Kilt me, please!: Ruta al corazón, con parada en Escocia 1. Lucía
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1. Lucía

CAPÍTULO UNO

Lucía

A quí me encuentro, sentada en el bar más icónico de Pino Montano (un barrio de Sevilla), llamado La Blanca Paloma, con una jarra de cerveza bien fría en la mano y despidiéndome de la mujer que, de alguna extraña manera, me enseñó que la vida es más fácil si te dejas llevar.

«¡Y un cuerno de ciervo en celo! ¿De qué le sirvió a ella?», grita una voz en mi cabeza.

Espero que mis amigas se dignen a aparecer, pues siempre llegan tarde. No sé para qué me preocupo en llegar temprano sí sé que siempre ocurre lo mismo, mi obsesión por la puntualidad ya raya lo enfermizo. Estos pensamientos me atormentan cuando aparece Lola con su sonrisa sempiterna.

—¿Llevas mucho esperando? —Se sienta a mi lado dándome un beso en la mejilla—. ¡Ponme una a mí! —Señala Lola al camarero.

—¡Marchando, Lola Lolita Lola! —Pepe nos conoce de toda la vida. Con una sonrisa pícara se marcha hacia la barra a por la cerveza de mi amiga.

—¿Y ese jarrón tan horrendo? ¿No lo habrás comprado en lo de los veinte duros?

Sí, los veinte duros, has leído bien. En mi barrio seguimos nombrando los veinte duros a los bazares chinos; somos así de nostálgicas qué le vamos a hacer.

—No preguntes… —Cierro los ojos por puro agotamiento. Quería esperar a que llegaran las demás para no tener que repetirme más que el ajo.

María, otra de mis inseparables amigas llega con muy malas pulgas, como siempre. Seguro que se ha vuelto a pelear con su jefe.

—¡Estoy hasta el moño de ese gilipollas! —Se sienta a nuestro lado y le pide una cerveza a Pepe, luego se fija en el horrendo jarrón y me mira con curiosidad—. ¿Qué coño es eso? No será la herencia que te ha dejado tu tía abuela, porque si es así, tiene el gusto en el culo.

—Caliente, pero no.

—¿Y no nos vas a explicar qué hace un jarrón tan feo encima de la mesa? —María tiene poca paciencia, aun así, decido ignorarla.

Le doy un buen trago a mi cerveza fresquita pensando: «Hay que ver lo bien que sienta a estas horas». Son las doce de la mañana, la hora perfecta para una bien fría, o eso decía mi querido padre.

Por fin llega la que faltaba; Rosario. Como siempre va corriendo, cualquier día le da un infarto, pues no para un segundo quieta.

—Hola, chicas. ¡Pepe!

No hace falta decir nada más, Pepe le planta delante su jarrita de cerveza.

—Pues ya estamos todas. Ahora sí, ¿nos vas a decir por qué nos has citado aquí a las tres? A ver, que para una cerveza siempre estoy dispuesta, pero dejarlo todo para venir corriendo… —me pregunta Lola impaciente. Es la hora de confesar qué hago con ese maldito jarrón en el bar que nos vio crecer.

—Vamos a despedirnos de mi tía abuela como Dios manda, con una cerveza en una mano y unas aceitunas violás en la otra.

—¿Vienes de leer el testamento de Enriqueta? —me pregunta Rosario. Cierro los ojos intentando que el dolor pase, ya que era una mujer muy importante en mi vida.

Murió hace unos días y hoy me reunía con el abogado. Lo que nunca pensé, es lo que iba a ocurrir en esa oficina y que eso iba a cambiar el rumbo de mi vida para siempre. De hecho, aún estoy haciéndome a la idea.

—Vengo de hablar con el abogado. La tía Enriqueta me ha dejado un par de cosas que… Bueno, lo ha explicado todo en un vídeo. También me cuenta sus últimas voluntades.

—Coño, habla de una vez que nos tienes intrigadas. ¿Qué te ha dejado? ¿La casa de Chipiona? ¿La que está junto a la de Rocío Jurado? Cómo me gusta esa casa, podríamos ir a pasar el fin de semana allí. ¿Recordáis la de fiestas que hemos montado en ese lugar?

—Para, María, no divagues. Déjame que os cuente lo que ha sucedido. Pero antes, ¡Pepe! Pon una de bravas que con la ansiedad me ha entrado hambre.

—A este paso no nos cuenta ná .

—Me ha dejado la casa en la playa, pero con una condición. —Todas me miran expectantes—. Quiere que esparza sus cenizas en un lugar especial.

—Pues no se hable más. Nos vamos a Chipiona el fin de semana, la echamos en el mar con un par de rosas y luego a por un vinito de esos tan ricos que ponen junto a la Cruz del mar. —Miro a mi amiga Lola y suelto un suspiro agotador.

—No es tan sencillo, además eso de echar las cenizas en el mar ya no se puede hacer, está prohibido.

Quiere descansar en Escocia, junto a un highlander .

En el vídeo que ha grabado especifica que eche sus cenizas junto a un castillo de un antiguo laird .

Quiere que su espíritu se encuentre con el de otro que vivió allí y vivir juntos la muerte, ya que en vida no pudieron hacerlo.

Las chicas me miran pasmadas.

—La serie Outlander ha causado mucho daño en las mujeres de mediana edad. —María pone voz a mis pensamientos.

«¡Maldito Jamie Fraser!».

—¿Nos vamos a Escocia? —Rosario me mira entusiasmada con los ojos como platos.

—No es tan sencillo. Quiere que el viaje lo haga sola con sus cenizas y en su vieja furgoneta camper.

Todas me miran pensativas. Pasan unos segundos hasta que se percatan otra vez del jarrón. Ahora sí.

—¡Joder! Ahí está Enriqueta. —Lola señala la urna con espanto.

—¡Coño! ¿Te has traído las cenizas de la difunta al bar? —Rosario se separa de la mesa arrastrando la silla de manera escandalosa.

—Quería que tuviera una despedida digna del barrio, y qué mejor que una buena cerveza en La Blanca Paloma para decir adiós a todas las personas que conocía.

—Joder, Lucía, esto da mucha grima. —María se santigua ante la urna de manera exagerada. Pongo los ojos en blanco.

—Son solo unas cenizas.

—¡Y un cuerno! Te has traído a una muerta a tomarse una cerveza con nosotras.

—No exageres, María. Además, no hables de ella así estando de cuerpo presente.

—¿Cuerpo presente? Dirás cenizas —me corrige Lola.

Al ver la absurdez de la conversación, todas empezamos a reír a carcajadas.

—Vale, centrémonos. —Rosario intenta poner un poco de cordura en toda esta locura―. Tu tía te ha dejado un vídeo en el que te explica su deseo de que sus cenizas se esparzan en un castillo escocés, y tienes que hacer el viaje sola hasta allí.

—Exacto.

—Con el viejo cacharro que tenía tu tía por furgoneta, esa que va más despacio que los patinetes eléctricos. —María sigue con la explicación.

—Tendré que hacerle una revisión antes de embarcarme en un viaje tan largo.

—¿Y cómo piensas llegar hasta allí?

—Hay un ferri que sale del País Vasco hasta Irlanda, me bajaré en el puerto de Rosslare. Desde allí conduciré hasta Belfast donde cogeré otro ferri que me llevará hasta Cairnryan, un pequeño pueblo pesquero de Escocia, y desde allí mi destino estará a cuatro horas.

—¿Y por qué no pasas por el eurotúnel?

—Uf, no, ¡qué agobio!, es más de media hora bajo el mar. Ni que fuera la Sirenita.

—Lo tienes todo pensado ¿has elegido el destino de sus cenizas? —Lola es la que se atreve a preguntar.

—Lo ha elegido ella; Aberdeen. Es el sitio con más castillos de Escocia, en el vídeo me pedía que eligiera uno. —Cierro los ojos mortificada, esto no me puede estar pasando a mí.

«Asúmelo de una vez, tu tía no estaba en sus cabales». Mi cabeza me sigue recordando que todo esto es una locura.

—Pues te queda un viaje largo y bastante caro.

—También pensó en eso, la jodía . Tenía unos ahorros que quería que usara para ese viaje, así que hay de sobra para el trayecto. Y la estancia como será en la furgo, es un gasto menos.

—Tómatelo por el lado bueno: estás en paro, podrás viajar a lugares que nunca has visto y tendrás vistas privilegiadas para inspirarte y terminar de escribir ese libro que tanto te está costando acabar. —María mira el lado positivo de toda esta locura.

—Visto así… —Comienzo a sopesar el lado bueno de esta absurdez.

—¡Brindo por Enriqueta! Una mujer con las ideas claras y unos sueños inalcanzables.

—Y por su laird escocés.

Todas brindamos por mi tía, esa mujer excéntrica cuyo mayor deseo ha sido descansar junto a un guapo highlander . ¿Y quién soy yo para negarle su sueño a la pobre mujer?

Miro la urna con una sonrisa en los labios.

«Muy bien, tía, nos vamos de viaje. ¡Qué Dios nos pille confesaos!».