CAPÍTULO 43
Katrina
La reunión se convirtió en un baño de sangre. Neith voló por encima de la mesa y se lanzó a por Carlson, enterrando el filo de su navaja en su hombro y luego en su muslo.
El resto de los presentes se incorporó con la intención de huir o atacar; no lo sabía, pero no iba a permitirlo.
Milko fue mi primer objetivo. Me vio acercarme e intentó defenderse, pero no era más que un trapo en mis manos.
Le di una patada en la parte posterior de la rodilla, consiguiendo que cayera doblado al suelo.
Me lanzó un puñetazo que esquivé con facilidad; cogí su brazo y con un golpe seco su hueso quedó partido y sobresaliendo hacia fuera.
Sus gritos no eran más que música para mis oídos; todos los de ellos lo eran.
Mis tres sombras, mis tres guerreros, se encontraban aniquilando al resto del consejo como si fueran pequeñas moscas en sus pies.
Los únicos que se mantuvieron al margen fueron los señores de la mafia y mi padre. Ellos se hicieron a un lado para observar lo que sucedía. Con las manos en los bolsillos y el rostro sereno, se dedicaron a escuchar los ruegos de aquellos que unos minutos atrás, dictaban sus destinos.
Neith no paraba de saltar de una víctima a otra, eliminándolos de manera rápida, directa y sencilla.
Con los labios estirados y una plenitud inmensa, cogí a Marik por la nuca y lo hice alzar la mirada para que observara la maravilla que ocurría ante nuestros ojos.
—¿A que es bonito?
—Esto no se quedará así, Katrina. Lo pagaréis.
—¿Sí? ¿Y quién va a detenernos? Porque tú no. Tú mueres hoy.
Cerró la boca y apretó la mandíbula. Le acaricié el mentón con el pulgar, queriendo recordar el tacto de su piel. Deseaba atesorar ese momento para siempre. Grabar cada sonido, cada sensación, cada pensamiento.
Con una de las sonrisas más grandes que podía tener, lo cogí por los costados de la cabeza y se la giré con fuerza.
El rostro de Marik quedó con los ojos abiertos y observando a la nada en una postura inhumana.
Dejé que su cuerpo se desplomara como un saco.
Cerré los párpados y llené mis pulmones, permitiendo que mis hombros cayeran a medida que el aire salía por mis orificios nasales.
Solté esa carga tan pesada que llevaba, la enorme roca que me había acompañado desde que había nacido.
Ese dichoso pacto sin sentido y más de un misterio que nunca me habían permitido comprobar.
Ya no había pacto. No había un tratado que mantener.
Era libre.
Era cien por ciento libre. Sin tener que preocuparme por un trono, sin tener que hacer caso a un líder que no quería, sin consejo al que escuchar, sin normas arcaicas que respetar.
Me giré con lentitud y mi mirada se posó en Oliver, el cual se encontraba con el rostro pálido y la espalda pegada a la pared, como si esta pudiera darle refugio.
Sonreí, porque no lo había y mucho menos para él.
Mis piernas se movieron solas antes de que mi cerebro procesara lo que estaba haciendo. Di primero un paso, luego otro, y otro y otro hasta quedar frente a él. Sus ojos quedaron prendidos con fijeza en los míos.
Por fin pude comprender lo que sentía Neith. Ese subidón de adrenalina que se experimentaba cuando veías tu propio reflejo bañado de pánico, desesperación y esperanza.
Hasta entonces, toda la gente que había matado no eran más que nombres en mi lista, que nunca me había molestado en recordar, pero este era distinto.
Pude sentir su presencia fría, antes de que la imagen de su reflejo bañado en carmesí quedara al lado de la mía.
—Lo más placentero es cuando lo aceptan. Cuando esa esperanza desaparece y no les queda más que resignación. Disfrútalo, amiga, es todo tuyo.
Dichas esas palabras, abrió mi mano y puso en ella uno de sus puñales. Mis ojos bajaron hasta él y luego a su rostro. Neith me sonreía de lado y, con un guiño de ojo, se apartó.
Mis dedos se cerraron sobre el arma. Vislumbré, entre fascinada y excitada, cómo las palabras de la diosa de la guerra se hacían realidad. Como esa pequeña brecha de esperanza se esfumaba, convirtiéndose en algo mucho más placentero.
Sin embargo, una sensación extraña me invadió. Algo parecido al aburrimiento. Sus muertes habían sido demasiado sencillas. Nada en comparación con lo que se merecían.
Y entonces, un recuerdo pasó por mi mente, uno que había transcurrido hace muchos años. Yo de rodillas, con la ropa manchada por el barro, los ojos hinchados y las mejillas bañadas en lágrimas. Oliver de pie sobre mí, con el cuerpo doblado y susurrando en mi oído: «Suplícame».
—Está vivo.
Las palabras de Gabriele me sacaron de mi ensoñación. Giré el rostro en esa dirección y pude ver cómo el Don de la mafia italiana sujetaba del cabello a Carlson, el cual estaba cubierto de sangre y con la mirada pálida.
Todos los ojos se posaron en la figura de Neith; ella nunca dejaba a nadie con vida, pero esta vez lo había hecho.
Ella se encontraba recostada en la pared, con las piernas cruzadas y jugando con otra de sus armas, utilizando el filo para limpiarse la sangre seca de debajo de las uñas. Sus ojos se alzaron con tal lentitud que provocaba escalofríos y una sonrisa ladeada se dibujó en sus labios.
—Feliz cumpleaños —dijo posando sus orbes lilas en mí.
—No es mi cumpleaños —respondí con el ceño fruncido.
—Pues Navidades, Janucá, santo… lo que narices quieras. ¿Qué más da?
Me reí y negué con la cabeza; aunque debía darle la razón, era un regalo fantástico. Observé a mis tres caballeros y puse la sonrisa más perversa que tenía.
—Cogedlos. Se me ha ocurrido el plan perfecto para ellos.