Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

Hayden

Todo sucedió en fracción de segundos. Neith estaba en nuestros brazos y Cayden y Katrina en otra esquina apuntando hacia dentro, cuando estalló el caos.

Neith llegó hasta el pomo, y en cuanto lo giró, tiramos de ella hacia atrás con todas nuestras fuerzas, pero algo no sucedió como debía y un disparo perforó la puerta.

Yo me encontraba en la parte trasera, justo en sus piernas. La fuerza que hizo el impacto fue tan poderosa que salió volando hacia delante, sin ser yo capaz de mantenerla conmigo, y acabé con ella en el suelo, sujetando sus tobillos.

La locura cesó. Miré hacia arriba y vi cómo Cayden y Katrina entraban en la habitación, arma arriba, para comprobar que no había nadie más.

Me moví para intentar llegar hasta Neith y comprobar que estaba bien. Sin embargo, algo me lo impidió. Cuando me fijé en lo que era, descubrí el cuerpo de Rayden. Este se encontraba justo encima de Neith.

Me puse de rodillas para apartarlo, pero al hacerlo, mis manos terminaron manchadas de sangre. Las observé con los ojos bien abiertos, sin ser capaz de comprender lo que había sucedido.

Un ruido, una protesta dolorida, salió de debajo de él. Me apresuré a moverlo con cuidado, justo cuando Katrina cayó de rodillas a mi lado.

—¿Están bien? —preguntó. Su voz se apagó al ver la sangre.

—¿Qué coño ha pasado? Parece que me hubiese atropellado un camión.

La voz de Neith salió dolorida y perezosa. Levantó las manos para mover el cuerpo de Rayden y ahí fue cuando ella también se dio cuenta de su herida. Sus ojos se abrieron con sorpresa y algo más, algo que no pude descifrar cruzó su mirada.

Llevó los dedos hasta su cuello y le tomó el pulso; yo estaba haciendo lo mismo en su muñeca. Había pulso. Débil, pero había.

Entre los tres lo movimos a un lado. Neith sacó algo del bolsillo de su pierna y se lo puso justo debajo de la nariz.

A los pocos segundos, Rayden recuperó la conciencia.

Abrió los ojos, desorientado, y miró a su alrededor.

Al ver a Katrina, al borde de las lágrimas encima de él, alargó la mano y acarició su mejilla.

—No vuelvas a darme ese susto.

—Tranquila, mi diosa. No pienso dejarte sola con estos dementes.

Katrina y yo nos reímos; hasta juraría que Neith hizo un amago de risa, pero la borró con rapidez y se dispuso a sacarle el chaleco a Rayden para comprobar la herida.

—Puede esperar —dijo él.

—No, estás sangrando y paso de que te mueras por el camino. Sería una enorme pereza cargar contigo.

Mi amigo no le rebatió, ya que él sabía tan bien como yo que esa no era la razón de su preocupación. Ella logró quitarle el chaleco con la ayuda de Katrina y entre ambas revisaron su herida para comprobar que no era muy grave.

El disparo había sido limpio, en el hombro, con entrada y salida.

Neith se sacó otro frasco del bolsillo y se lo aplicó con cuidado por ambos lados, asegurando que eso frenaría la hemorragia hasta volver a la mansión y curarlo como era debido. Luego, Katrina sacó del suyo unos vendajes y unas gasas y cubrió las heridas como pudo.

Teníamos que admitir que esas dos, cuando salían, iban bien equipadas.

—Por lo que veo, seguirá dando por culo.

La voz de Cayden resonó en las paredes y terminó con el extraño ambiente de familiaridad que se había creado.

—No digas eso, podría haber muerto —lo regañó Katrina.

—Puf, ni que fuera tan grave. Aún te quedarían otros dos —comentó Neith volviendo a ponerse su habitual máscara.

Sin embargo, ya era tarde. Ya habíamos podido ver cómo trataba a Katrina, cómo había cedido ante el miedo cuando vio a Rayden herido, por protegerla. Cómo se había preocupado por curarlo.

Quizás la diosa de la guerra se pareciera más a nosotros de lo que dejaba ver. A lo mejor era otra alma rota, desgarrada por la vida y cocida a tropezones. Con cicatrices que se esforzaba en ocultar detrás de un muro de granito. De una locura y un pasotismo fingido.

O puede que no tan fingidos.

—Bueno, deja el drama, que no es para tanto —soltó y le dio un golpe a Rayden en la herida abierta para luego incorporarse.

La cara de Rayden se descompuso de dolor, pero ella se fue sin mirar atrás. Sin mostrarle ni una pizca de misericordia.

—Quién lo iba a decir, ¿eh? Mucho te quejas de ella y luego saltas para salvarla —comenté mientras me reía y negaba con la cabeza.

Caminé hacia el interior de la habitación, dejándolo atrás, protestando e insultando.

Al adentrarme, comprendí la razón de lo sucedido. Acostados en su propia sangre se encontraban cuatro hombres, no dos como había dicho el de arriba.

Suerte que estaba muerto, porque de no ser así lo habría hecho pedazos.

Oliver se encontraba recostado contra la pared. Tenía dos vendas manchadas de sangre en el lado derecho y dos heridas de bala recientes en el izquierdo. Una en el brazo y otra en la rodilla.

Katrina entró en ese instante, con Cayden y Rayden a su espalda.

—Prima, dijiste que si escapaba no moriría.

—Curioso, no recuerdo haber dicho tales palabras.

—Prima…

—¿Quieres que pare? —preguntó ella acercándose a él.

—Sí. Te diré lo que quieras. Puedo contarte…

—No me hacen falta tus falsas palabras, Oliver. Hace tiempo comprendí que tú no eres más que un títere guiado por su maestro. Por alguien que mueve tus hilos a su antojo, y tú bailas a su son.

La verdad, escupida así de los labios de su prima, hizo que tensara la mandíbula y que sus ojos brillaran con odio puro. Sin embargo, eso ya no la detenía.

Los océanos de Katrina se mantenían en calma, serenos ante la culpable de sus tempestades pasadas.

Caminó hacia él con un sosiego digno de la cazadora que era, hasta que nada los separaba, y la distancia se había convertido en un suspiro. Lo hizo hasta que su pie pudo apoyarse y pisarle la herida sangrante de la pierna.

Oliver gritó y llevó sus manos hasta ella, empujando y rogando para que retirara su bota, pero ella no hizo caso; en vez de eso, cargó el peso de su cuerpo en esa pierna.

—¿Quieres que pare? —volvió a preguntar.

—¡¡Sí!!

—Entonces ruégame.

Hubo un cambio en el ambiente, porque Oliver dejó de gritar y la observó con los ojos entrecerrados. Con la mirada cargada de algo, de un recuerdo, de un karma que llegaba para cobrarse su deuda.

Apretó los labios y se negó a decir ni una palabra. Los chicos se acercaron con la intención de hacerlo rogar a la fuerza, pero Katrina los detuvo, alzando la mano.

—¿Tienes lo que necesitas? —preguntó en alto.

—Sí, está todo aquí —respondí.

—Bien, entonces nos vamos.

Sin decir una palabra más, salió de la habitación. Cogí las cosas de la mesa y la seguimos hasta el rellano, donde se detuvo.

—¿Lo vas a dejar vivo? —preguntó Cayden.

Katrina sonrió y miró a Neith. Ella copió su gesto, se aproximó a la bolsa y abrió un doble fondo, de donde sacó una pequeña botella hermética y un mechero.

Observamos perplejos cómo ambas caminaban hasta la entrada, donde Oliver había comenzado a arrastrarse en dirección a la mesa.

Al verlas, se detuvo y abrió los ojos llenos de pánico.

—Vale, vale. Rogaré. Te rogaré lo que haga falta —comenzó a decir.

—Tarde —respondió Katrina antes de abrir la botella, arrojarla dentro y luego encender el mechero que Neith le dio.

—¡Espera, por favor!

—Cuidado con las sombras, primo. Son muy traicioneras.

Dicho eso, arrojó el mechero.

No tenía ni idea de qué había en esa botella, pero las llamas se alzaron con fuerza y empezaron a consumirlo todo a su paso. Observamos durante unos segundos cómo Oliver luchaba por arrastrarse de allí, cómo intentaba desesperadamente cruzar el umbral, que estaba consumido por el fuego.

Nos quedamos en el lugar hasta que el calor se hizo insoportable, hasta que los gritos de agonía eran más poderosos que los chasquidos de las llamas.

Luego nos dimos la vuelta y nos fuimos, como si estuviéramos saliendo de una sesión de cine o de una obra de teatro acabada.

Caminamos a través del caos, de los cimientos derrumbados, de los cuerpos amontonados. Neith esta vez no se detuvo a contarlos y salió con nosotros, dejando todo atrás.

Me subí al furgón con Cayden y Neith, mientras Katrina y Rayden iban en el coche donde ella había llegado. Dejé caer mi cuerpo contra el asiento, cansado, agotado tras una larga noche de juegos.

—Creo que me lo pensaré dos veces antes de volver a invitarte.

—Eres un mentiroso, estás deseando volver a salir conmigo para ver qué es todo lo que llevo en esa bolsa.

Mis labios se estiraron; no pensaba negarlo. Saqué los aparatos que había recuperado y le tendí el móvil a Neith.

—¿Sabes de tecnología?

—Pues claro, yo soy como vosotros tres, pero en una. Añadiendo la belleza, claro está.

Me reí por lo bajo, pero no le respondí. En vez de ello, me puse manos a la obra, en busca de lo que necesitábamos para encontrar a Valery.

Cualquier pista que nos pudiera dar.

La razón por la que se la llevaron.

La dichosa verdad.

Porque una cosa tenía clara: Había mucho más de lo que se veía y aún más de lo que se sabía.