CAPÍTULO 31
Cayden
Ver cómo la acariciaba me daba ganas de cortarle las manos. Arrancárselas lentamente y metérselas por el culo. Sin embargo, sabía que no podía hacerlo. Aunque los detestaba, eran tan parte de mí como yo mismo.
Los tres formábamos uno.
Rayden era la estrategia, el pilar que nos mantenía. Por eso su tatuaje estaba en el medio.
Hayden era el cerebro. Nunca en mi vida me había topado con alguien tan inteligente como él. Ni tan bocazas, ni plasta, ni metiche… Su tatuaje estaba a la derecha.
Yo era el caos. La destrucción personificada. Era a quien llamabas cuando solo buscabas la muerte. El mío estaba a la izquierda.
Nuestra unión era lo único bueno que habíamos sacado de ese sitio.
Bueno, y a ella. La misma niña que nos aseguraron que nos había traicionado.
Que nos había condenado a la muerte. Y sin embargo, seguíamos enamorados de ella.
Buscándola año tras año, con el pretexto de una venganza que sabíamos que nunca cumpliríamos.
Toda la culpa era suya. Era el responsable de que ella estuviera en esa situación.
De que hubiese perdido toda esperanza, que se hubiese conformado con una vida que no merecía.
De que nosotros no hubiésemos sido capaces de sacarla…
Recordar esa maldita noche hacía que me hirviera la sangre hasta casi evaporarla.
—Tenemos los tres claro el plan, ¿no? —dijo Rayden por décima vez.
—Que sí, pesado —respondí exasperado.
Llevábamos tiempo hablándolo y sabíamos que no iba a ser fácil; sin embargo, íbamos a intentarlo. Lo haríamos la cantidad de veces que hiciera falta.
Lo haríamos por ella. Por nosotros.
Caminamos por el sendero más alejado de la propiedad, rumbo a la casa abandonada donde nos solíamos encontrar.
La primera vez fue pura coincidencia; el resto había sido a propósito.
Nos había conquistado con esa mirada de cervatillo y esos ojos tan azules como el mar más puro.
Desde esa tarde habíamos ido todos los días hasta que por fin volvió.
Entramos a la casa por la puerta trasera como siempre.
Revisamos que estuviera vacía y aguardamos.
Estábamos más nerviosos de lo normal. Rayden no paraba de dar vueltas, pensando y calculando las posibles fallas de su plan.
Hayden estaba en silencio, revisando una y otra vez la táblet que había logrado robar mientras acariciaba la pequeña pulsera de cuentas que llevaba en la muñeca.
Bajé la mirada hasta la mía y la acaricié con cuidado. Ese simple objeto lo había cambiado todo. Nos había hecho tomar la decisión e intentarlo, o por lo menos saber que moriríamos por lograrlo.
Un ruido llamó nuestra atención. Venía de la puerta principal. Selina nunca entraba por ahí, y al escuchar con más calma nos dimos cuenta de que no era ella. Las pisadas eran demasiado pesadas, los susurros masculinos y se notaba que eran más de uno.
Nos agachamos en un rincón, tras la puerta de la cocina. Rayden se asomó con cuidado, pero desde su posición, solo podía ver que estaban en la entrada.
—¿Cómo no los viste por las cámaras? —le susurré a Hayden.
—El sendero a esta casa no tiene cámaras, ¿recuerdas?
—Shhh. Van a escucharos. Lo mejor será salir antes de que nos vean.
—¿Y Selina? No pienso abandonarla.
—No lo haremos, Cayden. La esperaremos en el sendero por el que siempre se marcha y la interceptaremos antes de llegar.
—¿Y el plan? —interrumpió Hayden.
—Sigue en pie. Vamos a sacarla de este agujero. Le daremos la vida con la que siempre ha soñado.
Tras las palabras de Rayden, los tres asentimos. Nos dimos la vuelta, listos para volver a salir e ir a por ella, pero no logramos dar muchos pasos antes de que todo se fuera a la mierda.
El primero en caer fue Rayden. Un golpe en la cabeza lo había dejado inconsciente y sangrando en el suelo. El hombre detrás de él sostenía un hierro de chimenea mohoso.
—¿A dónde creéis que vais, mocosos?
—A matarte —le dije y me lancé a por él; mientras tanto, Hayden intentaba llegar a Rayden.
No me fue muy difícil tumbarlo; debido a mi edad, todos me subestimaban, pero era muy bueno en el cuerpo a cuerpo. Le partí el brazo por la mitad, aproveché su dolor y me posicioné en su espalda. Cogí un cristal roto del suelo y lo llevé hasta su garganta. Estaba listo para cortarle la yugular.
—Te agradecería que te estuvieras quieto. A no ser que quieras ver morir a tus amigos.
La voz hizo que alzara la mirada. Otro hombre tenía a Hayden de rodillas con Rayden en su regazo.
Tenía el cañón de su pistola presionando su sien.
Apreté la mandíbula, mas no retrocedí. Mi mano sostenía firme el cristal contra la garganta de mi enemigo.
Sin embargo, cuando vi que su dedo se doblaba sobre el gatillo…
—Vale —dije alzando las manos y tirando el cristal al suelo.
—Buena elección. ¿Puedes moverte? —le preguntó al otro tipo.
Este hizo una mueca, pero se incorporó para ponerse a mi espalda. En cuanto lo hizo, el hombre armado le dio un golpe con la culata a Hayden, dejándolo tan inconsciente como a Rayden. Apreté los puños hasta clavarme las uñas mientras grababa a fuego su rostro. Sería el primero que mataría.
—Ella os manda saludos —susurró el hombre en mi espalda.
Abrí los ojos de puro shock, pero antes de poder tan siquiera reaccionar, me dio un golpe, volviendo todo negro.
—Cayden. Cayden despierta.
—A ver si lo fue a dejar más tonto…
—Tonto te voy a dejar yo a ti, pero de la hostia —mascullé como pude.
—Pfff, está perfecto. Vaya desperdicio de golpe.
—Cállate, Hayden.
—¿Dónde estamos? —pregunté ignorándolos.
—No lo sabemos. Parece algún tipo de celda de aislamiento o algo así.
—Da igual dónde estemos. Tenemos que salir. No sabemos si la atraparon o no —comentó Hayden.
Suspiré y observé a mi alrededor. Una habitación, con una única puerta blindada, sin ventanas ni rejas. Solo había tres camas que parecían hechas de piedra y un inodoro a un lado. Las palabras del tipo me vinieron a la mente. Me froté la frente dolorida y me dejé caer en el suelo.
—¡¿Qué haces?! ¡Muévete! Tenemos que ir a salvarla —insistió Hayden.
—Dijo que ella nos mandaba saludos.
—¿Qué? —preguntaron al unísono.
Tan solo me miraron fijamente y yo les devolví el gesto. No tenía claro hasta qué punto me lo creía, pero sabía que no había escuchado mal. Suspiré y abrí la boca para contestar, pero me quedé con las palabras sin salir cuando la puerta se abrió.
Por ella entró la última persona que esperábamos ver. Roderik Adamik, padre de Ramsel y actual líder de la organización. El hombre que más detestábamos.
—Por fin estáis despiertos.
—¿A dónde nos has traído? —rugió Rayden.
—¿Esa es tu manera de darme las gracias? Si no fuera por mí, estaríais los tres muertos.
—¿De qué hablas? —interrogó Hayden.
—De esto —dijo y lanzó a sus pies una pulsera de cuentas rojas.
La observamos, y al ver que la teníamos puesta, la ira me nubló.
—¡¿Qué le has hecho?!
—Tranquilo, Cayden. No le he hecho nada, fue ella quien os vendió al consejo y los ayudó a tenderos una trampa. Suerte que llegué a tiempo para sacaros del incendio; de no ser así, ahora no estaríais aquí.
—No, Selina jamás nos haría eso —murmuró Hayden mientras cogía la pulsera del suelo.
Roderik soltó una carcajada con tal fuerza que terminó con las manos sujetando su pecho.
—¿Selina? ¿Así os dijo que se llamaba? Por favor, ese ni siquiera es su nombre.
—No tiene sentido —dije—. ¿Por qué haría algo así?
—Es que no la visteis. Es una niña gorda, inútil y blanda. Necesitaba ganar puntos con el consejo para que no la pusieran de patitas en la calle y vosotros fuisteis sus chivos expiatorios.
—¿Por qué íbamos a creerte? —preguntó Rayden.
Roderik se puso serio y adoptó esa postura que lo hacía el hombre tan temible que era.
—Porque me sois útiles. Juntos sois la máquina perfecta de matar. Y esa es la única razón por la cual convencí al consejo. Así que, a partir de ahora, viviréis, comeréis y cagaréis aquí. Se acabaron las excursiones y los planes de huida.
Nos mantuvimos en silencio. No teníamos claro si lo que nos contaba Roderik era cierto o no, pero coincidía con lo que me habían dicho los otros hombres. Y también tenía claro que no mentía cuando decía que le éramos útiles; de no ser así, ya habríamos muerto en ese internado hace años.
Al ver que no decíamos nada, Roderik negó con la cabeza y se dio la vuelta para marcharse. Aunque antes de hacerlo, dijo lo que nos cambiaría para siempre.
—A partir de ahora sois uno. Se acabó Cayden, Rayden y Hayden. Desde hoy, solo existirá Aiden.
Dicho eso, se marchó sin mirar atrás, cerrando la puerta con pestillo por fuera, y tan solo nos observamos con fijeza haciendo un juramento silencioso.
«Lo pagará. Todos lo harán y ella será la primera».