Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Rayden

Las palabras de Kamilia cayeron como una bomba, dejando la estancia en un silencio sepulcral. Nosotros tres nos quedamos mirando los unos a los otros, seguro pensando lo mismo: Qué cojones.

La primera en salir de su letargo fue Katrina, que miró a su madre con enfado.

—¿Estás segura?

—Sí, Katrina. Estoy segura.

—Joder. Siendo así, no tenemos tiempo que perder.

Papá es tonto al pensar que el consejo lo va a ayudar con Cillian.

Hayden y Cayden, coged todo y trasladaros a la antigua mansión de mi abuelo.

Lleva años vacía y ese será el último lugar donde os busquen.

Llevaos a mi madre y a Ubiytsa con vosotros —ordenó mientras salía por la puerta.

—Rayden, prepárate. Tú te vienes conmigo.

—¡Katrina! ¿A dónde vas? —gritó su madre.

—A buscar a la única persona que nos puede ayudar en esto.

—¿A quién? —inquirí.

Ella se giró a mitad de la escalera y me miró con fijeza.

—A la muerte.

Y allí estaba yo. Conduciendo un coche y mirando cada pocos segundos con incredulidad a la pasajera de atrás. El famoso Smert, o mejor dicho, la famosa Smert. La cual, para colmo, no solo estaba con mi jefe, sino que tenía una gemela idéntica a ella.

Sus ojos se enfocaron en los míos y sonrió de manera perversa.

—¿Quieres una foto? Así podrás atesorarla.

Su voz, afilada como cuchillas, cortó el silencio del habitáculo. Katrina me miró de reojo y pude sentir cómo Gabriele me fulminaba la nuca.

—Te entiendo —volvió a hablar—, te preguntas cómo una chica tan guapa puede haberte dejado en segundo puesto.

—Neith… —la advirtió Katrina.

—Oh, tranquila. Solo voy a quitarle ese pesar a tu noviecito —dijo y se aproximó hasta colocarse entre los asientos—. La respuesta es muy sencilla, segundón. Eres patético.

Mis nudillos apretaron el volante hasta ponerse blancos. Ella, sin embargo, se dejó caer contra el asiento y su risa resonó con fuerza. Por suerte, llegamos al punto de encuentro justo en ese instante y pude evitar estrellar el vehículo y sacarla a rastras.

No dije una palabra. Aparqué y salí dando un fuerte portazo. Aún podía sentir su risa desde fuera.

Cayden y Hayden nos esperaban junto a Kamilia y Ubitsa. Estábamos un poco más adelante de la entrada a la mansión de los asesinos, donde ya habíamos confirmado que se encontraba Ramsel reunido con Oliver, el consejo e incluso Marik.

Hayden fue el primero que vio mi cara de perro y se acercó a mí.

—¿Es él? ¿Lo has traído?

Abrí la boca para responder, pero su asquerosa voz me interrumpió.

—Oh, espera. Son tres —dijo antes de echarse a reír con fuerza—. Tres asesinos de élite juntos y una chiquilla sin entrenamiento os ha hecho papilla.

Cada palabra que salía de sus labios era una burla a nuestro trabajo, al adiestramiento que habíamos tenido que soportar y a lo que habíamos aguantado.

—Ya está. Me tienes harto —dije, saqué mi arma y la apunté.

Ella, sin embargo, se quedó tan tranquila. Su sonrisa se esfumó y su rostro pasó de la alegría a la más pura psicopatía. Su cabeza se torció unos grados, dando la sensación de estar a punto de transformarse en un monstruo.

—Vamos, segundón. Atrévete —susurró con provocación.

Saqué el seguro. Me moría por apretar el gatillo, pero había un problema, o mejor dicho, más de uno: Gabriele se puso a su lado y desenfundó su Glock ; Katrina me miró fijamente e incluso Ubiytsa se puso a sus pies y me gruñó.

—Baja eso, Rayden —ordenó Katrina—. La necesitamos.

—No veo por qué —respondí.

—Tranquilo, pronto lo harás.

Suspiré y le hice caso, aunque me arrepentí casi al instante. Smert sonrió y se puso a acariciar a Ubiytsa, la cual comenzó a ronronearle y a frotarse en sus piernas.

—¿De verdad es ella? —preguntó Hayden tan incrédulo como yo al principio.

—Sí, lo soy. ¿Quieres una prueba?

—Basta, Neith, compórtate —interrumpió Kamilia, que se había mantenido al margen, pero en ese instante se había colocado delante de ella como si estuviera riñendo a su propia hija y no a una asesina con claros signos psicópatas.

—Lo siento, Kamilia —respondió ella como si fuera una niña buena.

«Lo que decía. Psicópata de manual».

—No quiero tus disculpas, quiero que me prometas que no los matarás. Son mis yernos y me agradan.

Su cara se desfiguró de asco y nos observó uno por uno. No parecía estar juzgando nuestra relación, sino más bien la idea de tener que dejarnos vivir.

—Hacen feliz a Katrina —insistió Kamilia.

Smert suspiró y puso los ojos en blanco.

—Vaaale, prometo no matar a tus yernos, ¿contenta?

—Mucho. Gracias, eres un ángel —dijo antes de abrazarla y darle un beso en la frente.

—Discrepo —susurró Hayden.

—Vosotros también comportaos. De no ser así, el problema lo tendréis conmigo —sentenció Katrina.

Nos callamos. Cuando se ponía así, era mejor hacerlo.

—Kamilia.

—Gabriele, cuánto tiempo sin verte. Me alegra que hayas podido demostrar tu inocencia —saludó y lo abrazó.

—Sabes, si no supiera que estás tan enamorada de Ramsel y me cayeras tan bien, te cortaría los brazos y echaría una partida de tenis con ellos.

—Y porque, aunque lo niegues, me quieres. Así que deja esas amenazas baratas para otras, que conmigo no funcionan.

Smert, en vez de ofenderse por la respuesta de Kamilia, sonrió. Como si todo el asunto la estuviera entreteniendo.

—Has encontrado a la indicada —le susurró Kamilia a Gabriele.

Este solo rodeó la cintura de la asesina y a mí me dieron ganas de arrancarme los ojos. ¿No se suponía que iba a matarlo? ¿Cómo narices acabó convirtiéndose en la Dona?

—Ya está bien de saludos y chorradas. Hay que ver cómo vamos a entrar —interrumpió Cayden.

—Pues por la puerta. ¿Por dónde íbamos a hacerlo si no?

—He de recordarte, gran asesina, que hay guardias —dije.

—Y que esos guardias, en cuanto nos vean, darán la voz de alarma —añadió Hayden

Ella ignoró nuestras palabras y fijó la mirada en Katrina, la cual negó con la cabeza, consiguiendo que ella le alzara una ceja.

—Acabas de prometérselo a mi madre, Neith.

—Sí, pero porque piensa que eres feliz con estos palurdos. Hazme una señal y muerden el polvo antes de volver a pestañear.

Katrina se rio y pasó caminando por su lado, como si sus palabras fueran un juego divertido. Smert suspiró y la siguió, insistiendo por el camino para poder abrirnos la cabeza y hacerse unos cuencos con nuestros cráneos.

—Tranquilos, chicos. Ya os acostumbraréis a ella —nos dijo Kamilia.

—Lo dudo —respondimos los tres al unísono.

—Qué pena, porque no os queda de otra —sentenció Gabriele con la mirada fija en nosotros.

—Mejor vamos a ver qué hacen. No quiero que meta a Katrina en problemas —comentó Cayden y no pude estar más de acuerdo.

Los tres nos fuimos por el sendero que daba a la garita de los guardias, el mismo por el que ellas habían pasado hace unos segundos.

Cuando estábamos llegando al lindero con el camino, una mano tiró de mí hacia un lado.

Me di la vuelta con rapidez para atacar, pero me encontré con Katrina escondida detrás de unos arbustos.

—Escondeos. Vais a echar todo a perder.

—¿Qué? —pregunté con incredulidad.

Ella sonrió y nos señaló el camino. Seguimos la trayectoria de su mirada y pudimos ver, de primera mano, otra de las múltiples facetas de esa demente.