EPÍLOGO
Tristan
Estaba en un rincón oscuro observando, acechando. Viéndola de lejos.
Hice lo que siempre hacía: mirar sin ser visto, estar sin ser captado, disfrutar sin acercarme, tocar sin ser tocado.
Ese era mi trabajo, mi especialidad. La razón por la cual me tenían por un espectro.
El móvil en mi bolsillo vibró. Lo saqué con cuidado, abrí su tapa y vi el mensaje. Muchos me tendrían por anticuado, incluso pensarían que estoy loco. Que esa parte de mí era mi desventaja, la razón por la cual estaba debajo de los demás.
Se equivocaban. Manejaba muy bien la tecnología, sabía cómo utilizarla a mi favor y cómo convertirla en la pesadilla de otros, pero también entendía que ellos lo podían hacer conmigo.
Que cuanto más informatizado estuviera mi mundo, más posibilidades de dejar de ser invisible tendría, y no deseaba eso.
Porque si llegase a suceder, perdería mi ventaja, mi razón de ser. La perdería ella.
«No tienes mucho tiempo».
No respondí. Nunca lo hacía. Ya era raro que me mandara un mensaje.
Cerré la tapa y volví a meterlo en mi bolsillo. Levanté la mirada y me encontré con sus ojos abiertos, dándome de frente con dos océanos brillantes que me miraban. Dos luces que alumbraban la oscuridad que me rodeaba.
No me moví. Ella tampoco. Nos quedamos ahí, mirándonos sin decir una palabra.
Me moría por saber qué pasaba por su mente, cuáles eran los pensamientos que la consumían en ese instante.
Moría por preguntarle cómo lo hacía; cómo podía ella, una niña, ver lo que nadie veía.
Descubrirme cuando muchas veces ni yo mismo era capaz de hacerlo.
Sin embargo, ahí estaba. Viéndome como tantas otras veces. Como cada vez que la acechaba.
Mi lengua hormigueaba, mis labios se morían por soltar las palabras. Mis dedos me quemaban por tocarla.
Me di la vuelta y me alejé. Salí por la misma puerta por la que había entrado, sintiendo sus ojos siguiéndome. Mi espalda quemaba, mis pies luchaban por dejar de andar, pero no lo hice. Me mantuve recto, incluso ante mi cerebro traicionero que no dejaba de enviar imágenes que no debía.
Lo hice porque era lo debido. Porque creía que cada cosa llegaba en su momento.
Y aún no era el suyo.