy corta y noto que la he desperdiciado.

Enriqueta me ha dado una nueva oportunidad para hacer lo que siempre quise: escribir y viajar.

Un sueño que jamás pensé que cumpliría, ya que el dinero no me sobra.

Aunque estoy aterrada, jamás he viajado sola. Intento quitarme esa sensación del cuerpo, pues tengo que salir de mi zona de confort y hacer algo con mi vida.

Me encamino a casa con mil cosas en la cabeza, hago una lista mental de todo lo que tengo que preparar para el viaje y, de solo pensarlo, me siento agotada.

«Esto va a ser más difícil de lo que creía».