CAPÍTULO 35
Rayden
Se dice que los calmados son los peores. Que cuando perdemos los estribos o nos enfadamos podemos provocar más dolor y destrucción que el mismísimo caos.
Yo era la prueba de ello.
Le di la mano a mi princesa para levantarla del charco de sangre donde se encontraba tumbada.
Haber visto cómo Hayden se la follaba sobre él había sido de lo más placentero.
Nunca había imaginado que una escena así me pudiera poner tanto.
Pero nada mejor que verla a ella sola, desnuda y con el cabello rubio, ahora casi rojo, desparramado sobre el charco.
Ni el mismísimo Jackson Pollock habría podido pintar algo mejor.
La atraje contra mi pecho y me senté en la silla, de espaldas a Raúl, pero con ella mirando en esa dirección.
—Dime, mi princesa. ¿Qué quieres hacer con él? —pregunté mientras apartaba algunos mechones pegados a su rostro.
Katrina levantó los ojos y lo observó. Raúl se encontraba ya bastante magullado, obra de Cayden, pero aún respiraba.
Aún podía ver lo que había sucedido. Su mirada desesperada así lo demostraba, y en un momento de lucidez o estupidez, consiguió alzar la cabeza y devolverle la mirada desafiante a Katrina.
—No puedes tocarme —pronunció él, con dificultad.
—¿Ah, no? ¿Y eso por qué? —inquirí sin molestarme en girarme.
—Porque soy parte del consejo.
Sus palabras hicieron que Katrina se tensara. Por su rostro pasó la duda, el recuerdo de todas esas normas, todas esas reglas que la habían mantenido encadenada.
Cogí su rostro y apreté su mentón, haciendo que volviera a mí.
—Aquí no hay reglamento —dije con dureza.
—Pero…
—Sin peros. Esas cadenas ya no están, todas esas pautas arcaicas no existen; se esfumaron en el momento en que te hicimos nuestra.
Volvió a sonreír y asintió. Cerró los ojos, cogió aire y volvió a mirarlo con fijeza.
—Quiero que le cortes la polla —dijo con confianza.
—¿Eso es todo? —preguntó Cayden incrédulo.
No lo juzgaba; yo también estaba un poco desconcertado. Mucho más después de ver la que había provocado con su mascota. A la cual, sin duda, a partir de ese momento le tendría más respeto.
—No. No quiero que muera desangrado por eso.
Quiero que le cortes el pene y hagas que se lo coma, pero quiero ver cómo lo mastica, cómo lo degusta para luego tragárselo.
Y una vez lo haya comido todo, quiero que le abras en canal, saques su estómago y lo vacíes delante de sus ojos, para luego volver a dárselo de comer.
Mi polla se agitó bajo sus palabras. Ella lo sintió y sus ojos volvieron a mí. Su cadera se movió contra la mía, dándome ese dulce y caliente roce que tanto ansiaba.
La levanté un poco, lo justo para poder acomodarme, y la volví a sentar sobre mí.
Ella me acogió con la misma fuerza, lujuria y placer que la última vez, consiguiendo que mi piel se erizara, mi respiración se agitara y mi muro mental se rajara, rogando por liberar esa parte que tanto me esforzaba por controlar.
—No puedes… No… —comenzó a rogar Raúl.
Sus palabras fueron sustituidas por su grito.
Mi princesa abrió los ojos de golpe, pero en ellos no había terror, miedo o preocupación. En ellos había placer y no solo el que yo le estaba dando.
Katrina me cabalgó como si fuera el primero. Parecía que no hubiera pasado por los otros dos antes. Me sentía el único. Mis manos iban desde sus caderas, por su espalda, su cabello… Lo recorrí todo. Acaricié cada rincón, cada curva, cada milímetro de su piel.
El olor a carne quemada junto con un grito llegó desde detrás.
La escena era del todo exótica, ya que los movimientos de Katrina fueron en aumento.
Su mano viajó hasta mi nuca, se enterró en mi cabello y tiró de mi cabeza hacia atrás.
Sus labios fueron directos a los míos; dándome un beso feroz, desesperado, aplastante.
Parecía que no tenía suficiente, que buscaba algo de mí que yo no le estaba dando. Sus dientes mordieron mi mentón, hasta hacerme sisear, dejándome una marca. Su huella en mi piel.
No lo pude soportar más; la barrera se rompió, desintegrándose en miles de pedazos, dejando suelta a la bestia que ella pedía.
Le devolví el gesto. Tiré de su cabello hacia atrás, la mordí y fui directo a sus pechos.
Los chupé, lamí, comí… Les hice todo lo que pude y más, adorándolos como un animal.
Y ella lo disfrutó. Lo hizo mientras no dejaba de aullar, de gemir y gritar a la vez que bajaba y subía, restregando su centro contra mi pelvis.
—Abre los ojos, nena. No te puedes perder esto.
La voz de Cayden interrumpió nuestra locura. Katrina ralentizó sus acometidas y lo observó. Yo la miraba a ella. Cautivado, embobado por el brillo de sus ojos.
—No se lo va a perder —dije con la voz rasposa—. Ninguno lo haremos.
Sus mares viajaron hasta mí. Le sonreí y me incorporé. Con un movimiento rápido le di la vuelta y me puse a su espalda. La dejé con la mitad de su cuerpo apoyado en la silla y la otra mitad levantada para mí.
Sin decir nada más, me volví a enterrar en ella. La penetré con tal fuerza y tan dentro que su cabeza cayó hacia delante. Cogí su cabello y volví a levantarla; entretanto, seguía moviéndome.
—Mira, mi princesa. Observa lo que ocasionas.
Cayden se encontraba delante, con una sonrisa engreída y una bandeja en la mano.
En ella se encontraba la polla de Raúl cortada en trozos.
Este no dejaba de balbucear, rogar y pedir clemencia.
Sin embargo, sus ruegos no eran escuchados, porque nuestros gemidos eran lo único que se oía, lo único que importaba.
Entre embestida y embestida, vi cómo Cayden metía los trozos de carne en su boca a la fuerza y le obligaba a tragárselos.
Raúl intentó resistirse, escupirlos, vomitarlos…
Incluso se atragantó varias veces, pero su verdugo era indomable y tremendamente testarudo.
Más cuando lo movía algo tan fuerte, algo tan poderoso como la orden de Katrina.
Cuando Cayden hizo que se terminara hasta el último trozo, tiró la bandeja y sacó un cuchillo de carnicero de su espalda.
Katrina, al verlo, se sacudió y jadeó. Podía sentir cómo no le quedaba nada, su cuerpo ya no soportaba más placer, pero no iba a dejar que se rindiera así de fácil.
Iba a hacer que sufriera, que resistiera y que peleara contra ella misma.
Cayden clavó el filo del cuchillo en el vientre de su víctima. Yo coloqué mi mano en el mismo punto que el de Katrina, siguiendo los movimientos de mi sombra. Viendo e imitando el recorrido que hacía su arma y cómo abría a su enemigo de lado a lado en busca de ese órgano solicitado.
Katrina se estremecía en cada caricia. Su piel se erizaba y sus brazos temblaban, gritando con la poca fuerza que le quedaba.
Bajé hasta llegar a su centro y le di un golpe sonoro, haciéndola chillar, aferrándose a la madera incluso con las uñas.
Dejé caer mi torso sobre su espalda hasta que mis labios quedaron en su oído.
—Vas a resistir. Vas a aguantar hasta que Cayden termine.
—No… No puedo más —rogó con lágrimas surcando sus mejillas.
La ignoré y continué con mi asalto. Mis dedos hacían círculos en su clítoris mientras mi polla entraba y salía de su interior, mientras Cayden terminaba de sacar el estómago de Raúl de su sitio.
Este, al verlo, palideció. Sudor frío comenzó a caer por su frente; sus brazos ya no soportaban su peso y colgaban de las cadenas sin resistencia alguna.
Las náuseas se apoderaron de él cuando mi socio llevó parte del interior de su estómago a sus labios.
Intentó resistirse. Aunque las fuerzas le fallaron, ya no tenía energía para más.
Ya no le quedaba casi sangre en el cuerpo y sus ojos se iban cerrando poco a poco.
Cayden lo obligó a abrir la boca e incluso lo hizo masticar.
Sin embargo, el tragar era casi imposible.
La falta de sangre y la desconexión de su estómago interrumpían la acción.
Tanto que las arcadas fueron recurrentes, pero él no se rindió.
No lo hizo hasta que Raúl empezó a convulsionar y el resto de sus órganos comenzaron a fallar.
Verlo ahí colgado, desnudo, con su pecho abierto y el estómago en el suelo, mientras la sangre corría por él, era una escena de lo más excitante. Sentí cómo mi polla se hinchó de nuevo, a medida que ella me apretaba e intentaba retener ese orgasmo que juraba destrozarla.
Le di otro golpe en el clítoris y por poco cae de la silla.
Sus brazos ya no portaban más y su mente estaba al límite de caer rendida.
Con la mano libre que me quedaba, volví a cogerla del cabello mientras mis caricias sobre su centro se intensificaban y mis embestidas eran más bruscas, más profundas.
—Vas a correrte, pero lo harás mirando a tu víctima. Viendo de lo que eres capaz.
Casi no pude terminar mis palabras. Su interior me apretó de tal manera que me llevó con ella a la locura.
Nos corrimos, gritando al unísono y viendo cómo se desplomaba casi inocente sobre la silla.
Le di un par de embestidas más hasta que sentí que ya no me quedaba nada dentro y la levanté por la cintura.
Casi no podía abrir los ojos, tenía las rodillas magulladas del roce contra la madera y sus uñas tenían restos de ella con mezcla de sangre seca.
Su rostro, cabello y cuerpo eran prácticamente rojos, pero lo más hermoso de todo era lo que corría por sus muslos.
La culminación de nosotros, la prueba de nuestra unión, la firma de lo perpetuo.