Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 47
87%

CAPÍTULO 47

Katrina

La mañana se sentía rara, vacía como nunca lo había estado. La casa, esa misma donde me había criado, se percibía cambiada, diferente a la última vez que estuve allí.

Salí al pasillo y mis ojos viajaron a la puerta contigua.

Esa donde se debería haber escuchado música y gritos que se hacían pasar por cantos.

Caminé por inercia y la abrí. En vez de encontrar a mi hermana saltando y utilizando el peine como micrófono, la hallé deshabitada.

Silenciosa ante el caos que estaba acostumbrada a soportar.

Cerré con cuidado, permitiendo que mis nudillos se pusieran blancos alrededor del pestillo.

Cogí aire y me dirigí en dirección contraria, en busca de la única persona con la que tenía una conversación pendiente.

Sabía dónde estaba; era una persona de costumbres y dudaba que los nuevos cambios hubiesen alterado eso.

Quería ir más temprano, pero no me lo permitieron, ya que, según ellos, estaba demasiado estresada y necesitaba relajarme. Su sesión de relajación no acabó ni en la ducha; prácticamente tuve que huir de esa habitación.

Me paré delante de las pesadas puertas de madera. Esas que antes parecían mi inevitable destino, mi futura prisión, y que no eran más que eso. Madera.

No llamé, me adentré sin pedir permiso ni preocuparme de una posible reprimenda.

Mi padre se hallaba detrás de su escritorio, con Mikhail, Gabriele y Neith sentados delante de él. El primero y la última sonrieron al verme. Ella con su típica picardía.

—Por fin has dejado esos estúpidos modales de lado —soltó.

—Será que se me pegan tus costumbres.

—Pues ya era hora —contestó poniendo los ojos en blanco.

Me reí por lo bajo y negué con la cabeza. Siempre tenía que tener la última palabra. Daba igual lo que dijera, ella tenía una respuesta.

—¿Os importa dejarnos a solas? —habló mi padre, cortando nuestra conversación.

Mikhail y Gabriele se levantaron; incluso Neith lo hizo sin protestar, pero no se fue sin guiñarme un ojo. Que en su idioma significaba: «Dale caña».

Una vez nos quedamos solos, señaló el sofá frente a su escritorio, invitándome a tomar asiento. No le hice caso, me mantuve de pie a una distancia prudente, una que me diera la oportunidad de marcharme si era necesario. De no sucumbir a mi enfado y hacer algo de lo que luego me arrepentiría.

—¿Lo sabías?

Fue todo lo que pregunté. Ambos teníamos claro a qué me refería.

Había leído con detalle el informe de Neith; aun así, necesitaba escucharlo de sus propios labios, que fuera él quien me lo dijera.

Mi padre, el gran cazador, parecía agotado. Suspiró y se incorporó. Caminó hasta quedarse a unos pocos centímetros de distancia y, con sus ojos clavados en los míos, abrió los labios.

—No.

Esa palabra, compuesta de dos letras, despojó un peso inmenso, haciendo que mis hombros cayeran, que mi pecho se descomprimiera y mi agotamiento se hiciera visible.

Él se aproximó con cuidado, como quien intentaba no ahuyentar a un animal herido, cansado, perdido. Me rodeó con sus brazos. Al principio no respondí, no sabía cómo hacerlo después de tanto tiempo sin recibir este gesto de su parte.

—Jamás lo habría permitido, Katrina. Cuando Neith me dio hoy el informe, quedé petrificado. No puedo entender cómo no me di cuenta. Como no vi lo que les hacían. Yo entrené a esos muchachos, estuve años con ellos y, sin embargo, no me paré a ver más allá.

No me preocupé como debía, no me molesté en conocerlos de verdad. De haber visto alguna de las cicatrices, de haberme involucrado más en lo que hacían tu abuelo y Carlson, podría haberlos detenido. Podría haber impedido que le siguieran haciendo esas atrocidades.

No me contuve más, rodeé su cintura y hundí la cara en su pecho. Mis hombros comenzaron a temblar y el llanto me invadió. No lo retuve, dejé que saliera sin importarme nada ni nadie.

Él no habló más, solo se limitó a consolarme como lo haría un padre. Como lo debería haber hecho hace muchos años.

—¿Cómo pudiste no darte cuenta? —interrogué entre sollozos—. Los mutilaron durante años, papá.

Su pecho se llenó y vació a la vez que me rodeaba con más fuerza.

—No tengo excusa, Katrina —respondió con pesar—.

En aquellos años, si bien yo estaba sentado en ese asiento, me apoyaba mucho en mi padre.

Permitía que él dirigiera gran parte de la organización, ya que yo debía estar con los encargos del padre de Marik y, a mayores, tu madre pasaba por su depresión.

»Me encontraba superado. Desbordado por tener a dos niñas que no tenía ni idea de cómo cuidar, una mafia a la que complacer y una organización que dirigir.

Pensé que hacía lo correcto, que el aceptar su ayuda me permitía estar más con ustedes, pero me equivoqué y permití, aunque fuera de forma inconsciente, que mutilaran y torturaran a tres niños.

Te garantizo que será algo con lo que cargaré el resto de mi vida.

—Vale, tampoco hace falta ser tan dramáticos.

La voz de Rayden hizo que nos separáramos. Él y Cayden se encontraban en el umbral de la puerta, mirándonos con cara de póker. Me separé de mi padre y limpié las pocas lágrimas que aún caían.

Cayden fue el primero en aproximarse, ayudándome a secar las mejillas.

—Debería matarlo por hacerte llorar —susurró, acariciándome como si yo fuera de cristal o me fuera a evaporar por tocarme.

Mi padre bufó y volvió a su asiento, volviendo a adoptar su papel de líder.

—¿Es que acaso no sabéis llamar?

—Si no nos molestábamos en hacerlo antes, menos ahora que te han quitado el puesto —respondió Rayden.

—Como puedes observar, vuelvo a estar dentro —dijo con la mandíbula tensa.

—¿Y eso es gracias a quién?

Eran incapaces de ceder. Ambos mirándose fijamente, buscando que el otro bajara la mirada y se rindiera, pero los conocía a los dos y eso no iba a suceder.

—¿A qué habéis venido? —inquirió mi padre, extenuado de la situación.

—Hayden está buscando el paradero de Oliver y también los últimos registros de Valery, pero necesitamos conocer toda la historia. No podemos buscar cuando nos faltan piezas del puzle.

—Vuestra labor es buscar su paradero. No os hace falta conocer la historia familiar.

—Sí, si eso involucra a Cillian. Si fue él quien envió a Tristan, debemos saber por qué.

—¡No! —exclamó mi padre y dio un golpe en la mesa—. Ese asunto es personal de mi esposa y de mi familia; no pienso permitir que hurgues en sus heridas.

—Papá, Rayden tiene razón. No podemos buscar si no sabemos todo el contexto. Además, mamá ya nos dijo que Cillian es el padre biológico de Valery.

Su rostro se transformó, la ira invadió su mirada y sus fosas nasales se dilataron.

—El padre de Valery soy yo.

Abrí la boca para responder, para hacerlo entrar en razón, pero una voz me detuvo.

—Bueno, parece que llego en el momento justo.

Mi madre apareció atrás de Rayden con una bandeja y cuatro tazas de café. Este se la retiró de las manos y le dio paso. Mi madre caminó con paso firme hasta ponerse al lado de mi padre y este se incorporó, rodeó su cintura con un brazo y acarició su mejilla.

—Kamilia, no tienes que decir nada.

—Ellos tienen razón, Ramsel, necesitan la información.

—Podemos esperar a que te sientas más cómoda o puedas contársela a Katrina, a solas, si así lo deseas —comentó Rayden mientras dejaba la bandeja sobre el escritorio.

—No, está bien. Ahora sois parte de la familia y lo normal es que lo sepáis.

Mi padre suspiró resignado y tomó asiento, llevándose a mi madre a sus piernas, donde la abrazó con fuerza, como si quisiera darle ya ese consuelo que iba a necesitar.

Cayden, quizás por instinto, hizo lo mismo conmigo. Me acomodó en su regazo e hizo que me hundiera en su cuerpo, utilizando su calor como escudo.

—¿Recuerdas que cuando eras pequeña te conté que conocí a tu padre mientras trabajaba de camarera en un bar?

—Sí, en el mismo donde Gabriele conoció a su esposa.

—Así es. Lo que no te dije fue que ese bar era propiedad de la familia de Cillian. Era él quien lo dirigía y… —Se interrumpió para coger aire—. No tenía una relación solo con tu padre. Mi relación era con ambos.

—¡¿Qué?! —chillé fuera de mí—. Pero… no tiene sentido. Valery nació de…

Dudé, mis palabras se detuvieron al ver que Rayden y Cayden me miraban.

—De una violación —terminó mi madre por mí—. Puedes decirlo en voz alta.

—Lo siento, pero no lo comprendo. Si tenías una relación con ambos, ¿cómo pudo Cillian hacer eso? —interrogó Rayden.

—Porque cuando eso sucedió, yo ya no estaba con Cillian. La relación comenzó bien, parecía que iba a durar, pero Cillian tenía unos hábitos que terminaron alejándome de él, y cuando cometió un acto atroz, tuve que tomar una decisión y así lo hice. Elegí a Ramsel.

—Así que cortaste con Cillian —susurré.

—Exacto. El problema fue que él no se lo tomó bien. Primero enloqueció, acusó a tu padre de traicionarlo y cortó toda relación con él. Después, al ver que Mikhail y Gabriele nos apoyaban, les declaró la guerra. Solo se quedó con Marik de su lado.

—¿Pero Cillian no tenía mujer y dos hijos? —preguntó Cayden.

—Sí. Cillian dejó a una chica embarazada y sus padres lo obligaron a casarse con ella; después tuvieron a la niña.

—No quiero escarbar en tu herida, mamá, pero no lo comprendo. Si Cillian ya se había separado de todos y tenía su familia, ¿qué fue lo que sucedió?

Mi madre suspiró y se dejó caer contra mi padre.

—No tengo ni idea, cariño. Creo que el hecho de que su hijo muriera lo afectó, aunque también pienso que la culpa fue de esa dichosa gala.

—¿Qué gala? —indagó Rayden.

—Antes se llevaba a cabo una gala en la cual se juntaban todos los jefes de la mafia; el consejo y el líder de la organización. Fue antes de que su hijo muriera. Tú eras una niña aún, pero tu padre y yo te llevamos, exponiendo a nuestra pequeña princesa a todo el mundo.

»Todo iba bien hasta que Cillian se emborrachó y montó un número; dijo que esa debería ser su hija e incluso intentó arrebatarte de mis brazos.

Tu padre se peleó con él, pero comparado con un jefe de la mafia, no era mucho.

Cillian contaba con un respaldo que él no.

Menos mal que Mikhail y Gabriele intervinieron y lo apoyaron; de no ser así, de seguro lo hubiesen ejecutado.

»A la semana me secuestró. Me mantuvo prisionera durante dos meses y cuando regresé ya estaba embarazada de Valery.

Recordaba el secuestro y esa temporada de penumbra, de no tener a mi madre, de mi padre buscando desesperado, de mis sollozos por las noches hasta quedarme dormida.

Luego regresó, y aunque se esforzó por seguir siendo la misma, nunca lo fue.

La pena, las pesadillas y el sentimiento de culpa terminaron ahogando su luz durante muchos años. Incluso mucho después de nacer Valery.

—Mamá, yo…

No sabía qué decir para responder ante tal verdad. Nuestros ojos se cruzaron y entendí sus palabras; la promesa que me hizo cumplirle. Asentí con determinación y ella lo entendió.

Tenía miedo de que me ocurriera lo mismo, que nuestra relación se fuera a pique como la suya y terminara sufriendo su destino.

No lo dije en voz alta, pero no iba a permitirlo. Antes me arrancaría mi propio corazón y se lo enviaría en una urna de cristal.