Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Neith

La adrenalina corría por mis venas. Era la droga más satisfactoria del mundo.

Mi hermana podía decir mierdas, pero nada era mejor que el subidón antes de matar, o el propio instante de la muerte.

Ver cómo los ojos se apagan, cómo sus esperanzas se evaporan y que en sus iris solo salga tu propio reflejo.

El placer me inundó. La euforia de poder volver llena de sangre y recibir mi recompensa hacía que mis muslos se tensaran y mi coño se empapara.

Me daba igual todas las personas que tuvieran que mirar cómo me daban mi premio; lo único que me importaba era él.

Ese hombre que me doblegaría hasta rogar clemencia.

Respiré hondo, guardé mi faceta más bonita, me puse en la piel de la dulce niña inocente y corrí en dirección a los guardias. Primero abrieron los ojos como platos al verme y luego levantaron sus armas en mi dirección.

—Por favor, tenéis que ayudarme.

—¡¿Qué haces aquí?!

—Hay… Hay una bestia entre los arbustos —dije y señalé en esa dirección—. Se abalanzó sobre mí; por favor, tenéis que salvarme —insistí con lágrimas a punto de derramarse.

Ellos se miraron y por un segundo dudaron, por un segundo creyeron mi patraña y eso fue todo lo que necesité.

Me moví hasta el más cercano y le partí el cuello. El otro soltó el arma e intentó coger el walkie; un error muy grave. Saqué un cuchillo de mi espalda y se lo lancé, enterrándoselo en la mano. Intentó gritar, pero antes de conseguirlo, ya tenía otro cuchillo atravesando su mejilla.

Saqué el filo con brusquedad y lo miré a los ojos, deleitándome con mi reflejo en ellos, con esa esperanza que se evaporaba.

—Dile al Diablo que Smert te envía —susurré en su oído.

Mi nombre provocó lo que siempre hacía. El color abandonó su rostro y el olor a orina apareció. Le dediqué mi sonrisa más grande justo antes de clavar mi cuchillo en su frente.

Su cuerpo se desplomó en el suelo y me dediqué a contemplar el hermoso carmesí que adornaba la hoja de mi arma. Pasé los dedos por ella, esparciéndola por mi rostro, cubriendo bien mis mejillas, mentón y cuello, dibujando el camino hasta la abertura entre mis pechos.

—¡Smert!

—¡Lunática!

No paraban de llamarme y molestarme, interrumpiendo mi momento de gozo y preparación. Por esa razón siempre trabajaba sola; la gente era un incordió.

—¡¿Qué?!

—Se acerca un coche.

Las palabras de Katrina murieron justo en el instante en que los faros se detuvieron delante de mí. La puerta del impresionante Mercedes AMG G63 blindado se abrió y un hombre alto y trajeado bajó de él.

—¿Ya estás haciendo de las tuyas, Boginya Voyny?

—Solo estaba abriéndote el camino —contesté con una sonrisa enorme.

Mikhail se rio y dio orden a su chofer para que bajara la intensidad de las luces. Al ver que no había peligro, las personas de los arbustos por fin salieron.

—¿Padrino?

El señor de hielo se giró y miró con cariño a su ahijada. Ver el amor que él le profesaba fue lo que hizo que mi atención cayera en Katrina cuando la conocí. También puede que haya sido decisorio a la hora de decidir si vivía o no.

—¿De verdad crees que la dejo suelta sin saber sus movimientos? De ser así, ya habría matado a la mitad de la humanidad.

Él abrió los brazos y ella se dejó encerrar en su abrazo. Mikhail le dio un beso en la nuca mientras le acariciaba el cabello.

—Te prometo que arreglaremos esto y traeremos a Valery sana y salva.

Katrina se apartó y asintió. Entonces la mirada glacial cayó en los tres personajes de detrás.

—¿Y estos son?

—Los novios de tu adorada ahijada —respondí mientras me acercaba por su espalda—. A mí me han hecho prometer que no los mataría.

—Neith, basta. No tenemos tiempo para esto —me cortó Katrina—. Mamá y Gabriele están en el bosque esperando y mi padre ya está reunido con el consejo.

—Lo sé —interrumpió Mikhail—. Tu madre está en el coche de detrás. Vosotras venís en el mío con Gabriele y… ellos pueden ir con tu madre.

Las palabras del ruso no parecieron satisfacer al trío, pero Katrina les hizo un gesto y se dirigieron de mala gana al vehículo que esperaba tras el nuestro.

Sonreí y me fui saltando hasta el mío. Abrí la puerta y me encontré con la mirada ardiente de Gabriele, que me observaba desde el asiento del copiloto.

Sus ojos recorrieron mi rostro, mi cuello y acabaron en el escote de mis pechos. Vi cómo su manzana de Adán se movía con dificultad y cómo sus pupilas se dilataban y llenaban de lujuria. Pasé la yema de mis dedos por la sangre que aún estaba fresca y la esparcí un poco más.

—Ni se os ocurra —interrumpió Mikhail con voz severa a la vez que se sentaba a mi lado.

Gabriele cerró los ojos, apretó la mandíbula y maldijo en italiano varias veces antes de enderezarse y mirar en otra dirección. Mis labios se estiraron con una sonrisa satisfactoria; me gustaba que la bestia se contuviera, porque cuanto más lo hiciera, más divertida sería la explosión.

No nos llevó mucho tiempo entrar en la casa. Estaba ridículamente resguardada por unos pocos soldados, los cuales no fueron un problema. Menos cuando Hayden estuvo lo suficientemente cerca de la casa para poder cortar sus comunicaciones.

Entramos por el vestíbulo y seguimos por el pasillo hasta llegar a las dos puertas de madera enormes. Nunca había estado en la sala del consejo, pero me moría por entrar y ver a todos esos vejestorios arcaicos y marchitos temblar por mí. El pensar en ellos hizo que me acordara de algo.

—¿Dónde está Sergey?

—Estaba encargándose de un asunto cuando me escribiste. Vendrá en cuanto termine.

Asentí y fui directa hacia la puerta; mi mano estaba por coger el pomo para abrirla, pero otra se posó sobre ella y me detuvo.

—Lo siento, Boginya, pero no entras.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Mikhail tiene razón, Dea. La idea es arreglar esto por las buenas y llevarte a ti o a cualquiera de los asesinos solo conseguiría el efecto contrario.

—Sin mencionar que el hombre al que dejaste ciego y mudo está dentro —añadió Kamilia.

—Exacto. Así que tú te esperas aquí —sentenció Mikhail.

—Sé buena, mia Dea , y cuando regrese arreglaremos este asunto de la sangre —dijo Gabriele antes de besarme e irse.

Soplé y me dejé caer en uno de los sofás que había a los lados mientras las puertas se cerraban tras ellos. Mi buen humor se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos.

Pasaron los minutos; me esforzaba por obedecer, por no entrar, coger al puto niñato que le había robado el puesto a Ramsel y reventarle la cabeza contra la mesa hasta conseguir que nos dijera dónde estaba Valery.

Era duro, pero tenía que mantenerme quieta.

Mikhail y Gabriele se enfadarían de lo lindo si no hacía caso.

«Incluso puede costarme mi premio». Negué con la cabeza. «No, eso sí que no. Por una vez haré caso». Cerré los ojos y decidí descansar; dormir sería mejor que seguir esperando.

—Hola, Neith. Creo que no nos han presentado como es debido.

Abrí un ojo y miré a mi invitado no deseado. Una sonrisa ladeada se abrió paso y mi sueño se esfumó.

«Por fin se va a poner interesante».