Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Katrina

—Esta es la estación que más me gusta.

—¿El otoño? Si es la más aburrida de todas. A mí me gusta el verano; es más divertido.

—Pues yo prefiero el infierno.

—Claro, helado como tu corazón.

Ese comentario se ganó una mirada gélida como respuesta. No pude evitar reírme. Sus discusiones siempre me parecían graciosas.

—¿Y a ti, Rayden? ¿Cuál te gusta más?

—No tengo una favorita. Para mí todas son iguales —respondió.

Volví a sonreír. Me encantaba estar con ellos, aunque tuviese que aguantar sus peleas o pasotismos. Mejor que lo que me esperaba en casa.

Sentía el cuerpo pesado, la mente nublada y los ojos tan cansados que me era imposible abrir los párpados. Tenía la sensación de estar volando, levitando a través de la brisa y cayendo suavemente sobre el agua. Intenté moverme, abrir los ojos, aunque sea un poco.

—Shhh. Aún no. Sigue durmiendo —me susurró al oído.

Conocía la voz. Era Aiden. Quise decirle algo, preguntarle dónde estaba o qué había sucedido, pero no pude. El cansancio era demasiado fuerte y volví a caer en la oscuridad. Llevándome las preguntas conmigo.

—Sigo sin entenderlo, ¿por qué te gusta tanto el otoño? —preguntó Hayden.

Siempre era el más curioso.

—Por las hojas —respondí.

Los tres se giraron y me observaron. No dijeron nada, aunque por sus expresiones sabía que esperaban más explicaciones.

—Creo que son como mi vida —comencé—. Están en su árbol, su hogar.

Sueñan con ser libres, con volar tan lejos como el viento les permita.

Cuando llega la estación, lo hacen; se toman la libertad de volar, pensando que pueden llegar hasta el cielo, pero terminan cayendo y siendo pisoteadas.

Acaban con sus sueños aplastados, convirtiéndose en lo que que siempre estuvieron destinadas.

Yo soy como ellas —dije observando una volar—, sueño con lo que jamás conseguiré.

—Nosotros haremos que lo obtengas —interrumpió Rayden—. Te daremos la libertad que tanto ansías.

Lo observé y sonreí con tristeza.

Me hubiese encantado pensar que era posible, que algún día viviría mi propia vida, obtendría el control de algo que me fue arrebatado hace mucho, pero sabía que era imposible. Era algo que nunca iba a suceder.

—Os lo agradezco, pero nunca me dejarán irme.

—Pues los mataré a todos. Arrojaré sus cuerpos a tus pies para que vean que no pueden apresarte. Tú eres nuestra, Silvina, y nadie toca lo nuestro.

Cayden dijo esas palabras como un juramento. Una promesa que pensaba cumplir sin importarle las consecuencias.

Sabía, sin necesidad de mirarlos, que ellos pensaban igual. Podía sentir sus ojos clavados en mi rostro.

Estaba caliente. Tenía los pezones duros, la piel de gallina, el clítoris me palpitaba y el coño me empapaba los muslos.

Sentía como algo me estiraba una y otra vez, a la vez que me provocaba un placer descomunal.

Gemí. Unas manos fuertes y callosas recorrían mis curvas hasta llegar a mi punto débil y deseoso.

Una voz ronca por la lujuria, agitada por el esfuerzo y llena de deseo, soplaba mi nuca en cada choque de su pecho contra mi espalda.

—¡¿Otra vez?! —rugió otra voz más lejana.

—¡Cállate! ¿No ves que le encanta? —protestó el hombre mientras seguía embistiendo.

No podía decir nada. Estaba demasiado cansada como para abrir la boca o los ojos, pero aunque hubiese podido, me habría sido imposible discutírselo.

—Si él puede, yo también.

Volvieron a discutir y yo volví al sueño que me arrastraba.

Sonreí y miré el cielo. El atardecer siempre era mi momento favorito del día y el más triste, ya que marcaba mi hora de regreso. Suspiré y me puse de pie. Rayden me tendió la mano como siempre lo hacía para ayudarme. Hayden limpiaba la hierba en mi ropa y Cayden arreglaba mi cabello.

Los observaba sin terminar de comprender cómo una niña como yo podía tenerlos a ellos tres.

Alguna vez me había ilusionado, llegando a pensar que quizás, «solo quizás», pudiéramos ser algo más que amigos, pero cada vez que veía mi reflejo en algún cristal, recordaba que eso era imposible.

Que yo no era como el resto de niñas delgadas y esbeltas.

Yo era la gorda que todos miraban mal al pasar.

—Es hora de irme —dije con tristeza—, no les gusta que llegue tarde.

—Podemos acompañarte —insistió Rayden como cada día que nos veíamos.

—No, ya sabes que no podemos arriesgarnos.

Siempre contestaba lo mismo. Cada día que conseguía escaparme, volvía a mentirles, sin querer admitir a dónde pertenecía o a quiénes pertenecía; y mucho menos mi nombre…

—¿Sabemos algo?

—Sigue todo igual. Están en la casa segura y él volviendo mierda todo. Es más imbécil de lo que pensábamos.

—Deberíais haberme dejado matarlo cuando lo propuse.

—Te recuerdo que eso fue a los dos segundos de conocerlo.

—Y, aun así, nos habría hecho un favor a todos.

—¡Basta! No es momento para vuestras peleas. Tenemos que averiguar qué es lo que busca. Dudo mucho que solo sea el trono. Por alguna razón se volvió más impaciente.

—Bueno, sabemos que esa noche, él tuvo algo que ver. Fue quien ayudó a la sanguijuela.

—Sí, pero por alguna razón apresuró sus planes cuando comenzaste a indagar con Valery.

La mención de mi hermana provocó algo en mí, me ayudó a salir un poco de la neblina.

—Valery… —susurré mientras luchaba por despertarme.

Sentí la fuerza aplastante de sus miradas sobre mí. Apreté los párpados y los abrí con lentitud. Sus figuras aparecieron, borrosas, pero fuertes.

—¿Sería mejor dejar que despertara?

—No. Aún no es el momento.

—Se va a enfadar cuando lo haga y descubra todo lo que ha sucedido.

—Me da igual. El mundo entero puede arder a nuestro alrededor, pero ella no se va a ir de aquí hasta que la haya despedazado y vuelto a armar.

Con esas palabras, una de las sombras se aproximó y todo se volvió oscuro, otra vez.

Saqué de mi bolsillo lo que había llevado, abrí la mano temblorosa frente a ellos y se los enseñé.

—Sé… Sé que no son gran cosa, pero las hice yo misma. Mi madrina me enseñó; dice que tienen un valor especial: significan suerte y prosperidad. También recuerdan a un ser querido y… —Carraspee para aligerar la carga—, el amor y el vínculo espiritual.

Mi voz se iba apagando a medida que hablaba. Estaba muerta de vergüenza; llena de miedo porque no les gustara, porque las rechazaran. Las pulseras de cuentas rojas seguían en mi mano que no dejaba de temblar.

Pasaron unos segundos que se me hicieron eternos, los ojos me quemaban y la nariz me picaba. Sorbí, ya lista para cerrar la mano y salir corriendo, cuando mis dedos comenzaron a doblarse y otra mano se posó sobre la mía.

Levanté la vista y ahí estaban, los tres sonriéndome.

Rayden fue el primero en coger la suya, eran sus dedos los que seguían sobre los míos. Luego lo siguió Hayden y, por último, Cayden. Para mi sorpresa, fue este el que les explicó que tenían que ponérsela en la izquierda, que eso era lo que representaba la unión espiritual.

Hice lo mismo que ellos, cogí la mía y la coloqué en su sitio.

Cuando los cuatro ya las teníamos colocadas, nos miramos.

Fui la primera en salir de mi estado y, aun con la vergüenza recorriendo mis sentidos y sin pararme a pensarlo demasiado, les di un beso en la mejilla a cada uno, pillándolos desprevenidos, lo que consiguió que se quedaran estáticos y aproveché para salir corriendo.

—Despierta, preciosa. Ya has dormido suficiente.

La neblina por fin se iba. El cansancio iba desapareciendo y mis ojos ya pesaban menos.

Protesté internamente, pero no por cansancio, me sentía más relajada que de costumbre.

Cogí aire, estiré el cuello y moví los hombros.

Quise levantar las manos, pero no pude. Volví a intentarlo y…

Nada. Incluso intenté ponerme de pie y algo me lo impedía.

Abrí los ojos de golpe y recorrí mi cuerpo. Tenía puesta una camiseta lo bastante grande para hacerme de comisión, la cual estaba segura de que no era mía. Me encontraba sentada en una silla, con las manos atadas a la espalda y las piernas a las patas.

—Parece que ya está despierta del todo.

Su voz hizo que le prestara atención. Mi mirada viajó directo a donde se encontraba, justo en el medio de sus clones. Aún no me podía creer lo que veía.

Eran tres, aunque ahora, ya no se molestaban en esconder sus diferencias. Aparte de los tatuajes, había pequeños detalles que se molestaban en ocultar en su día a día: sus posturas, las formas de peinarse, los gestos y el color de sus ojos.

Cerebrum los tenía marrón claro, casi rozando el amarillo; los de Belli eran de un gris ceniza; y los de Chaos… Los suyos eran verde oliva.

Encajé pieza tras pieza, sin poder terminar de creerme la conclusión a la que llegaba. Me sentía mareada, pálida y perdida. La cabeza y el estómago me daban mil vueltas.

«No puede ser, es imposible».

—Vosotros… —conseguí susurrar.

—Sí —contestó cortante Belli.

—No, no. —Negué con la cabeza—. Estáis muertos.

—Pues es obvio que no —respondió Cerebrum dando un paso adelante.

—Y ya es hora de llevarnos lo que es nuestro —añadió Chaos.