Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO EXTRA
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CAPÍTULO EXTRA

Katrina

Era la segunda vez que la traía. La segunda vez que visitaba nuestra casa y el mundo desaparecía.

Smert se había convertido en la peor pesadilla de muchos, incluido mi padre. Estaba rabioso porque no la podía controlar, ya que ella era un alma libre que hacía y deshacía a su antojo y Mikhail se negaba a ponerle reglas, a atarla como nos hacía a los demás.

Los gritos de mi padre llegaban al pasillo; su ira se podía sentir a kilómetros de distancia. Solo había una persona capaz de sofocarlo y en ese momento se encontraba durmiendo por la medicación.

Me mantuve en el pasillo, a la espera de ser llamada para aplacar el incendio como de costumbre, esforzándome por evitar que ese enfado llegara a mi madre o hermana. A que esa frustración tuviese unas víctimas que no debería.

Unos pasos se aproximaron. No me hizo falta darme la vuelta para saber quién era. Su aura fría y con hedor a muerte la delataba.

Decidí ignorarla. Cerré los ojos e hice como si no estuviera. Aunque me fue imposible, porque de repente, una bola de pelo negra, pesada, cayó en mis brazos.

Abrí los párpados de golpe y me quedé mirando al pequeño animal que se movía en mi regazo. Unos orbes, tan azules como los míos, me miraron con curiosidad.

—Tiene hambre, dale de comer.

Sus palabras me sacaron de mi letargo. La miré, pero solo alcancé a ver cómo se alejaba en dirección a la puerta cerrada.

—No puedes entrar ahí —dije con prisas.

—Puf. Tonterías.

No me hizo ni caso. Cogió el pomo y abrió sin molestarse en llamar, sin importarle estar interrumpiendo una conversación importante. Una discusión causada por ella misma.

La bola de pelo volvió a moverse, esta vez clavando sus pequeñas, pero afiladas garras en el brazo.

—¡Espera! —dije consiguiendo que se detuviera.

—¿Qué se supone que le tengo que dar de comer?

—Es una cría, lo más probable es que tome biberón.

—¿Y de dónde narices quieres que saque yo eso?

—Ese ya es tu problema, no el mío.

Sin más, cerró la puerta y me dejó fuera con el animal que ella misma había traído. Apreté la mandíbula, furiosa por su desfachatez y rabiosa por entrar y lanzarle esta cosa a la cara para que se ocupara ella misma.

Sin embargo, al volver a ver al animal que me miraba con los ojos grandes y esperanzados, me rendí. La insulté internamente y me dirigí con ella hacia la cocina, en busca de algo que poder darle.

Al entrar, cerré la puerta y la dejé en el suelo de la cocina antes de dirigirme a la despensa. Para mi sorpresa, me siguió. Caminó con torpeza detrás de mí, como si el hecho de que nos separamos fuera inconcebible para ella.

Busqué durante un buen rato, pero logré encontrar los antiguos biberones de Valery. A mi madre le gustaba guardar esas cosas. Decía que cuando creciéramos, esos pequeños objetos serían sus recuerdos más preciados.

Esperaba que no le importara que los usara en esta ocasión y, si así fuese, le echaría la culpa a Smert.

Me llevó un rato y varios tutoriales, pero al final conseguí prepararle su leche. Ella se colgó del biberón como si le fuese la vida en ello, mientras yo aprovechaba para examinarla.

Mi intuición era acertada, era una chica. Su pelaje era negro como la noche y suave como un peluche. Sus patas eran grandes y pesadas, con pequeñas garras como agujas. Sus dientes aún eran de leche, aunque, según lo que había visto en los videos, serían enormes y letales.

La pantera terminó de tomar su cuarto bote de leche y se puso a jugar con su propia cola. Rodaba a mi alrededor como si fuese un gato doméstico, lanzándome un zarpazo tras otro.

Lo que más me sorprendía era su habilidad para no hacerme daño. Aunque decidiera morderme, lo hacía con un cuidado extraordinario.

Al final terminé cediendo ante su ternura y olvidándome de todo lo que me rodeaba. El enfado de mi padre, el cabreo con Smert por tomarme de niñera de su animal. Todo había dejado de existir durante el tiempo que pasamos juntas.

En un instante la puerta se abrió y mi alocada hermana entró con su tutú rosa y el moño medio caído.

—¡¿Qué es eso?! —chilló, consiguiendo que la pantera le rugiera de la forma más dulce y graciosa.

—Es la mascota de Smert. Me dijo que la alimentara.

—Pues si es de Smert, se va sin ella.

—¿Qué?

—Mikhail y ella están saliendo por la puerta ahora mismo. Tu padrino pidió que me despidiera de ti en su nombre.

Cogí a la pantera en brazos y salí a toda prisa. Corrí lo más rápido que pude hasta alcanzarlos cuando se subían al coche.

—¡Espera! —chillé.

Mikhail y su asesina se detuvieron y me observaron.

—Te olvidas de tu mascota —dije con el corazón acelerado por la carrera.

—¿Quién dijo que fuese mía?

Sus palabras me dejaron petrificada, sin saber cómo narices responderle, ya que era verdad. En ningún momento dijo que fuese suya.

—¿Entonces qué hago con ella?

—Puedes quedártela o comértela. Lo que prefieras.

Fruncí el ceño e instintivamente apreté al animal contra mi pecho. Ella sonrió de lado y se subió al coche sin mirar atrás. Mikhail me miró con cariño e hizo lo mismo que su asesina.

—Sabes, creo que Ubiytsa sería un buen nombre —comentó Neith bajando la ventanilla.

—¡¿Qué has dicho?! Ni se te ocurra. ¡Ven aquí y llévate a esta cosa! —gritó mi padre.

Smert lo ignoró por completo y volvió a subir el cristal del coche, quedando oculta de miradas. La cara de mi padre estaba roja por la furia. Se volteó a verme y luego clavó la mirada en mi padrino.

—Mikhail…

—Hasta la próxima, Ramsel.

Sin molestarse en escuchar los berridos de mi padre, ambos salieron de la propiedad sin mirar atrás. Dejándolo a él colérico y a mí con una nueva compañera.