Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

Katrina

En el instante en que lo vi caminar en su dirección, supe que algo tramaba, pero jamás pensé que sería tan estúpido como para provocar a la misma muerte.

Ellos aún no la conocían bien; sabían de ella lo que se contaba. Sin embargo, eso era la punta del iceberg. Neith era mucho más de lo que decían.

Decidí encargarme de Hayden más tarde y corrí tras ella, aunque no llegué a tiempo. Mi mano se quedó sosteniendo la pesada madera mientras ella se adentraba sin preocupación alguna.

Mi intención era cogerla del brazo y sacarla a rastras, pero la voz de mi padre hizo que me detuviera a medio camino.

—¡¡Y una mierda!! Esa basura no es nada de mi hija, y exijo que se me devuelva. De no ser así…

—¿Nos estás amenazando? —inquirió Carlson con su habitual arrogancia.

—Sí, lo hago. Os recuerdo que Smert está tras esas puertas y exige que se entregue a mi hija.

—Tío, te recuerdo yo a ti que tú ya no eres el líder. No eres quien para decidir qué asesino hace qué. Ahora es a mí a quien obedece y, si le doy una orden, la acatará.

—¿Sí? Me encantaría verte intentarlo.

La voz de Neith rebotó en las paredes. El silencio bañó la enorme estancia y los ojos de cada uno de los presentes se posaron en ella.

Podía distinguir muchas expresiones: sorpresa, asombro, gracia, incredulidad… Eran las de siempre y cada vez sucedía lo mismo. La subestimaban, y para cuando se daban cuenta de su error, ya era demasiado tarde.

Los únicos que cerraron los ojos, seguro maldiciendo, fueron Mikhail y Gabriele. Mi padre tenía una expresión que no terminaba de descifrar.

—¿Quién te ha dejado entrar, niña? Esto es un asunto de hombres.

Neith puso una sonrisa ladeada ante las palabras de Carlson. Y, en vez de retroceder, caminó hasta situarse en la espalda de Marik.

—¿Me has echado de menos, pajarito? —susurró con sus labios a centímetros de su oído.

El jefe de la mafia se puso tan nervioso que derramó el contenido de su bebida sobre la mesa. Se incorporó de golpe y cogió a Milko por la manga del traje, tirando de él con urgencia.

Todos observaron la situación sin decir una sola palabra. Aproveché que la atención estaba sobre ella y me adentré con sigilo.

Neith miró el espectáculo de Marik y sonrió más. Le encantaba ver el efecto de terror que provocaba en las personas.

—Bueno, ¿dónde está esa orden que debo acatar?

En cuanto hizo la pregunta, todas las miradas se posaron en Oliver.

Me sentía dividida con la situación. Por una parte, me moría por ver cómo Neith lo torturaba hasta no dejar nada, pero por otra deseaba ser ella y hacerlo yo. Fuese como fuese, lo necesitábamos vivo; aún tenía que responder algunas cuestiones.

—No lo mates. Tengo preguntas para él.

La atención pasó de Neith a mí. Caminé hasta quedarme a su lado y levanté la barbilla. Lista para pelear la lucha que hace años debería haber combatido.

—¡Katrina! Qué gusto verte entre nosotros. Aunque ya sabes que este no es lugar para vosotras, si no te importa, llévate a tu amiga y, cuando terminemos, se os dará el veredicto final.

Hace unos meses habría obedecido sin discusión, habría cogido a Neith por el brazo, rogando que me acompañara, pero aquel día…

Una mano fuerte se posó en mi espalda. Sentí como tres sombras se unían a nosotras, provocando que los ojos de todos se abrieran más de lo que ya estaban. Incluso Oliver quedó estupefacto. Todos excepto Carlson.

El calor de su contacto traspasaba la ropa. La energía que transmitían me arropaba y sus sombras eran mis escudos. Ya no había cadenas, no había normas. Solo éramos nosotros.

—No —dije observándolo con fijeza.

—¡¿Cómo has dicho?!

—Dijo que no, ¿o acaso eres sordo? —intervino Rayden.

—¿Quién es el vejestorio? —consultó Neith con la mirada puesta en mí.

—Es Carlson. El portavoz del consejo y el que decide las normas —le informó Hayden.

—Ya veo… Así que tú eres el que está en contra de las relaciones.

A medida que hablaba, iba acercándose poco a poco a la mesa, rondando y paseando por la espalda de Marik, tocándolo de vez en cuando. Él se estremecía a cada roce, a cada segundo que ella permanecía a su alrededor.

—Smert… —advirtió Mikhail al ver que no se separaba del Capo checo.

—Tranquilo, no serán mis manos quienes lo maten. Se lo prometí a Ramsel en su momento.

Marik cada vez estaba más nervioso. No dejaba de dar pequeños golpes en la mesa, con la inútil esperanza de comunicarse. Milko enderezó la espalda y llenó sus pulmones de aire antes de dirigirse a mi padre.

—Ordénale que se detenga —exigió.

—¿Yo? Os recuerdo que ya no soy el líder, por lo que no es mi trabajo. Es más, ya no tengo potestad sobre ninguno de ellos —dijo calmado, recordando las palabras de Oliver minutos antes.

Mi padre observó a Milko con una sonrisa, la espalda recta y los hombros relajados.

De repente, todas las miradas se fueron a Oliver. Incluso la de Neith, que se sentó entre Marik y Milko y lo observó con los labios estirados, esperando a que hablara.

Estaba más que entretenida con la situación, disfrutando del espectáculo como la sociópata que era.

Él no lo hizo. No fue capaz de abrir la boca y producir ni un solo sonido. No sabría decir si era por la presión de todos esos ojos sobre él o por el hecho de que a quien debía dar la orden era a los mismos a los que tanto temía.

—Vamos, Oliver. Dile que se detenga. Ordena que nos vayamos —lo retó Cayden.

—Yo… Yo…

—Caballeros, creo que esto se nos está yendo de las manos —intervino Carlson—. Mikhail, Gabriele, por favor, decidles a vuestros asesinos que abandonen la sala antes de que haya consecuencias.

—¿Consecuencias? —repitió Neith en alto—. Yo te enseñaré lo que es eso.

Sin más, cogió a Marik por la nuca y estrelló sus labios contra los de él.

Me quedé tiesa ante la barbaridad que veía. Por alguna razón, mis ojos volaron a Gabriele, quien se encontraba a unas sillas de distancia.

A nadie le dio tiempo a reaccionar. Ni Mikhail, ni mi padre, ni siquiera el mismísimo Marik pudieron hacer algo.

El estruendo de la silla golpeando el suelo cortó la tensión.

Gabriele se abalanzó hacia delante, impulsado por un aura demoledora.

Cayden tiró de mí hacia atrás y colocó su mano delante de forma protectora, mientras el Don de la mafia italiana arrancaba a Marik de las manos de su amada y comenzaba a golpear su cabeza contra el borde de la mesa.

El estruendo llenaba la estancia, siendo tan brutal que hacía que lo que había encima de ella se tambaleara al borde de la caída.

—Ella es mía. —Golpe—. ¡Mía! —Golpe—. Lei é la mia dea. —golpe—. La mia donna . —Golpe, golpe, golpe.

Por cada palabra que pronunciaba, sus arrebatos se intensificaban. Todo se llenaba de sangre, con el rostro de Marik desfigurado y su mandíbula casi colgando.

Gabriele por fin se cansó y arrojó lo que quedaba del jefe de la mafia checa al suelo.

Su mirada se centró en Neith, la cual seguía sentada en la mesa, moviendo las piernas mientras sonreía como una niña en el día de Navidad. Este, aún furioso, la cogió por el mentón y la atrajo hacia él.

— Sei mia, ¿mi senti? Solo mia . La mia donna. La mia dea della guerra.

Los dedos de Gabriele se iban volviendo blancos a cada segundo que hablaba y Neith no contestaba. Apretó sus mejillas hasta casi hundirlas, hasta hacerlo doloroso. Sin embargo, ella estiró el cuello y acercó sus labios hasta dejarlos a un roce de los suyos.

— Solo del mio mostro —respondió en un susurro.

Sus labios se unieron en un beso profundo, un sello a sus palabras, a su declaración de amor. Neith tiró de él hasta ponerlo entre sus piernas. Gabriele no se resistió, se acomodó en su centro mientras sus manos la recorrían por completo.

—¡¿Qué narices significa esto?! —bramó Carlson.

—Ahora vuelvo, —Escuché decir a Neith.

—¿Qué vas a hacer?

—Voy a ponerme guapa para ti.

Lo siguiente que vi fue cómo se desataba el caos.