Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Rayden

Su rostro pasó por tantas expresiones. Tantos sentimientos mezclándose. Sorpresa, incredulidad, incomprensión, tristeza, enfado, alegría, hasta llegar a la ira. Ese fue con el que se quedó.

—¡Soltadme, cabrones de mierda! —gritó con rabia, revolviéndose en la silla.

—Aún no, pequeña folium —respondí con calma.

—No hasta que recuerdes —añadió Cayden.

—No hasta que asumas la realidad —concluyó Hayden.

Nos miró fijamente, sin comprender lo que sucedía. Haciéndose mil preguntas en su mente. Peleando por ver cuál de todas ellas hacía.

—¿Qué realidad? —interrogó en casi un susurro.

—Que nos perteneces —contesté.

Su ataque de risa fue tan fuerte que retumbó en las paredes mohosas y llenas de verdín.

—¿Qué os hace creer tal cosa? ¿Que folláramos? Lo he hecho con muchos. Vosotros no sois más que un número.

La sangre me hirvió. Apreté los puños con la mandíbula tensa.

Sabía que lo único que quería era provocarnos.

Se notaba en su mirada, y no pensaba dejar que se saliera con la suya.

Hayden también se dio cuenta y aunque la ira lo consumía tanto como a mí, no entró en su juego.

Cayden, sin embargo… él era carne de cañón para sus provocaciones.

Casi no lo vimos moverse; se abalanzó sobre ella, la cogió por la garganta y la echó hacia atrás. Katrina quedó apoyada en las patas traseras de la silla, con un hombre que parecía más una bestia sosteniendo su vida.

—¿Un número? ¿Crees que somos un puto número? —dijo iracundo.

Katrina, lejos de amedrentarse por su presencia, estiró el cuello todo lo que pudo hasta que su rostro quedó a milímetros de él.

—Un número —repitió—. Y si tanto quieres saberlo, sois uno tan elevado que hace tiempo dejé de contar.

—¡¡Joder!! —gritó Cayden mientras volvía a poner la silla en el sitio.

Ella sonrió victoriosa al verlo perder los estribos y ser incapaz de pagarla con ella. Lo seguía con la mirada, entretanto él daba vueltas como un león enjaulado y maldecía en italiano todo lo que se le ocurría.

Mis labios se estiraron. Di un paso hasta ella y doblé mi cuerpo para estar a su altura.

Su atención fue directa hacia mí.

—Veamos si ahora sonríes tanto. ¡Hayden!

Con solo mencionar su nombre, este sacó su táblet, tocó unos botones y las luces a nuestro alrededor se encendieron. Los ojos de Katrina casi se salen de sus cuencas. Entonces éramos nosotros los que sonreíamos victoriosos.

Detrás se encontraban cuatro hombres. Todos ellos desnudos y encadenados, colgando del techo e inconscientes.

—¿Qué…?

—Es hora de despertarlos —anuncié.

Hayden volvió a tocar su pantalla y en ese momento una corriente de electricidad recorrió las cadenas. Los cuatro temblaron y se despertaron gritando. Lo hicieron hasta que, con una señal mía, Hayden cortó la corriente.

—Te presento a una parte de tus números. Entre ellos, por supuesto, el idiota con el que te ibas a acostar hace unas semanas.

—¿Semanas? ¿Acabas de decir semanas? —dijo completamente pálida.

—Sí, ha dicho semanas. Llevas todo ese tiempo dormida y a nuestra merced —contestó Cayden con rabia.

—Estáis locos —susurró.

—Él más que ninguno de nosotros —masculló Hayden, lo que consiguió una mirada rabiosa del susodicho.

—Centrémonos, tenemos mucho que hacer.

—¿Qué tenéis que hacer?

—Terminar de romperte.

No respondió, así que seguí hablando, dando vueltas a su alrededor.

—Verás, mientras tú pegabas esa cabezadita, nosotros nos hemos entretenido de lo lindo contigo. Te hemos duchado, vestido, desnudado… —susurré en su oído—. Pero tranquila, lo hemos grabado para que puedas disfrutarlo.

Me fulminó con la mirada, pero yo le sonreí y le hice un gesto a Hayden. Este volvió a hacer su magia y la pantalla a nuestro lado se encendió. En ella aparecieron imágenes de los cuatro juntos, con sonido incluido.

Katrina observaba el video con un sentimiento que no era capaz de descifrar. Su pecho subía y bajaba por la agitación. La rabia, la cólera y el dolor empezaron a hacer mella en su bello rostro.

—Como puedes ver, hasta dormida disfrutas de nuestras pollas —comentó Cayden.

Eso fue lo que la hizo salir de su estado. Sin embargo, no nos gritó, ni descargó el enfado con nosotros.

—¿Por qué?

—¿No lo ves? Ahí eres libre —expliqué señalando la pantalla—. En ese video eres la mujer que siempre has querido ser. Sin esas putas cadenas que te impusieron.

—Y porque eres nuestra —masculló Cayden.

—También. Pero sobre todo porque con nosotros no te hace falta ser quien no quieres. Ahora tú y ese demonio que guardas dentro sois libres, sin normas, sin protocolos, sin barrotes. Nada. Solo tú, nosotros y tus enemigos.

Me miró con fijeza. Podía ver sus dudas. Cómo sus ojos se desviaban a la pantalla y volvían a mí. Sin embargo, también podía deslumbrar la fractura. La pequeña grieta que habíamos abierto.

Caminé con paso firme hasta ella y me puse en su espalda. Abrí las manos y las bajé con lentitud desde sus hombros hasta sus muñecas amarradas.

—Y ahora, para que puedas ver que no mentimos, voy a soltarte. No vas a intentar irte, ni a luchar contra nosotros. Nos vas a ayudar.

—¿A qué?

—A reducir números.