Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

Rayden

Lo sabía. Todos lo hacíamos, aunque no habíamos conseguido pruebas.

El que Neith sí lo hiciera me dividió por dentro, sin saber bien cómo reaccionar.

Por un lado, estaba cabreado, frustrado porque ella lograra algo que nosotros no.

Sin embargo, por otra parte me sentía agradecido.

Podría haberse quedado esa información para ella, pero había decidido compartirla.

Sobre todo, había tomado la decisión de no matarlo y dejarlo para nosotros.

En completo silencio nos acercamos hasta donde él se encontraba. Sus ojos seguían petrificados en la bestia encima de él.

Hayden le dio una palmada a Ubiytsa en el lomo y ella se apartó. Por los ojos de Carlson pasó un destello de alivio, hasta que nos vio. Cuando los tres nos alzamos sobre él, su mirada reflejó más temor del que tenía con la bestia.

Sonreí complacido. Así era como lo queríamos ver.

—Ven aquí, rata —dijo Cayden antes de cogerlo por la pechera y golpear su espalda contra el árbol más cercano.

—Puedo ayudaros. Os diré lo que queráis.

—No nos interesa —exclamé con la mandíbula tensa.

—Espera. Quizás sea bueno saber el porqué. ¿Por qué nosotros? —interrumpió Hayden.

Lo observé. Entendía su afán por conseguir todas las respuestas. Por callar ese cerebro prodigioso suyo, pero Cayden y yo no teníamos ese problema. Nos daba igual la razón por la cual habíamos acabado aquí, por la que nos habían hecho esto.

—Él nunca te dirá la verdad, Hayden. Solo te mareará hasta quedar satisfecho —comentó Katrina desde la distancia.

Hayden la observó. Ella estaba ahí de pie, con su fiel mascota tumbada a su lado. Le dedicó una sonrisa de consolación y Hayden suspiró resignado. En el fondo sabía que ella tenía razón; Carlson jamás le diría la verdad.

—No le creas. Puedo decirte lo que quieres. Si prometes dejarme marchar e ir a por Oliver, te diré por qué Roderik te escogió.

Sus palabras lo hicieron dudar. Apoyé la mano en su hombro e hice que me mirara.

Cuando sus ojos se conectaron con los míos, negué con la cabeza.

Hayden miró a Cayden, que asintió en respuesta.

Nuestro hermano cerró los ojos, cogió aire y, cuando los volvió a abrir, se veía más decidido, determinado.

Sacó su navaja de la espalda y la enterró en la herida de la pierna de Carlson. Este gritó y levantó las manos para detenerlo, pero Cayden estaba ahí para impedirlo. Con rapidez cogió sus manos en una de las suyas y las puso por encima de su cabeza.

Hayden, al ver que ya no iba a tener nada que lo detuviera, arrastró el filo hacia arriba, abriendo la piel por la mitad. Se agachó e hizo el mismo corte en la parte inferior de la pierna.

No le valió con hacer solo un corte; se encargó de abrirlo hasta dejar al descubierto fémur y tibia. Una vez acabó con esa pierna, pasó a la otra, en la que hizo exactamente lo mismo.

Los gritos de Carlson rompían la noche. Cualquiera optaría por taparse los oídos, ya que sus aullidos eran desmesurados. Sin embargo, para nosotros eran como el elixir más apetecible. Uno que solo era superado por los gemidos de nuestra diosa.

Hayden se detuvo cuando vio que estaba todo como deseaba. Carlson tenía cuatro incisiones, lo suficientemente grandes para poder manipular sus huesos.

—¿Lo sientes? Esto fue por lo que tuve que pasar, porque no cumplía la altura que vosotros queríais —dijo Hayden con rabia.

Luego se apartó y le cedió el arma a Cayden. Este soltó a su presa, la cual se derrumbó en la espesura de las hojas caídas de los árboles. Afianzó el mango hasta que sus nudillos se volvieron blancos y se aproximó a él lleno de cólera.

Llevo el filo hasta detrás de sus orejas y comenzó a cortar con lentitud. Primero una, luego otra. Después pasó al mentón y acabó en los pómulos.

—A mí me cortaron la mitad de la cara porque, por lo visto, me veía demasiado rudo —susurró cerca de su rostro.

Al acabar, se puso de pie y me dio el cuchillo a mí. Lo agarré con seguridad, con la ira casi nublando mi juicio. Me puse de cuclillas delante de él; Carlson se esforzaba por abrir los ojos, por mirarme, por mantener su fachada desafiante y ególatra.

Bajé el filo por su pecho, rompiendo la poca tela que quedaba sana de su camisa y deteniéndome en los pectorales. Empujé la punta hasta que la sangre emanó, hasta que cada vez se enterró más, hasta que se apreciaba más el rojo carmesí que el plateado del metal.

—A mí me cortaron los bíceps. Me rehicieron el pecho porque decían que no ganaba la masa muscular necesaria. Ni siquiera me dieron oportunidad de intentarlo, solo me llevaron y me abrieron como una rana en un laboratorio —conté a la vez que hacía las mismas incisiones que me habían hecho.

Después de eso subí hasta su rostro, hasta la zona que más me había dolido, que me había cambiado por completo.

Años atrás, Cayden y Hayden tenían un aire, se parecían en ciertos aspectos. Yo era el más distinto de los tres, el que, según Roderik, necesitó más trabajo facial.

Apoyé la esquina de la daga en su frente, en el crecimiento de su cabello, y empecé a descender.

Carlson intentó taparse, interrumpirme mientras hacía mi labor, pero Cayden y Hayden lo sostuvieron, cogiendo sus brazos y estirándolo, convirtiendo a mi presa en un muñeco de trapo.

Me aparté para observar lo que habíamos conseguido.

Era un mar de color rojo, casi no se veía su arrugada e impoluta piel, lleno de heridas y aberturas, muchas cubiertas por la tierra, el barro y los insectos, pero faltaba algo. El detalle más importante, lo que nos habían quitado a los tres.

—Sujetadlo bien.

No dudaron de mis palabras, no me preguntaron qué tenía pensado hacer. Hayden sujetó sus manos, Cayden sus piernas y yo puse mis rodillas en su pecho malherido.

—Esto te va a doler. Igual que nos dolió a nosotros.

Empujé el arma hasta que solo quedó el mango sobre su piel. Llegar a donde quería me resultaba laborioso, ya que esta no era la manera más idónea; pero no tenía otra.

Miré a mi espalda, más allá de Cayden. Mi reina seguía en el mismo lugar que antes, aguardando por nosotros, observando nuestra venganza. Pero cuando sus océanos se cruzaron conmigo, una expresión de entendimiento la invadió.

Chasqueó los dedos e hizo que su gato se levantara, bostezando y estirándose, clavando esas garras tan afiladas y letales en la tierra. Luego siguió a Katrina, que se acercó con paso decidido, hasta quedar junto a mí.

—Sé que me voy a arrepentir de enseñarle esto —comentó con gracia y cogió mi mano, llevándome con ella y apartándome de Carlson.

Hayden sonrió feliz, como muy pocas veces era. Sabía lo que iba a pasar, a lo que se refería Katrina.

—Ubiytsa, srdce.

Solo nombrando la palabra «corazón» en checo, la bestia hundió sus garras donde antes yo intentaba cortar, y empezó a arañar frenéticamente.

Se mantenía sostenida en sus dos patas traseras, con las delanteras arrancando una tira de piel tras otra. Cachos de carne y músculo volaban por debajo de ella, bajo la atenta mirada de todos, bajo los ojos iluminados de Hayden.

Acometió una y otra vez hasta llegar al esternón. Cuando Carlson ya convulsionaba por el dolor y la pérdida de sangre, Ubiytsa enterró sus dientes. Los huesos crujieron por la fuerza de su mordida, cediendo y astillando. Dejando un hueco perfecto, con el órgano que buscaba al alcance.

La bestia escupió a un lado lo que acababa de sacar, como si para ella no fuera más que un palillo, una rama molesta que la interrumpía.

Luego, con un gruñido tenue pero mortífero, metió el hocico y se llevó con ella el corazón desbocado de Carlson, ese que unos instantes atrás se esforzaba por bombear sangre suficiente para seguir con vida.

Cayden y Hayden se incorporaron y se unieron a nosotros. Viendo cómo Ubiytsa cargaba el corazón en sus fauces y se sentaba, con él goteando carmesí y manchando su pelaje. Se mantuvo con la mirada puesta en Katrina, a la espera de su nueva orden. Ella sonrió con ternura e hizo un gesto hacia mí.

Ubiytsa dio dos pasos y depositó con cuidado su captura en mis pies.

Lo observé. Primero el corazón, luego a la bestia. Me agaché y cogí lo que me daba, no sin antes darle una palmada en su cabeza como recompensa. Después, me giré, clavé una rodilla en el suelo y estiré los brazos hacia nuestra diosa.

Cayden y Hayden no tardaron en ponerse a mis costados e imitar mi postura. Katrina se quedó con los ojos muy abiertos de la sorpresa y sin saber qué decir, aunque no hacía falta. Ella no tenía que decir nada.

—Esto es para ti. Es la prueba de nuestra devoción, lealtad y amor.

Nuestro compromiso hacia lo que tenemos, hacia esta relación que moriremos protegiendo.

Hace años, estos desgraciados nos apartaron de tu lado; creyeron arrancarte de nuestro corazón, rompieron el tuyo.

Hoy te damos este como compensación y juramos entregarte el de cada enemigo que intente volver a hacerte daño.

Katrina, con las manos temblando, aceptó lo que le dábamos. Ahí fue cuando levanté la mirada y la vi llorando. Se llevó el corazón contra el pecho, sin importarle mancharse, y lo sujetó como si fuera su mayor tesoro.

—Prometo atesorarlo de por vida.

Sonreímos y la rodeamos con nuestros brazos, cubriéndola con nuestros cuerpos, convirtiéndonos en sus muros. Sustituyendo los que tenía antes por otros nuevos, por nosotros. Consiguiendo lo que me había propuesto, lo que hace tantos años deberíamos haber conseguido.

Una bola de pelo, pesada y con una fuerza abismal, se frotó contra nosotros, ronroneando como un puñetero gato doméstico.

Hayden se apartó y saltó junto a ella, acariciándola y felicitándola por tan buen trabajo.

—Como recompensa puedes llevarte la parte que quieras —le dijo con alegría.

Ubiytsa no tardó en escoger una pierna. Katrina se rio, divertida con la situación. Aún sosteniendo nuestro regalo y recostada sobre Cayden.

—Bueno, ¿ahora a por Oliver? —pregunté.

—No, ya ha sido suficiente por hoy. Además, no irá muy lejos y le debo a Neith una noche de diversión por darme ese informe.

No discutí y me limité a asentir. Si eso era lo que ella quería, así se haría.

Habiendo terminado nuestra cacería, pusimos rumbo hacia la mansión. Con Katrina atesorando su regalo, Cayden y yo resguardando sus flancos y Hayden jugando a lanzar la pierna a Ubiytsa.