CAPÍTULO 40
Mikhail
Hacía años que no cruzaba esas puertas. No desde la muerte de Elisa; desde que se la llevaron de mi lado y el consejo se negó a intervenir, a poner sus recursos en mis manos para ayudarme a dar con el culpable.
No era que a mí me faltasen, pero ellos contaban con sistemas y poderes más allá de los nuestros.
Las pesadas puertas se cerraron tras nosotros y los presentes enmudecieron. La sala estaba llena. No faltaba nadie, o bueno, sí. Faltaba uno: Cillian.
—Buenas noches, caballeros.
Mi voz, con mi marcado acento ruso, rebotó en las paredes. Gabriele pasó por mi lado y fue directo a la cabecera de la mesa, donde tenían a Ramsel retenido con las manos atadas a la espalda y el rostro magullado.
—¿Acaso es esto necesario? —increpó con enfado.
No lo culpaba; ver así a mi amigo hacía que mi sangre hirviera.
—No sé quiénes son ustedes o cómo pudisteis entrar, pero esto es una reunión privada.
Una voz joven, cargada de arrogancia, se atrevió a reprendernos. Gabriele y yo sonreímos, divertidos ante lo siguiente que iba a suceder.
—¿Quiénes somos? ¿Acabas de preguntar quiénes somos? —interrogué caminando en su dirección.
A cada paso que yo daba, la arrogancia y el ego del niño se iban esfumando. Los miembros del consejo se miraban entre ellos, sin saber bien si debían intervenir o no.
—Mikhail… —comenzó a hablar Carlson.
Levanté la mano y lo interrumpí. El muchacho abrió los ojos como un búho y tragó saliva con fuerza.
—¿Qué quién soy? —dije, acercando mi rostro al suyo—. Mi nombre es Mikhail Smirnov, Pakhan de la mafia rusa; Señor de la primera casa. Y él. —Señalé a mi acompañante—. Él es Gabriele Di Franco, Don de la mafia italiana y Señor de la segunda casa.
Su rostro palideció, sus labios temblaron y sus puños se cerraron en busca de una fortaleza que se notaba no tenía.
—Ahora dime, ¿quién coño eres tú y cómo te atreves a hablarnos así?
Volvió a tragar con fuerza. Abrió la boca varias veces, pero su voz no salía. «¿Y este es el que han puesto en el lugar de Ramsel? Joder, incluso Valery le echaría más huevos».
—Mikhail, perdona al chico. Aún está aprendiendo y no fuimos informados de vuestra visita.
Carlson se interpuso entre nosotros y habló en su lugar. Me enderecé y lo fulminé con la mirada. Odiaba a ese tipo.
—Bueno, a nosotros tampoco se nos informó de la reunión —saltó Gabriele mientras desataba las manos de Ramsel.
—No puedes liberarlo —comentó uno de los del consejo.
—¿Vas a impedírmelo tú?
El hombre calló y miró a Carlson, que puso su sonrisa falsa y carraspeó para aligerar el ambiente.
—No se os informó porque es una reunión exclusiva del consejo —explicó.
—¿Entonces qué hace el mudo aquí? —increpé.
Podía sentir la mirada de Milko clavada en mi espalda. Agradecí que Neith se hubiese quedado fuera; de no ser así, le habría arrancado los ojos a él también.
Carlson le dio un pequeño puntapié al chico y este por fin reaccionó, enderezando la espalda y alargando la mano en mi dirección.
—Mi nombre es Oliver Adamik. Soy el nuevo cazador y líder de la organización de asesinos.
—El título de cazador es algo que no se hereda, se gana. Y tú, no tienes pinta de haber cazado a una presa en tu vida —comentó Gabriele.
No podía estar más de acuerdo. Observé su mano estirada, metí las mías en los bolsillos y pasé de largo hasta llegar a Ramsel, franqueando su otro lado.
—A Gabriele y a mí nos gustaría saber el motivo de esta reunión; la razón por la cual no fuimos llamados y el porqué de la situación tan precaria del antiguo líder de esta organización.
Todos volvieron a mirarse entre ellos hasta terminar con los ojos puestos en Carlson; incluso el tal Oliver lo miraba a él.
Carlson volvió a sonreír y caminó como si fuera el dueño del lugar.
—Caballeros, cálmense. Deben entender que esto es un asunto un tanto peculiar, el cual, por el bien de la reputación de nuestro querido Ramsel, no queríamos hacer público.
—¿Su reputación? —increpé.
—¿Vuestro querido Ramsel? —añadió Gabriele—. No sé vosotros, pero yo no trato a las personas queridas así.
—Tenemos entendido que hace poco mataste a tu sobrino —señaló Oliver con una sonrisa.
—Él tocó a mi nuera y no solo lo maté, le saqué el intestino y me lo colgué a los hombros como un premio, ¿quieres verlo? Lo he disecado.
Todos abrieron los ojos con espanto. Oliver borró la sonrisa y dio un paso atrás.
Yo me reí por lo bajo. No les estaba mintiendo; el muy cabrón había disecado el intestino y se lo había regalado a Neith por su aniversario.
Decía que era un recordatorio del día en que le dio su joya. Nunca la había visto sonreír tanto.
—Lo que Oliver quiere decir es que esto es más un asunto familiar —intervino Carlson.
—Si es familiar, ¿qué hace el consejo metido? ¿Por qué está Marik aquí? —insistí.
—Mikhail. Ramsel se atrevió a colarse en la finca, mató a varios guardias y amenazó la vida de Oliver y Marik, los cuales se encontraban reunidos en ese momento.
—Con razón nos encontramos con tan poca gente —comentó Gabriele.
—Exacto. Mi tío se aprovechó de sus conocimientos y cometió una traición.
—No habría matado a nadie si hubieses dado la cara cuando te reté en la puerta. En vez de ello, te escondiste detrás de estas paredes y enviaste a hombres leales directos a la muerte.
—Ramsel, ya te lo hemos explicado. Oliver no tiene por qué aceptar ningún desafío; esa es una ley arcaica y sin sentido —explicó Carlson.
—Igual que todas las que tenéis —rebatió Ramsel.
La cara de Carlson se descompuso por una fracción de segundo. Puede que muchos no se dieran cuenta, pero nosotros sí. A Gabriele y a mí no se nos escapaba nada.
—Como pueden ver, caballeros. Esto es una reunión a la cual no hacía falta que vinierais. Además, ya estábamos terminando de conversar con Ramsel e íbamos a llamar a unos guardias para que lo llevaran fuera de la propiedad.
—¿Sí? —preguntó Oliver.
—Sí —respondió Carlson entre dientes—. Así que, si gustas, ahora mismo avisaremos para que os acompañen a la salida.
—No hace falta —dije y tomé asiento en una de las sillas vacías.
—Mikhail, entiendo tu enfado, pero, como puedes ver, fue todo un malentendido.
—Mi socio no discute tu versión de la situación, Carlson. Sin embargo, no hace falta que llames a nadie, puesto que no hay nadie a quien llamar —comentó Gabriele y tomó asiento a mi lado.
—¿Cómo que no hay nadie a quien llamar? —interrogó Oliver con los ojos muy abiertos.
—Es que Smert ha estado dándose un paseo por los alrededores —dije de forma despreocupada—. Ya sabéis cómo es, se aburre con facilidad.
Me encantaba lo que provocaba su nombre; cómo la gente enmudecía y prácticamente se orinaba encima al saber que no estaba lejos, que podía alcanzarlos en cualquier momento.
—¿Está aquí? —increpó Ramsel con enfado.
—Por supuesto que sí —respondió Gabriele.
—Está justo detrás de esas puertas —añadí con chulería.
Unos jadeos interrumpieron nuestra conversación. Observé con una gran sonrisa cómo Marik temblaba de pavor e intentaba sin éxito comunicarse con su subordinado. Sus manos temblaban, su piel había perdido el color y todo apuntaba a que estaba a punto de sufrir un infarto.
El resto de los presentes no estaban en una posición diferente; los susurros se alzaban y el miedo se veía reflejado en sus rostros. Carlson intentó sin éxito tranquilizarlos. Era difícil lograrlo, más cuando él mismo se esforzaba por ocultar su pánico sin éxito.
—Tranquilos, prometió portarse bien —comenté en alto.
—¿Y tú le creíste? —susurró Ramsel.
—Prometió portarse bien, siempre y cuando se le entregue a Valery —añadió Gabriele.
Ambos nos miramos. Aquello no estaba en nuestros planes, pero tenía que admitir que había sido una buena jugada.
—Basta. ¡Basta! —gritó Carlson—. Eso no está en nuestras manos.
—Claro que sí. Solo le tienes que decir a Cillian que la devuelva —refutó Ramsel.
—Ni siquiera sabes si fue él quien se la llevó.
—Por favor, no me vengas a mí con esas mierdas. Solo Tristan sería capaz de burlar mi seguridad y salir como si nada.
—¿Y por qué no pudo ser Aiden? Todos sabemos lo mal que le caía Valery —increpó Oliver.
—Porque él está con Katrina. Nunca le haría daño a Valery.
—Eso es otro tema que hemos de discutir, Ramsel. La unión de dos asesinos. Sabes que eso está prohibido; Katrina es la asesina de Marik; no puede estar con Aiden. —¿Y si él le pasa información y perjudica a Gabriele? —comentó Carlson, posando los ojos en el italiano a mi lado.
Me reí. Sería idiota.
—Sin objeciones —contestó este.
—Pero… esto es algo que puede perjudicar tu negocio.
—Mi asesino es libre de tener una relación con quien guste. Además, incluso podría unir a Katrina a mis filas.
—¡¡No puedes hacer eso!! —rugió Milko.
—¿Por qué no? Tú ahora tienes a Oliver. Seguro que te ayuda a ascender un montón.
—Gabriele, Oliver es el líder de la organización, no puede ser a la vez el asesino de los checos.
—¿Y por qué no? ¿No eran justo esos los planes que tenían para Katrina? —intervine.
Carlson cerró la boca de golpe; mis palabras lo habían dejado mudo y sin argumentos para defenderse. Carraspeó y volvió a colocar esa falsa sonrisa.
—Eso ahora no viene al caso. La cuestión principal es que no podemos intervenir en el asunto de Cillian, ya que, como todos sabemos, él es su padre y está en su derecho.
—¡¡Y una mierda!! —gritó Ramsel y dio un manotazo en la mesa—. Esa basura no es nada de mi hija, y exijo que se me devuelva. De no ser así…
—¿Nos estás amenazando?
—Sí, lo hago. Os recuerdo que Smert está tras esas puertas y exige que se entregue a mi hija.
—Tío, te recuerdo que tú ya no eres el líder. No eres quien para decidir qué asesino hace qué. Ahora es a mí a quien obedece, y si le doy una orden, la acatará.
—¿Sí? Me encantaría verte intentarlo.
Cerré los ojos y cogí aire. ¿Por qué nunca me hacía caso?