Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 51
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CAPÍTULO 51

Katrina

Revisamos los cuerpos, buscando la llave que me separaba de mi venganza.

Movimos uno tras otro, revisando bolsos, pantalones, chalecos y chaquetas. Todos estábamos concentrados en ello, o bueno, casi todos.

—Pajarito muerto uno, dos y tres… Pajarito muerto cuatro, cinco y seis…

Neith se encontraba cantando y saltando entre los cadáveres. Pateando, contando y señalando a cada uno, como si estuviera en un parque de atracciones, como si este lugar fuese su juguetería personal.

Rayden la miró de reojo y abrió los labios para decirle algo, pero al ver que lo observaba, cerró la boca.

—Está loca —susurró solo para nosotros.

—Pero es efectiva. Demente, pero efectiva.

—No sé si eso me consuela.

—Te acostumbrarás —dije con una sonrisa mientras ella seguía con su cantinela.

—Pajarito muerto siete, ocho, nueve y… ¡Oh!, este está vivo —comentó justo antes de enterrarle el puñal en la garganta—. Diez. Pajarito…

Rayden me observó con una ceja levantada y no pude evitar que mi cara se distorsionara en una mueca.

—Algún día —añadí.

—¡Las tengo! —anunció Cayden alzando una llave plateada y grande.

Un suspiro escapó de mis labios, arrojé al pobre diablo que tenía en las manos y cogí a Neith del brazo.

—Ya es suficiente. Luego, si quieres, los cuentas para tu lista. Ahora debemos coger a Oliver.

Protestó en su idioma paterno, pero me siguió de todas formas. Los chicos ya se encontraban frente a la pesada estructura. Hayden estaba con la táblet revisando las cámaras de seguridad, Cayden preparando las armas y Rayden tenía la llave en la cerradura, listo para abrir.

—Hay dos personas armadas y apuntando hacia nosotros —comentó Hayden.

—¿Aún te queda algo de ese gas mortal? —preguntó Rayden.

—No, pero tengo un juguete mucho mejor —respondió Neith antes de agacharse y sacar de la bolsa un tubo alargado.

—¡¿Te has vuelto loca?! —exclamé.

—Tranquila. Es de titanio, lo aguantará.

—La puerta puede que lo soporte, pero ¿qué me dices del resto del edificio?

Haciendo oídos sordos a mis preocupaciones, apartó de un empujón a Rayden, abrió la puerta lo justo para colocar el artefacto y presionó el botón antes de lanzarlo y volver a cerrar.

Se apoyó contra la pared con esa sonrisa maniática y empezó a contar regresivamente. Corrí hacia los chicos y los junté en la esquina más alejada de la puerta. Ellos no hicieron preguntas ni dudaron de mis actos; tan solo me colocaron en el centro de un círculo y se apretaron contra mí.

Justo cuando Neith llegó al cero, un estruendo que hizo temblar los cimientos retumbó a nuestro alrededor. Las lámparas que colgaban de los techos se tambalearon; algunas cayeron. Pequeños fragmentos de cemento se desprendieron y una nube de polvo nos envolvió.

Abrí los ojos y observé a los chicos; estábamos todos cubiertos de blanco, incluso Neith, la cual no se había molestado en resguardarse.

Lo primero que hicieron fue comprobar que estaba bien, que no me había pasado nada.

Luego, como si estuvieran sincronizados, clavaron los ojos en la lunática que tenía por amiga.

—¡¿Qué cojones fue eso?! —rugió Cayden.

—Nitroglicerina —respondió como si fuera lo más normal del mundo andar con eso por ahí.

—¿Estuviste cargando con eso todo el tiempo? —increpó Rayden.

—No es para tanto. La cápsula es del todo segura; incluso aunque cayera, no detonaría. La única forma es activarla.

La explicación no pareció calmarlo. En vez de ello, caminó hacia la bolsa y la abrió para ver qué contenía.

Sin embargo, ya no quedaba mucho, solo algunos cartuchos y cuchillos.

Pareció aliviado, aunque no me devolvió la bolsa, sino que se la lanzó a Cayden.

Él la cogió y se la colocó en la espalda, clavándome una mirada que sin duda decía: no volverás a coger esto.

—No sé si alabarla o gritarle —susurró Hayden.

—Mejor no digas nada, no vaya a ser que se chive de todo lo que solemos llevar en esa bolsa.

—¿Faltan cosas?

—Es que al añadir vuestras máscaras no entraba todo —dije y me encogí de hombros.

No le di más explicaciones y lo dejé con su imaginación dando vueltas, a la caza de respuestas que no le íbamos a dar.

Neith volvió a abrir la puerta, la cual chirriaba y escupía polvo. Se asomó por una rendija, con la linterna ya encendida por la cantidad de ceniza que impregnaba el aire, la cual nos dificultaba la visibilidad incluso con la visión nocturna de las máscaras.

Quise entrar, pero Cayden me cogió del hombro y me empujó detrás de él. Esta vez no discutí con ellos y obedecí. Ya estaban bastante enfadados por la explosión.

Bajamos las escaleras que daban al sótano. Por el camino vimos sangre y vísceras colgando de las paredes, techos y manchando el suelo. Neith había convertido el pasillo en una licuadora, sin dejar más que mínimas partes de lo que solían ser personas.

Descendimos en silencio, atentos al mínimo ruido que nos pudiera sorprender.

Al llegar al final de la espiral, nos encontramos con un pequeño descanso, el cual llevaba a una puerta de madera.

Después de toda la seguridad y tecnología que había arriba, no comprendíamos cómo aquí solo se encontraba un cacho de madera, sin escáner, ni entrada digital…

—Incluso mi dormitorio tiene más seguridad —comentó Neith.

—Estoy de acuerdo, esto no cuadra.

Por primera vez en la noche, Rayden y Neith coincidieron en algo. Preocupados o hasta perplejos por el cambio en los acontecimientos.

—¿Podemos volarla igual que con el pasillo? —preguntó Hayden.

—No es buena idea, la estructura del edificio ya está tocada y nos sería mucho más difícil escapar —respondí.

—Pues solo hay una manera de saber qué sucede —dijo, aproximándose a la estructura.

—¡No!

—¡No!

Me apresuré a bloquearle el paso con mi brazo, pero para mi sorpresa no fui la única. Neith también lo hizo. Hayden nos miró a las dos y retrocedió.

—¿Qué piensas? —preguntó con su mirada fija en la madera.

Sabía que esa pregunta era para mí. No hacía falta que dijera a quién iba destinada, ya que todos parecieron entenderlo, porque tres pares de ojos se posaron en mí.

—Es tonto, pero no tanto. Le gusta atacar por la espalda, así que lo más probable es que haya una trampa.

—¿Crees que está apuntando con algún tipo de arma?

—Sí, aunque no será algo muy fuerte. Si algo sucede, él se queda atrapado junto con nosotros.

—El guardia que detuve dijo que había dos hombres con él —comentó Rayden.

—Así que lo más probable es que tengamos tres armas de alto calibre apuntándonos —señalé.

—Pero hasta que abramos la puerta no van a poder disparar —explicó Hayden.

—Seguro están fijándose en la rendija inferior de la puerta.

Todos nos fijamos en la luz que salía de debajo de ella, sin una sola sombra asomando.

—Tengo una idea, pero dudo que os guste —dijo Neith.

—Nunca nos gustan tus ideas.

—Curioso que lo digas tú, porque para ser el de los planes, hasta ahora no te he oído uno solo, segundón.

Me presioné el puente de la nariz. Rayden y Neith eran como dos niños peleando por un caramelo. No podían estar más de un minuto sin discutir o tirarse pullas.

—¿Cuál es tu plan? —pregunté irritada.

—Abrir la puerta.

Los cuatro la observamos como si le hubieran salido dos cabezas. Ella volteó los ojos exasperada y se cruzó de brazos, haciéndose la indignada.

—Hay que entrar, ¿no?

—Sí, pero si nos acercamos empezarán a disparar y lo más probable es que lleven munición que perfore el kevlar.

—¿Cuánto pesas?

—No sé, unos sesenta y cinco kilos. ¿Qué tiene eso que ver?

—Yo peso algo menos, quizás unos cincuenta y cinco.

—Quieres que os levantemos —susurró Rayden.

Asintió.

—Dos pueden cargarme para que pueda llegar al pomo por arriba mientras otros dos se preparan para neutralizar a los de dentro cuando abra.

—Habrá que hacerlo muy rápido; cuando se empiece a abrir, se pondrán a tiros —señaló Hayden.

—No dije que mi idea fuera perfecta.

—Debería hacerlo yo, que soy más alta; me será más fácil llegar —señalé.

—Yo soy más liviana, y una vez tenga el pomo, ellos podrán tirar de mí con rapidez.

—No me agrada decirlo, pero no es un mal plan —comentó Rayden.

—Sin mencionar que es el único que tenemos —añadió Cayden.

—No, déjame pensar. Tiene que haber otra manera.

—Katrina, no la hay y el tiempo se nos agota. El edificio ya está dañado. Si llega a venir Tristan, le será muy fácil sepultarnos a todos —explicó Rayden.

—Vale, entonces lo haré yo —exclamé con decisión.

—Ya te he dicho que no, que yo soy más ligera.

—No, Neith. Es mi hermana, es mi problema. Tú… eres la mujer del don, la heredera de Mikhail; no puedes correr semejante riesgo.

—¿Qué tendrá eso que ver? —dijo y puso los ojos en blanco.

—Si disparan y te alcanzan…

—Eso no sucederá.

—¿Cómo estás tan segura?

—Porque sé que tú no lo permitirás. Confío en ti, Katrina. Sé de lo que eres capaz.

Busqué algo en su mirada. Mentira, burla, lo que fuese. Sin embargo, no había nada. Sus palabras eran sinceras, de las pocas veces, quizás la única, que Neith decía algo así, que permitía que alguien viera dentro de ella.

No me quedó más que ceder con la determinación recorriendo cada poro de mi cuerpo.

Nos separamos, rodeando desde la distancia el rellano. Yendo por los laterales para que nuestras sombras no revelaran nuestros planes.

Rayden y Hayden se colocaron a la derecha.

Cogieron a Neith por la cintura y la acostaron en sus brazos, dejando solo parte de su torso en el aire.

Cayden se puso conmigo, sacamos nuestras pistolas y nos preparamos.

Él era más alto que yo, así que no le quedó otra que ponerse detrás y dejarme a mí delante del peligro.

Observé a mi amiga, la única que había tenido en mi vida, y asentí. Ella me devolvió el gesto. Me pregunté cómo una extraña podía confiar más en mí que yo misma. Años atrás pensé que eso era imposible, pero allí estaba la verdad golpeando mi cara, enseñándome lo equivocada que había estado.

Volví la vista al frente, cogí aire y apreté la mandíbula.

No pensaba decepcionarla.