CAPÍTULO 34
Hayden
Observé completamente maravillado cómo la mujer sobre mí posaba la mirada sobre el tal Máximo, con esos ojos bañados de peligro y pasión.
—¿Qué le quieres hacer? —pregunté con un beso en su mandíbula.
Me miró, dejando fija su mirada en la mía, y me sonrió de tal manera que por poco me corro sin necesidad de hacer nada.
Cayden liberó su cintura. La cogí por las nalgas y la ayudé a enredar las piernas en mi cuerpo. Katrina soltó el puñal, dejándolo caer al suelo y haciendo que resonara en la estancia.
Enterró su mano llena de sangre en mi cabello para luego pasearla a lo largo de mi mandíbula hasta mi labio inferior.
Debería haberme dado asco y decirle que no lo hiciera, que no pasara su mano, que segundos antes estuvo en el interior de otra persona, por mí. Sin embargo, era incapaz. Esos movimientos, junto con su mirada, me tenían absorbido por completo.
—Me encantaría desmembrarlo —dijo despacio—. Hacer que Ubiytsa le arrancara miembro por miembro mientras tú consigues que mis gemidos sean más altos que sus gritos.
«Me cago en la puta».
Mi nuez se movió. Me costó tragar mientras terminaba de digerir sus palabras.
—Pero como no está aquí…
—¿Quién dijo que no? —la corté.
Me hubiese reído de su cara de asombro si no hubiera estado tan cachondo.
Hice a un lado el rostro y silbé. El ruido no fue fuerte ni largo, pero lo suficiente para conseguir lo que quería. Pocos segundos después se sintieron pisadas y la escalera comenzó a crujir bajo su peso.
Katrina giró su cuerpo y sus ojos se iluminaron.
Ubiytsa bajaba con el porte de una diosa.
Lenta. Calculada. Su pelaje brillaba como la noche más oscura y sus ojos resplandecían como dos mares infinitos, listos para tragarte.
Su boca se abrió y su nariz se arrugó. Enseñó esos blancos y relucientes colmillos y un rugido, bajo pero letal, salió de ella.
—No, no, no… —Comenzó a balbucear Máximo por detrás.
Katrina no le prestó la más mínima atención a sus súplicas. Volvió a mirarme y estalló sus labios contra los míos. Me besó de forma apasionada, levantando las caderas para colocar su centro en mi punta.
Le devolví el beso con la misma intensidad mientras la ayudaba a entrar en su interior. Me acogió con la misma calidez que lo había hecho siempre. Con esa calidez de la cual no me cansaba, por la cual enloquecía y sin la cual no viviría.
Por el rabillo del ojo veía cómo Ubiytsa se acercaba lentamente, sin dejar de gruñirle ni enseñarle los dientes al hombre detrás de mí. Cuando estuvo a nuestro lado, rompí el beso que nos tenía absorbidos y dije la palabra que desataría nuestra locura.
—Zabít.
No hizo falta más. Aún seguía sin saber el cómo, ni el porqué, pero en ese tiempo cuidando de ella, saliendo a cazar y dándole de comer, había aprendido que no le hacían falta más explicaciones.
Ubiytsa siempre sabía lo que querías que hiciera.
Era como si estuviese metida en tu cabeza, como si se fundiera contigo.
Siempre comprendía lo que deseabas y la manera en la que tenía que matar a su presa.
Saltó directa a una de sus piernas, enterrando sus colmillos en ella, y se escuchó cómo sus huesos se partían bajo su mordida.
Enterré una mano en el cabello largo y sedoso de Katrina y comencé a moverme, entrando en su interior con fuerza, haciendo que subiera y bajara por mi falo, rozando su pecho con el mío, apretando su punto contra mi pelvis.
—Katrina… por favor…
Escuchar los ruegos de ese desgraciado hizo que mi sangre hirviera.
No era así como tenía que suceder, así que me salí de ella y la tumbé en el suelo frío y lleno de sangre con un golpe brusco.
Volví a enganchar sus piernas en mi cintura y rasgué la parte superior de su vestido, dejando sus pechos al aire.
En esa posición la penetré otra vez, enterrándome hasta que no se sabía dónde acababa ella y dónde empezaba yo.
Llevé mis labios hasta sus pechos y los devoré.
Mordí su pezón mientras apretaba el otro.
Katrina se dobló del placer, con sus gritos aumentando cada vez más.
Con sus aullidos tapando los alaridos de la víctima.
De repente, algo cayó a nuestro lado, salpicándonos con la sangre sobre la que estábamos. Aparté por un momento la mirada de mi diosa y lo que vi me dejó estupefacto del asombro y el placer. Sonreí, cogí a Katrina por la mejilla y giré su rostro para que viera lo mismo que yo.
—Mira a nuestra depredadora —susurré. Porque sí, ya era mía también. Ubiytsa se había convertido en parte de mí, tanto como lo era Katrina.
Ella observó; sus labios se estiraron, dejando ver esa hermosa hilera de dientes.
—Sigue. No pares —suplicó con la mirada aún clavada en lo que quedaba de Máximo.
Le hice caso. Volví a moverme, a follármela a la vez que deslumbrábamos la maravilla que hacía nuestra pequeña bestia.
Máximo ya no tenía piernas. En su lugar había dos muñones, de los cuales colgaban trozos de carne y piel mal seccionados.
Su pecho tenía marca de las garras de Ubiytsa, que estaba colgada de él, mordiendo y arrancando su hombro del lugar.
Una vez acabó y su cuerpo quedó colgado de un solo brazo, no se tambaleó, no dudó.
Ubiytsa enterró con más fuerza sus garras en el pecho de su víctima y fue a por el otro hombro.
La imagen era un baño de sangre.
Una pintura sin acabar.
Una sinfonía sin final.
Katrina clavó sus uñas en mi espalda, tal y como hacía su bestia, y empujó la cadera de una manera que consiguió hacer que mi falo llegara a ese punto tan dulce. Ese que era de ida sin retorno.
La electricidad comenzó a correrme justo en el mismo instante en que el cuerpo de Máximo, o lo que quedaba de él, golpeó el suelo, con Ubiytsa aún encima.
Levanté la mirada a las cadenas, de las cuales ya solo colgaban sus brazos; el resto estaba repartido en partes, exceptuando la cabeza, que aún seguía pegada a su tronco.
Otra vez ella lo entendió. Volvió a gruñir, su boca se abrió y se insertó en su cuello.
Su cavidad era tan grande que lo cubría por completo.
Los colmillos superiores se enterraron en su carne como si de una hoja se tratara.
Los de abajo no se quedaron atrás, y con un rugido tapado, sus fauces se cerraron, haciendo presión entre ellas y arrancando la cabeza de un solo mordisco.
No sabría cómo describir la imagen. Lo que ocurrió ante mis ojos, sumado a lo que recorría mi cuerpo, era una sensación imposible de nombrar.
Así fue como me corrí y Katrina lo hizo conmigo, doblando su espalda sobre el charco de sangre, arañando la mía y mordiendo mi clavícula.
Todo mi ser se estremeció tanto que era incapaz de parar; seguí golpeando su centro hasta que vi cómo caía sin aliento.
En cuanto acabó su trabajo, Ubiytsa se apartó de su víctima.
Ya no era la terrible y despeinada asesina; de repente se convirtió en un gatito, ronroneando y restregando la cabeza por mi espalda.
Se arrastró hasta que su enorme cabeza empezó a golpear la mía, rogando cariño, buscando llegar a su dueña.
Katrina y yo nos reímos, pero me aparté. Me levanté un poco y le di el acceso que tanto estaba solicitando. Mi diosa levantó la mano y acarició su pelaje mientras ella seguía ronroneando y frotándose contra su rostro.
—Buena chica —la elogió Katrina y acarició su cuello.
Eso hizo que ronroneara con más fuerza y su ímpetu por apartarme fuera mayor, por lo que no me dejó más remedio que incorporarme, permitiendo que prácticamente se le echara encima.
—Pero has acabado hecha un desastre —comentó entre risas sin dejarla salirse con la suya.
—Tranquila, mi diosa, le daré un baño entre lo que tú acabas aquí.
—¿La vas a bañar? —preguntó incrédula.
—Puf, ni que fuera la primera vez. A ver quién te piensas que la ha mantenido así de bonita. Vamos, Ubiytsa, después del baño te daré uno de los brazos para que te lo comas.
Ella, como si entendiera cada una de mis palabras, alzó la vista y sus ojos brillaron con lo que parecía aceptación. Le permitió una última caricia a su dueña y me siguió escaleras arriba.
Atrás dejamos el desastre que habíamos hecho, con la satisfacción de saber que lo mejor estaba por venir. Más cuando lo escuché a él.
Rayden.
—Bueno, Raúl, hemos dejado lo mejor para el final.