CAPÍTULO 45
Katrina
—Empecemos. No quiero estar aquí toda la noche —dije
con impaciencia.
Hayden se separó de Oliver, que sangraba en los mismos puntos que Carlson, y volvió a mi lado.
Cayden y Rayden pusieron de pie a los prisioneros, sacaron sus armas, las amartillaron y apuntaron cada uno a una cabeza.
—El tiempo comienza ya —anuncié sacando el móvil de Hayden de su bolsillo para ver la hora.
Ambos se miraron. Por una fracción de segundo dudaron, creyendo tener alguna absurda y ridícula esperanza de vida. Ese pensamiento se esfumó cuando Ubiytsa gruñó con fuerza.
Carlson y Oliver empezaron a arrastrarse como podían. A correr entre tropezones, esforzándose por ser quien ganara la partida, pero había un detalle que no les había contado. Uno que me guardaba para mí.
Ninguno saldría con vida.
La rabia y sed de venganza que sentía hacia Oliver era demasiado grande como para perdonar su patética existencia y Carlson nunca me diría lo que quería saber. Daba igual cuánto lo torturara; el viejo prefería morir mintiendo y engañando que dándonos lo que deseábamos.
Encontraría a mi hermana, lo tenía claro. Esa era la razón por la que la había traído a ella. No existía nadie mejor para conseguir información que Neith, y si a eso le sumábamos la inteligencia de Hayden y su destreza en el hackeo , no teníamos posibilidad de perder.
Observé cómo los segundos pasaban. El tiempo se había ralentizado, convirtiendo un minuto en una hora, haciendo eterna la espera. Una que llevaba ya muchos años aguardando, deseando y soñando.
El número en la pantalla cambió.
No me hizo falta abrir la boca. Un toque, eso fue lo único que tuve que hacer. Un pequeño roce de mi mano sobre su pelaje, sobre el costado de su cuello para activarla.
Ubiytsa salió como un relámpago negro, camuflado por la oscuridad de la noche y la espesura que otorgaban los árboles.
Me puse en marcha con mis tres sombras rodeándome. Con esos tres protectores silenciosos, pero letales. Dos flanquearon mis lados; el otro se quedó a mi espalda. Se encargaban de ser mis escudos, de ser quienes recibieran el primer golpe para no dañarme.
Por primera vez en mi vida permití que alguien me cuidara, que se encargara de cargar el peso de mi mochila, de ayudarme y caminar a mi lado.
Ubiytsa se había alejado; ya no se veía. Se había infiltrado en la noche, siendo parte de ella, tanto o más que la misma oscuridad.
Sus pisadas no se oían, su enorme peso no hacía crujir las hojas del suelo.
Eso era algo que me fascinaba de ella. Era el silencio más hermoso, el sosiego más letal, la quietud antes de la tempestad, la calma antes de la tormenta.
Se había convertido en mi mejor amiga, mi confidente, mi consuelo en las noches de pesadillas, mi soporte cuando creía no poder más.
Había sido mi mayor regalo.
Al principio no entendí por qué Neith me la había llevado. ¿Por qué alguien como ella me haría un regalo a mí?. A una persona que solo había visto una vez. Aunque con el tiempo lo comprendí. Cuando mi padre me contó su historia, lo supe.
Neith no me había hecho un regalo. Me había entregado una compañera, alguien que me ayudara a no sentirme tan sola.
Ella, la diosa de la guerra, la misma muerte encarnada, con solo una mirada había comprendido mi soledad, mi dolor y frustración. Había sabido apreciar lo que otros nunca habían podido tan siquiera ver.
Y, dentro de toda su locura, se había sentido identificada.
Había visto parte de su reflejo en mí, así que decidió actuar.
Había optado por darme algo que ella nunca había tenido hasta conocer a Elisa.
También fue por lo que dejó a Carlson con vida, la razón por la que no se acercó a Oliver.
El porqué prometió no hacerles daño a ellos.
La razón por la que accedió sin decir una sola palabra cuando la fui a buscar.
Neith era mi amiga, mi hermana de otra sangre. Ella nunca admitiría tal cursilería, tampoco se lo pediría. Sin embargo, sus actos hablaban más que sus palabras. Venían haciéndolo desde hace años. Y fue en ese momento cuando lo pude ver con claridad.
Tenía los ojos abiertos a mucho más de lo que me obligaban a contemplar. Los veía a ellos, veía las acciones de ella. Veía lo que tenía a mi lado. Lo que moriría por conservar.
Sin decir una sola palabra y cada uno centrado en sus propios pensamientos, caminamos sin rumbo fijo, solo guiados por mis instintos. Por donde creía que estaría mi otra mitad.
Como era habitual, ese palpito nunca fallaba.
Pronto escuchamos gritos y su rugido gutural.
Seguimos en esa dirección y nos encontramos con Ubiytsa acorralando a Carlson.
El muy idiota tenía la mano llena de piedras y no paraba de arrojárselas.
Como si eso pudiera mantenerla alejada y fuera a rendirse.
Hayden se movió furioso, pero lo detuve con una mano. Él y Ubiytsa habían formado una relación estrecha. Extraña, pero estrecha. Razón por la que mi asesino se moría de ganas por descuartizar a Carlson.
Él me observó rabioso, preguntando con la mirada cómo me atrevía a detenerlo.
Me limité a reír por lo bajo y negar con la cabeza. No le di explicaciones. Simplemente dije dos palabras:
—Ubiytsa, vyděsit.
Al escucharme, su boca se abrió más de lo habitual.
Un ruido salió de ella, haciendo vibrar los árboles que la rodeaban.
Los animales a nuestro alrededor huyeron.
Ardillas, pájaros, búhos. Todos desaparecieron.
Carlson tropezó con sus propios pies, dejando caer las pequeñas piedras que se había molestado en juntar.
Ubiytsa solo se detuvo cuando vio a su presa petrificada por el pánico, y se abalanzó.
Saltó hacia él, impactando en su pecho y tumbándolo en el suelo.
Carlson levantó las manos sobre su cabeza, sin saber cómo reaccionar ni qué hacer.
Mi bestia se encontraba con sus dos patas sobre sus pectorales y sus afilados colmillos a un palmo de sus ojos.
Las gotas de baba caían sobre su rostro, obligándolo a cerrar los ojos.
Consiguiendo que el pavor recorriera cada poro de su piel.
—Tengo que apuntarme esa palabra —comentó Hayden con asombro.
Me reí otra vez. Ni loca le enseñaría todas las órdenes de Ubiytsa; eso sería como darle a un mono una escopeta cargada y lista para arrancar miembros.
Unos brazos fuertes me rodearon la cintura, atrayendo el calor a mi espalda. Coloqué mi mano sobre las suyas y me dejé absorber por su cuerpo.
—Pensé que iba a ir a por Oliver. ¿Deseas que vayamos nosotros a por él? —preguntó Rayden antes de dejar un beso en mi cuello.
Sonreí a la vez que levantaba la mano y acariciaba su mejilla.
—No hace falta. Dejemos que tenga un poco más de ventaja.
—Si eso es lo que quieres, así se hará.
—Sí, es lo que deseo. Me gusta dejar lo mejor para el final —comenté y giré el rostro para besarlo.
Rayden profundizó el beso. Recorrió cada rincón de mi boca antes de soltarme y apoyar su frente en la mía.
—Además, Carlson no es mi presa.
—¿No? —interrogó con el ceño fruncido.
—No. Él es vuestro. Os lo cedo.
Abrió los ojos sorprendido y se alejó un poco, lo suficiente para poder verme con claridad.
—¿Por qué?
—Porque él lo sabía. Él fue partícipe de lo que os pasó —respondí mientras apartaba su cabello, dejando al descubierto una pequeña cicatriz. Una de las tantas pruebas de lo que les habían hecho.
—¿De qué hablas? —interrumpió Cayden.
—Neith se acercó a mí cuando fui a por Ubiytsa y me tendió una carpeta. No me dijo nada, solo me la dio y se fue. En ella venía toda la información de vuestras operaciones. De todas y cada una de ellas. Médicos, centros, autorizaciones, pagos… todo está ahí.
»Mi abuelo fue quien firmó cada cirugía, pero los pagos los hizo Carlson.
Nadie más del consejo lo sabía; incluso lo mantuvieron oculto de mi padre y de Gabriele.
Ya visteis la sorpresa de este último al ver que erais tres y, aunque mi padre sí conocía ese dato, en el registro oficial consta que sois trillizos. No aparece nada de las intervenciones.
—¿Cómo…?
—No busques respuestas que nunca tendrás —interrumpí a Hayden—.
Estamos hablando de Neith. Es capaz de descubrir agua en el desierto más seco.
No dudes de que lo supiera y se hiciera la sorprendida solo para fastidiaros porque ella es así.
Con el tiempo aprenderás a no buscar una razón para lo que hace y simplemente aceptar lo que te da.
Los tres me observaron, luego compartieron una mirada y por último acabaron con los ojos puestos en la presa que estaba justo debajo de Ubiytsa.
En ese instante lo supe, cuando vi la forma en que lo miraban.
Carlson estaba petrificado por la bestia que tenía encima, sin ser consciente de que lo peor vendría de las otras tres bestias, a las cuales ni veía.