CAPÍTULO 50
Katrina
Neith y yo abrimos camino, con Hayden a mi lado y los dudosos Cayden y Rayden atrás. Esta vez no íbamos de incógnito. Nuestros atuendos dejaban claro a lo que veníamos y no era a jugar a las cartas.
Los cinco íbamos con ropa militar negra, botas de cuero, chalecos antibalas y armas escondidas hasta en los lugares menos esperados.
Neith se había hecho una cola de caballo y yo había recogido mi melena rubia en un moño apretado.
Ambas llevábamos lo que parecían horquillas sosteniendo los mechones rebeldes, un pequeño truco que ella me había enseñado, aunque su utilidad era una muy distinta.
Caminábamos como si no estuviéramos allí para matar a todo aquel que se nos cruzara. Los guardias de la entrada nos vieron llegar y la sorpresa por nuestra audacia los desconcertó por unos segundos. Segundos que utilizamos en nuestra ventaja.
El filo plateado brilló bajo las farolas. Nuestros cuchillos de espiga volaron antes de que ellos pudieran reaccionar e impactaron en sus frentes. No tuvieron tiempo ni de desenfundar sus pistolas; los dos cayeron con un ruido sordo.
Neith y yo nos aproximamos y recuperamos nuestras armas, para luego limpiar la sangre en el costado de los pantalones. Estábamos sincronizadas, acostumbradas a salir juntas a jugar cuando Neith se aburría mucho.
—Eso ha sido precioso —comentó Hayden.
Le sonreí. Sí que lo era. Rayden igualó el gesto de su compañero, con la intención de aligerar mi malestar. Sin embargo, no le valió de nada. Mis labios se contrajeron y mi ceño se frunció.
—Hola, guapo. Voy a por ti.
La voz de Neith hizo que me girara al instante. La diosa de la guerra se encontraba saludando y tirando un beso a una cámara exterior. Una que, sin duda, estaría conectada al despacho donde estaba encerrado Oliver.
Rayden pasó furioso por mi lado y disparó, haciendo añicos el artefacto.
—Puf, aguafiestas.
—¿Te das cuenta de que ahora nos estarán esperando? —replicó él con enfado.
—¿Qué gracia tendría si no lo hacen?
Rayden estaba rojo de la ira. Me había planteado ignorarlo y torturarlo por varios días, pero eso era mejor. No había mayor castigo para él que tener que lidiar con Neith. Y eso que aún no la había visto en todo su apogeo.
Posé una mano en su hombro y me acerqué hasta que mis labios rozaron su oído.
—Pienso decirle que haga lo que quiera. Que sea ella en todo su esplendor solo para ver cómo sufres.
Dicho eso, avancé dejando a Rayden inmóvil y frenético.
Cayden se acercó, me puso a su espalda y se volteó para mirarme.
—Te quiero en todo momento detrás de mí. Me da igual lo mucho que quieras torturar a Rayden o las ideas alocadas de Neith; no te mueves de mi espalda. ¿He sido claro?
Su lado protector me desarmó. La manera en la que me miraba y se preocupaba por mí hizo que mi pecho se calentara y la zona entre mis muslos palpitara. Él lo notó, siempre lo hacía.
Acercó su rostro al mío y me besó con cariño.
—Ahora no es el momento, pero te prometo que cuando lleguemos a casa me ocupo de ti.
Mis labios se estiraron contra los suyos. Pude sentir cómo mi humedad crecía ante su promesa.
—Ya tengo control sobre las imágenes —dijo Hayden haciendo que recordara dónde me encontraba.
Carraspeé para aligerar un poco la carne que sentía, para que mi garganta seca por la lujuria volviera a la normalidad. Vi de reojo cómo Neith me observaba con una sonrisa pícara y no pude evitar que mis mofletes se encendieran.
—¿También tienes control sobre el cuadro eléctrico? —preguntó desviando su atención de mí a Hayden.
—Sí.
—Bien, entonces entremos.
—Espera. —La detuvo Rayden—. Debemos trazar un plan. Seguro ahora nos esperan más que antes.
—Sabes, deberías aprender a relajarte. Eres demasiado estirado. —Habiéndose quedado a gusto con su respuesta, abrió las puertas sin preocupación alguna.
Un vestíbulo grande con solo dos puertas de caoba en el fondo nos dio la bienvenida. No había guardias ni mafiosos armados. Solo el silencio y las dos estructuras que rodeamos, con la espalda pegada a la pared.
Nos aproximamos por los costados hasta quedar junto a ellas. A la derecha estaba Neith con Hayden detrás. Cayden se encontraba en el lado izquierdo, conmigo en su retaguardia y Rayden resguardando la mía.
—¿Y ahora qué? ¿También vas a entrar sin más? —inquirió Cayden.
Ella no se molestó en responder. Me observó e hizo un simple gesto de cabeza en mi dirección.
Sabía lo que quería, así que saqué la bolsa que había colgado en mi espalda.
La bajé con cuidado al suelo, la abrí y saqué una máscara negra mate, con dos respiradores a los lados, que valían a su vez de distorsionadores de voz.
Le tiré el suyo y le di uno a cada uno de los chicos.
—¿Esto para qué es? —preguntó Hayden con curiosidad.
—Ya lo verás —contestó ella con su voz modificada.
Ninguno volvió a preguntar nada; se dedicaron a ponerse las máscaras sin intentar saber qué era lo que tramaba. Daban iguales sus protestas o las pequeñas dudas que tuvieran sobre ella. Sabían quién era y de lo que era capaz. A su vez, también eran conocedores de sus trabajos.
En cuanto estuvimos todos listos, Neith le hizo una señal a Hayden para que cortara la luz. Este no tardó en hacerlo, dejándonos cubiertos por la oscuridad.
El lugar ni siquiera tenía luces de emergencia, por lo que les era imposible ver nada. No como a nosotros, que al tener visión nocturna en las máscaras, podíamos observar lo que sucedía a nuestro alrededor.
No atacamos, nos mantuvimos quietos, esperando, hasta que una lluvia de balas atravesó las puertas. Cayden y Rayden me empujaron contra la pared y pasaron sus manos por encima de mí. Neith también se apartó, pero su risa se podía escuchar con claridad.
El ruido y la madera desgarrada se detuvieron. Se oyeron voces, preguntas sobre si estábamos vivos o no. Armas recargándose. Cayden pareció entender lo que mi amiga pretendía, alargó la mano hasta la puerta y la movió.
Otra lluvia de disparos azotó la madera. Luego vino otra y después otra. Dispararon hasta que se quedaron sin munición y uno dio la orden de ir al sótano a por más. Fue en ese momento cuando nos movimos, entramos y desgarramos los cuellos de los más cercanos.
Los susurros desaparecieron, sustituidos por gritos y órdenes sin sentido.
Me encontraba distraída, enfocada en matar a las presas que se cruzaban delante de mí cuando las luces se volvieron a encender. Rayden, Cayden y yo nos quedamos inmóviles, pero no tardaron en volver a cubrirme con sus cuerpos.
Los responsables de recuperar la visión no fueron otros que Hayden y Neith. Los dos estaban justo enfrente de la muchedumbre, con la espalda recta y la ropa cubierta de sangre.
—Creo que sabéis quiénes somos —comentó Neith—. Y sabéis lo que va a suceder.
Silencio. No se oía ni el ruido de una mosca volando. Lo más probable es que incluso se olvidaran de cómo respirar, observando a la misma muerte hablar ante ellos, seguida de los asesinos más temibles jamás vistos.
—Sí, fui yo quien entró en vuestra casa, mutiló a vuestro jefe y se cargó a más de la mitad de vuestros hombres. Sí, fueron ellos quienes asesinaron al consejo; fue Katrina quien acabó con Milko, y mi hombre el que desfiguró hasta la muerte a vuestro líder.
Su voz, que ya era espeluznante de por sí, se transformó en algo mucho más aterrador gracias a la máscara que portaba.
Todos nos miraban con los ojos abiertos, la tez casi transparente y con pequeños temblores, los cuales hablaban por ellos.
—Por norma no dejo a nadie con vida, pero hoy es vuestro día de suerte.
Fruncí el ceño sin entender nada. Me esforcé por salir de entre las paredes humanas y asomarme para ver qué era lo que tramaba.
Hayden ya no estaba con ella; se había movido hasta mi espalda. Desvié la mirada hacia él y juraría que me sonreía por debajo de la máscara.
Entrecerré los ojos; estos dos se traían algo entre manos, de eso estaba segura.
—Resulta que Ramsel ya está bastante enfadado con nosotros por lo ocurrido, y si matamos a lo poco que queda de la mafia checa, se pondrá frenético, así que os vamos a dar la opción de marcharos sin un solo rasguño.
Solo tenéis que soltar las armas y salir por esa puerta. —Señaló lo que quedaba de la madera.
Se miraron entre sí, dudando, sin terminar de creerse las palabras de la asesina. Sin comprender por qué les daba una carta que nunca había enseñado a nadie.
Uno de ellos apretó su arma; no sabría decir si fue por los nervios, las dudas o qué, pero ese gesto la hizo moverse. Antes de que pudieran pestañear, Neith ya estaba cortando su cuello por la mitad.
Jadeando, retrocedieron con pánico.
—Ups. Me pareció verlo dudar.
Esas palabras fueron como una bomba; un aviso lícito de lo que iba a suceder. Sin demoras, todos comenzaron a dejar sus pistolas, puñales o cualquier arma en el suelo y a patearla lo más lejos posible.
Viendo que había conseguido lo que deseaba, se hizo a un lado y les tendió el brazo en dirección a la salida, como si les estuviera brindando un salvoconducto a su libertad.
Sin saber la razón, ni lo que tramaba, también nos apartamos y permitimos que uno por uno saliera.
Rayden detuvo a un hombre cercano, haciendo que saltara del susto y retrocediera.
—¿Cuántos hay abajo?
—Quedan unos pocos; la mayoría de ellos se encerraron en el despacho y los otros subieron para ayudar.
Rayden asintió y lo dejó marcharse, justo cuando Neith se unió a nosotros y nos empujó lejos de la puerta.
—¿Qué narices estás tramando? —pregunté solo para nosotras.
—Ahora lo verás, mi pequeña cazadora.
Abrió la bolsa y sacó cuatro latas de gas. Le dio dos a Hayden y ella se quedó con las otras dos.
—Dijiste que los ibas a dejar marchar —señaló Cayden al ver lo que tenía.
—Sí, pero la puerta que da al sótano es de titanio y necesitamos la llave para entrar. Llave que tiene uno de ellos.
Por fin las piezas encajaron. Ella no estaba mostrando clemencia; dudaba que supiera lo que eso significaba. Lo que buscaba era desarmarlos y juntarlos a todos en un mismo lugar, como cerdos que iban a un matadero.
—La puerta de la calle está abierta —dijo Rayden.
—No, la cerré justo al entrar —contestó Hayden.
No teníamos ni idea de en qué momento se habían comunicado, pero lo habían hecho y su plan era perfecto.
Neith y Hayden nos ignoraron y fueron hasta el umbral que los separaba de sus víctimas, justo cuando la primera llegaba a la puerta para tirar de ella y darse cuenta de que estaba cerrada.
Todas las cabezas se giraron en nuestra dirección.
Ellos aprovecharon y sacaron el seguro de las bombas de gas.
—¿Sabéis qué? He cambiado de opinión. Adoro hacer rabiar a Ramsel.
Dicho eso, arrojaron las latas entre la muchedumbre y se quedaron viendo cómo la desesperación, el pánico, la lucha y las ansias de supervivencia se hacían con ellos.
Hasta que no quedó más que la resignación, el dolor y la muerte.