CAPÍTULO 49
Rayden
—Sigo sin entender cómo la fuiste a buscar a ella antes que a nosotros —volvió a protestar Cayden.
—Puf, supéralo, grandullón, molo más que tú —comentó Neith.
—¿Os queréis callar? —increpé mientras intentaba contar a las personas de dentro y trazar un plan factible.
—¿Siempre son así?
—Continuamente.
—Y luego se preguntan por qué me vienes a buscar a mí primero.
Me apreté el puente de la nariz. Me alegraba que Hayden hiciera nuevas amistades, ¿pero tenía que ser ella? Con las impertinencias de uno tenía suficiente; no me hacía falta añadir a esa loca.
Vi que Cayden abría la boca para discutir con ellos, pero lo fulminé con la mirada. Protestó por lo bajo y volvió a preparar sus armas, mientras seguía diciendo por lo bajo todos los insultos en italiano que sabía.
—Eres consciente de que te entiendo, ¿verdad?
«Se acabó. Estoy harto».
—¿Alguna vez te callas? —pregunté irritado.
—Sí, pero dudo que quieras saber cómo.
Hayden se rio por detrás y yo tensé la mandíbula.
La situación no era la mejor. Nosotros éramos cinco, ellos más de cincuenta; no teníamos plan y, para colmo, contaba con un demente sin miedo, un loco que solo quería matar y una desquiciada impredecible.
Suerte que había podido darle esquinazo a Katrina y dejarla segura en la mansión, o eso pensaba…
La puerta de la furgoneta se abrió; no me dio tiempo a terminar de girarme cuando un puño ya estaba impactando en mi rostro. El cuello volvió a girar hacia el otro lado y un pequeño hilo de sangre bajó por la comisura de mi labio.
—Vuelve a dejarme atrás y te juro que te mato, Rayden.
Katrina estaba furiosa. Sexy, pero furiosa.
—Es peligroso —me defendí.
—Oh, ¿de verdad? Bueno, de ser así, mejor regreso a casa —comentó con una dulzura intachable y se dio la vuelta para bajarse del vehículo—. Ah, no. Espera. Es verdad. ¡Sí soy una puta asesina!
Neith no soportó más la situación y estalló en carcajadas. Hayden la siguió e incluso Cayden se esforzó por ocultar su risa.
Katrina se volteó y los fulminó con la mirada.
—A nosotros no nos mires así, le dijimos que esto estaba mal —se defendió Hayden levantando las manos.
—Y yo fui la que te dio nuestro paradero.
—¡¿Fuiste tú?! —rugí.
—Pues claro. Y ha valido cada segundo que tardé en escribir ese mensaje —respondió antes de echarse a reír otra vez.
Volví a apretarme el puente de la nariz. Era oficial, no podía con ellos.
—Nos devolvemos, ya intentaremos entrar otro día —anuncié.
—¿Qué? No podemos hacer eso. Si Tristan lo consigue antes que nosotros, perderemos la única pista —protestó Hayden.
—No tenemos un plan y no pienso arriesgar la vida de Katrina.
—¿Un plan? ¿Llevamos tanto tiempo aquí esperando porque estabas pensando en un plan para entrar? —interrogó Neith.
—¿Por qué creías que lo hacíamos? —preguntó Hayden.
—No sé —respondió encogiéndose de hombros—. Pensé que teníais que mentalizaros o algo así. Yo, por mi parte, estaba esperando la entrada de Katrina, que, por cierto, fue buenísima —le dijo levantando el pulgar hacia ella.
—Es un casino clandestino propiedad de Marik.
Hay una sola entrada custodiada; dentro he podido contar a más de cincuenta hombres, sin tener en cuenta los otros diez que vigilan el pasillo hacia el sótano, donde creemos que está Oliver con otros dos, y eso solo por lo que vimos en las cámaras térmicas.
—¿Y?
—¿Cómo que y? —inquirí rabioso—. ¿Me has escuchado? Nos superan en número por una gran diferencia, sin mencionar que ya sabrán lo de su jefe y estarán bastante cabreados.
Neith puso los ojos en blanco y me ignoró, pasando la mirada a Katrina.
—¿Has traído la bolsa?
—Siempre lo hago.
—Bien, entonces no hay nada más que hablar. Andando.
—¿Vamos a entrar? —preguntó Hayden con asombro.
—Pues claro.
—¿Por dónde?
—Por la puerta —respondió ella con una sonrisa encantadora.
Katrina y Hayden no se lo pensaron dos veces y salieron del coche junto a ella. Cayden y yo nos observamos, resignados a nuestro destino. Nos gustase o no, íbamos a entrar. No pensábamos dejar a esos dos bajo las locuras de Neith.
Cogí varios chalecos antibalas, salí del vehículo, me puse uno y repartí el resto. Neith alzó una ceja cuando se lo tendí, pero esta vez fui yo quien la ignoró y golpeó su pecho con él.
—Eres la mujer del Don, no pienso arriesgarme a que te pase algo y cargar yo con las consecuencias.
Puso los ojos en blanco; pero aun así se lo colocó. Cayden se encargó de ponerle el suyo a Katrina justo cuando ella volvía con una bolsa de lona negra.
—¿Qué es eso? —preguntó Hayden.
—Lo mínimo que hay que llevar cuando sales a jugar con Neith.
No dio más explicaciones, pasó por mi lado sin mirarme y llegó hasta su amiga.
—¿Lista? —le preguntó.
—Siempre.
Sin más, ambas caminaron juntas en dirección a la entrada.