CAPÍTULO 36
Katrina
Me encontraba rodeada de calor. Con una sensación de paz, libertad y protección. Estaba tan cómoda, tan relajada, cuando de repente, todo se evaporó y esas sensaciones se esfumaron para dar paso a otra más ardiente.
Pequeños besos húmedos se abrían paso por el interior de mis muslos. Gemí desde mi inconsciencia y moví un poco las caderas en la dirección de ese placer.
—La vas a despertar —oí una voz a lo lejos.
—Pues no haberme dejado aquí. ¿Cómo queréis que me resista?
—Déjala dormir.
Esa última palabra hizo que mi corazón se acelerara y mi mente se despejara. Abrí los ojos de golpe y me incorporé, lista para darles una paliza si me habían vuelto a drogar.
Una mano me sujetó del pecho, pero la aparté de un manotazo justo cuando otra me cogió por el brazo.
—Nena, tranquila. Estamos aquí.
Con el corazón palpitando contra mi tórax, observé a mi alrededor. Me encontraba en una cama enorme, con Cayden a mi izquierda, aferrándose a mi brazo; Rayden a la derecha y Hayden entre mis piernas. Pero lo más importante era que estaba despierta. No a medias, sino del todo.
—No me droguéis —pedí.
—Pues claro que no —confirmó Rayden.
—Pensé… como sentí que me tocabais, pensé que me habíais vuelto a drogar.
—¡Ves! ¡Te dije que la ibas a despertar! —rugió Cayden y le dio una patada a Hayden, mandándolo fuera de la cama.
Me reí y volví a tumbarme. Ni en mis mejores sueños hubiese imaginado que los tendría conmigo otra vez y menos así. Eso me hizo recordar la noche anterior y cómo habíamos acabado.
—Me habéis duchado.
—Por supuesto. Ni que fuese la primera vez —respondió Rayden.
Suspiré y me masajeé la sien. Era un tema que íbamos a tener que abordar. La última vez que había preguntado, no habían sido claros con el tiempo que me habían mantenido así.
Abrí los ojos y me preparé para indagar en el asunto, pero algo hizo que me detuviera. Un objeto, el cual estaba segura de que no se encontraba ahí antes. Sentí que me quedaba sin aire y que el tiempo se congelaba a mi alrededor.
Me senté en cámara lenta y con los ojos tan abiertos como me era posible. Con el pulso temblando y con la impresión de no estar respirando, toqué la pulsera que estaba amarrada a mi muñeca izquierda.
Estaba envejecida por el paso del tiempo, áspera y roída de tanto tocarla, pero seguía entera.
Las yemas de mis dedos la rozaron sin poder creérselo.
—Pensé que la había perdido —dije con los ojos nublados.
—Veis. Os dije que le iba a gustar —comentó Hayden a los pies de la cama.
Lo miré. Mil preguntas azotaban mi cabeza. Tantas que no sabía por dónde comenzar, así que lo hicieron ellos.
—Tu abuelo nos la dio —explicó Rayden mientras volvía a tumbarme con ellos.
—¿Mi abuelo? ¿Cómo? Si la perdí la noche del incendio.
—Y ese hijo de puta fue quien te la quitó —refunfuñó Cayden.
—Verás —interrumpió Rayden—, esa noche fuimos a verte como habíamos quedado, pero teníamos otros planes. Íbamos a escaparnos y a llevarte con nosotros. Ya teníamos todo planeado y listo.
—¡¿Qué?! —exclamé y lo observé incrédula.
—Pero nos encontramos con dos tipejos. Andaban toqueteando el cuadro de luces. Nos vieron y nos noquearon. Lo siguiente que supimos era que estábamos retenidos en una celda de aislamiento y que tu abuelo dijo que tú nos habías vendido —explicó Hayden.
—¿Yo? Yo jamás haría eso… no sería capaz.
—Ahora ya lo sabemos, nena. Todo fue un engaño de los suyos. Nos hizo creer que nos habías mandado matar para tenernos tranquilos y que no fuéramos a buscarte —dijo Cayden.
—No me lo puedo creer. Mi abuelo… ¿Por qué?
—Aún no lo sabemos. Aunque viniendo de él nada tiene sentido. Siempre hizo lo que era mejor para su adorada organización. Si no, ¿por qué nos habría hecho esto?
Las palabras de Rayden me terminaron de sacudir por dentro. No podía ser verdad, pero algo en el fondo de mi ser me decía que sí.
Pasé la mirada de uno a otro. De niños se parecían, tenían pequeños rasgos en común, aunque nunca fueron tan iguales. De adultos era casi imposible distinguirlos; la única diferencia eran los ojos; el color los marcaba y los tatuajes que seguro se habían hecho ellos mismos.
—¿Fue él? ¿Él os hizo esto? —consulté con miedo a la verdad.
—La primera operación fue a los dieciséis —siguió Rayden—. De ahí vinieron tantas que terminamos perdiendo la cuenta. No paró hasta que le fue imposible diferenciarnos.
—Aunque la peor parte se la llevó Hayden. Al ser el más bajo, tuvo que someterse a cirugías de alargamiento óseo —añadió Cayden.
—Tu abuelo nos creó para ser iguales, Katrina —comentó Hayden con dolor en la voz—. Peso, altura, constitución. Lo único que no pudo cambiar fue el color de ojos y porque accedimos a ponernos lentillas; de no ser así, también nos hubiera hecho pasar por esa operación.
—Al ser tan riesgosa, su idea era probar con uno, y si funcionaba bien, seguiría con el otro —añadió Rayden.
A esas alturas mis lágrimas ya caían libres, mi mano tapaba mis sollozos y mi cuerpo temblaba de dolor por ellos; por lo que habían sufrido, por lo que les habían hecho. Aun así, me armé de valor e hice la pregunta que podría terminar de romper mi mundo.
—¿Mi padre lo sabía?
Ellos se miraron. Mantuvieron lo que parecía una conversación silenciosa hasta que fue Rayden el que suspiró y respondió.
—Al principio pensábamos que sí. Que estaba al corriente de todo.
—¿Pero…?
—Pero ahora tenemos nuestras dudas. Él sabe que somos tres, eso seguro. Aunque no te puedo confirmar si estaba al corriente de todas las operaciones, ya que cuando comenzó a adiestrarnos ya habíamos pasado por todo el proceso.
No sabía cómo sentirme, si esa respuesta me consolaba o no. Él sabía que eran tres, conocía la verdad sobre ellos y no me dijo nada.
Volví a tumbarme con la cabeza a punto de explotar. Ellos se acostaron conmigo y me abrazaron; incluso Hayden se unió y se tumbó sobre mi pelvis.
—¿Qué recuerdas de esa noche? —preguntó de repente.
Suspiré e intenté hacer memoria.
—Recuerdo haber ido con Valery a llevaros comida. Iba a ir sola, pero me encontré con el idiota de Oliver.
—Y…
—Nada. Cuando llegamos, entré y os busqué.
Recuerdo haber encontrado sangre en la cocina y asustarme.
Poco después, todo se llenó de llamas. Intenté arrastrar a Valery fuera de ahí, pero no pude —expliqué mientras acariciaba la pulsera con nerviosismo—.
Todas las salidas estaban bloqueadas, había mucho fuego y me desmayé por el humo.
—¿Entonces cómo salisteis? —consultó Rayden.
—El chico que murió.
—¿Parker?
—Sí. Mi padre me contó que fue él quien nos salvó. Arrastró nuestros cuerpos fuera de la casa, pero sus heridas eran demasiado graves y al siguiente día murió.
—No tiene sentido. ¿Qué hacía Parker ahí? —dijo Cayden
—¿Casualidad? Mi padre me dijo que justo pasaba por ahí.
—Nena, no creo mucho en las casualidades; y cuando vienen de la mano de tu familia, menos aún.
Tras esas palabras de Cayden, los cuatro nos quedamos en silencio. Me mantuve pensativa, preguntándome qué tanto había detrás que no me había contado; qué era lo que mi abuelo había tenido que ver; qué tanto sabía mi padre.
Nos mantuvimos así durante un rato, con cada uno de ellos acariciando mi cuerpo en una zona y de distintas maneras, aunque para nada sexual.
Parecía que eso los relajaba, como si el saber que me tenían a su lado fuera lo que necesitaban, lo que deseaban, lo que los consolara.
Y yo me dejé. Permití que me utilizaran como prefirieran hasta que un estruendo nos sobresaltó.
Escuchamos como alguien golpeaba la puerta principal con urgencia y desespero. Los chicos fueron los primeros en ponerse de pie y salir, cogiendo cada uno con un arma distinta de la mesilla. Menos Hayden; él solo silbó y la sombra negra pasó por el pasillo para ir tras él.
Sonreí y negué con la cabeza mientras me levantaba. Parecía que Ubiytsa se había encariñado mucho con Hayden y lo único que yo podía preguntarme era qué le parecería eso a cierta persona.
Me coloqué una camisa que encontré a un lado y bajé las escaleras con sigilo, escuchando y preparándome para cualquier cosa que me pudiera encontrar, pero nunca para lo que apareció frente a mí.
Mi madre se encontraba en el rellano, con los tres a su alrededor e indicando no sé qué cosas. La recorrí con la mirada; estaba sudada, con el vestido rasgado y la respiración acelerada. Corrí hacia ella, con la preocupación golpeando cada célula de mi ser.
—Cayden y yo iremos a ocuparnos de ellos. Hayden, quédate y asegúrate de que nadie entre.
Fue todo lo que pude escuchar antes de verlos partir. Hayden cogió el móvil y las puertas y ventanas se blindaron.
—Mamá.
Mi llamada hizo que su mirada fuera en mi dirección. Sus ojos se llenaron de lágrimas y se tiró a mis brazos.
—Oh, mi niña. Estás bien, no te han llevado —lloró en mi hombro.
—¿Llevarme? ¿Pero qué dices? ¿Qué ha sucedido? ¿Dónde está papá? ¿Y Valery?
No me respondió, solo me estrechó contra su pecho y lloró con más fuerza.
—Vamos. Os llevaré a la sala de seguridad. Desde ahí puedo ayudar a los chicos y vosotras pueden conversar tranquilas.
No discutí. Por una vez hice caso. Cogí a mi madre del brazo y la ayudé a seguir a Hayden, sin saber a dónde narices nos dirigíamos.