Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 44
81%

CAPÍTULO 44

Hayden

La oscuridad de la noche bañaba la entrada del bosque. La luna se alzaba en todo su esplendor, siendo tapada por los enormes árboles. El silencio se rompía con el cantar de los grillos y con los esfuerzos de los amordazados.

Bajé la mirada hasta ellos. Ambos se encontraban de rodillas, con manos atadas a la espalda y esparadrapos en la boca.

Carlson intentaba mantener su fachada estoica, aunque sabíamos que por dentro estaba muerto del miedo, siendo conocedor de su destino.

Oliver emitía pequeños espasmos de llanto mientras observaba, rogando, a sus tíos, los cuales lo ignoraban como si no existiera.

Mikhail se había retirado a sus aposentos, y Gabriele arrastraba a Neith a los suyos. Ella quería participar, pero el Don de la mafia se la colgó al hombro y se la llevó para, según él, limpiarla.

Cayden y Rayden estaban conmigo, justo detrás de las ratas amarradas. Todos la esperábamos a ella, a nuestra diosa, la cual nos dio instrucciones muy específicas de esperarla aquí, sin molestarse en contarnos lo que tenía planeado.

Carlson abandonó su fachada y abrió los ojos con espanto, mientras que Oliver temblaba como un flan. Me di la vuelta y me encontré con la imagen que atesoraría de por vida.

Katrina caminaba con paso firme. Iba vestida con un vestido de encaje negro y escote en «V».

Su piel quedaba a la vista, solo ocultando lo justo gracias a la ropa interior, y en su precioso cuello llevaba una gargantilla, la cual parecía más un collar para perros.

A su derecha venía su fiel compañera, gruñendo y enseñando los colmillos a los prisioneros.

Mis labios se estiraron en una enorme sonrisa. Sabía que mis socios estaban igual. Esa mujer era una diosa y era solo nuestra.

Las dos se detuvieron a unos pasos de distancia. Ubiytsa se sentó a sus pies y Katrina extendió la mano para acariciar su enorme cabeza. Aun siendo mimada, Ubiytsa no dejaba de gruñir. Por un segundo, el rostro de su dueña se arrugó, enseñando la misma expresión que su animal.

Me fijé en lo que observaban. Estaban estudiando a los hombres de rodillas, los que se acababan de orinar encima.

—Esto va a ir así. Necesitamos información sobre el paradero de mi hermana y sabemos que ambos la tenéis. Sin embargo, no nos hacéis falta los dos, por lo que vamos a jugar a un juego —anunció Katrina.

—Me encantan los juegos —interrumpí con diversión.

—Pues este te gustará más —contestó con una sonrisa—. Vamos a jugar al «pilla pilla». ¿Lo recuerdas, Oliver? De niño te divertías mucho jugando a eso conmigo.

Si bien sus palabras parecían cariñosas y sinceras, estaban cargadas de sarcasmo, dolor e ira.

Su primo comenzó a negar con la cabeza de forma frenética.

No quería imaginarme lo que ese cabrón le había hecho a mi diosa en esas ocasiones, pero mi cerebro me ganó la partida y varias imágenes vinieron a mi mente.

Las veces que Katrina llegaba magullada y decía que se había caído, que había tropezado.

Siempre se echaba la culpa a ella misma, diciendo que era una patosa.

Que los entrenamientos eran duros. Sin embargo, conociendo la verdad, podía deducir que no era así.

Que, si bien sus entrenamientos tenían que ser duros, Ramsel jamás habría permitido que se hiciera ese daño. Habría degollado al instructor.

Rayden y Cayden parecieron entender lo mismo que yo, porque sus puños se cerraron y sus mandíbulas se tensaron. Se morían por darle una paliza.

—Las normas son sencillas. Vais a correr por el bosque y Ubiytsa intentará daros caza. Os daré un minuto de ventaja, mucho más de lo que me daban a mí. Pasado ese plazo… Bueno, digamos que, si os pillan, vais a gritar.

No dijo nada más, solo hizo un gesto con la cabeza en dirección de Cayden y Rayden. Estos la entendieron. Se movieron y arrancaron de un tirón las mordazas y desamarraron sus manos.

—No es justo —susurró Carlson con cansancio.

—¿Ah, no? —cuestionó Katrina con una ceja levantada.

—No. Yo estoy herido y él no.

—¡¡¡Cállate!!! Prima, te diré lo que quieras; esto no es necesario.

—¡¡¡Eres un traidor!!!

—Me da igual lo que pienses, viejo. No pienso arriesgarme a que eso me atrape —replicó Oliver señalando a Ubiytsa.

Esta gruñó con mayor fuerza y se puso en cuatro patas, acercando la cabeza hasta el susodicho. Oliver tropezó con sus propios pies y cayó de culo, ocasionando que me entrara una risa estruendosa.

—¿Qué diversión tendría si te perdonara? —pregunté.

—Pero… os puedo decir todo. Os contaré quién se la llevó, dónde podéis encontrarla, todo.

Abrí la boca para explicarle que lo iba a hacer de todos modos, pero la voz de Katrina me interrumpió.

—Tiene razón.

Todas las miradas se voltearon hacia ella; incluso sus padres la observaban con asombro. Ellos más que nadie, sabían cuánto deseaba vengarse.

—Katrina, si es por mí…

—Él tiene ventaja —explicó Katrina cortando a su madre—. Lo justo es que ambos corran en las mismas circunstancias.

—¡¿Qué?! ¡¡¡No!!! —gritó Oliver.

Pero sus protestas fueron calladas con un gesto de la mano de su prima. Uno que hizo en mi dirección, el cual tenía un solo significado. Uno que no tardé en cumplir.

El tipejo me vio llegar, así que comenzó a retroceder de culo, pero chocó con Cayden, el cual lo cogió por el cabello y lo levantó unos milímetros del suelo. Sin demorarme más, saqué un cuchillo y se lo enterré en la pierna y luego en el hombro.

Sus gritos de agonía callaron a todos los animales de la noche. A todos menos a una, la misma que se relamió al ver a su presa. Por alguna razón desconocida, ella parecía tenerle las mismas ansias o más que su propia dueña.

Viendo eso, decidí aprovechar la oportunidad. Me puse de cuclillas frente a él y acerqué mi rostro a su oído.

—Sabes, está demostrado que los animales sienten el dolor de sus dueños.

Qué sienten cuando están felices, tristes o enfermos.

Cuando alguien es de fiar o no; cuando odian o aman a otra persona.

¿Qué crees que pensará Ubiytsa de ti? —le pregunté posando mis ojos en la bestia que rugió, afirmando mis palabras.

Oliver empezó a llorar. No sabía si por el dolor o por el miedo, pero me daba igual, porque el juego aún no había comenzado y sin embargo ya conocía el resultado.