Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Cerebrum

La vi caer. Observé cómo sus músculos se tensaban, sus brazos rodeaban su cuerpo y su mente se preparaba para el golpe que nunca llegó; nosotros nos ocupamos de ello. Él se colocó en un extremo y yo en el otro, estiramos los brazos y nos preparamos.

Katrina aterrizó entre nosotros con un fuerte impacto. Su peso hizo que tuviéramos que agacharnos, hasta casi rozar la tierra húmeda. Soportamos el impacto y la impulsamos para que no se hiciera daño.

Abrió los ojos y Belli, que estaba junto a su rostro, le sonrió, aunque no le duró mucho la sonrisa. Katrina no tardó en atacarnos. A mí me empujó hasta hacerme retroceder dos pasos y a él le dio un puñetazo en el rostro. Tuvimos que soltarla, ocasión que ella aprovechó para huir.

—¡Sois unos inútiles! —rugió Chaos desde el árbol y con el pantalón a medio abrochar.

—¡Joder! —maldije y fui tras ella.

Le eché un vistazo a Belli cuando pasé por su lado; Katrina le había desviado el tabique.

La sensación entre el orgullo y la lujuria me invadió.

Ver cómo Chaos le follaba la boca había sido excitante, pero ver cómo ella le escupía a la cara había provocado algo más profundo.

Ahora, comprobar que Belli estaba momentáneamente fuera de juego por obra de ella era estimulante, provocador, asfixiante y me impulsó a ir más rápido.

A ser el cazador que ella creía ser. A volverme más desesperado, más ansioso. Más animal.

La alcancé en cuestión de segundos, me lancé sobre ella y nos hice rodar por el barro, dando vueltas hasta quedar debajo de mí. Inmovilizada a mi merced.

—Suéltame, pedazo de…

No la escuchaba. Mi cerebro, una parte de mi cuerpo que siempre estaba abierta, se había bloqueado por completo. Había quedado en blanco, siendo consciente solo de tres cosas: Ella debajo; yo encima; su ropa hecha jirones.

No vi más. No era capaz.

Le di la vuelta, atrapé sus manos en su espalda, liberé mi polla palpitante y se la enterré de un solo golpe.

La columna de Katrina se dobló a la vez que un jadeo escapaba de sus labios.

Mi cabeza cayó hacia atrás de puro placer, por la intensa corriente que circulaba por cada poro de mi piel.

Llevé la otra mano hasta enredarla en su cabello y tirar de él en mi dirección.

Me aferré a él como si mi vida entera dependiera de ello y me moví.

Lo hice transmitiéndole todo lo que me provocaba, todo lo que no era capaz de sentir a no ser que estuviera con ella.

La penetré tan profundo como pude, tan adentro que nunca se olvidaría de mí. Dejaría mi huella en ella; en ese coño que no paraba de ordeñarme en cada sacudida, ese que chorreaba jugo como una cascada, el mismo que se me amoldaba como si yo fuera único.

Katrina gritaba y yo maldecía, con mi polla entrando y saliendo de su agujero y su frente apoyada, arañando la tierra.

Los escuché llegar, pero me dio igual, no era capaz de detenerme. Me negaba a dejar de sentir ese placer que lo consumía todo; que me llenaba, me abrasaba y aplastaba cada molécula de mi ser hasta no ser capaz de pensar o sentir otra cosa que no fuera eso, ese instante, esos segundos.

Su núcleo se tensó a mi alrededor, haciendo que la corriente de mi cuerpo se intensificara. Que mi columna se tensara, mis dedos se doblaran y mi polla se hinchara al borde de la explosión. Una que no tardó en llegar. Lo hizo a la vez que su cuerpo temblaba y sus jugos me bañaban.

Me corrí con tanta fuerza que grité hasta que me dolieron las cuerdas vocales, pero no me detuve. Mantuve un ritmo más lento, pero constante. Con la esperanza de alargarlo, de conseguir que nunca se acabara.

—Mi turno —escuché decir a Belli con voz cargada de lujuria mientras la arrancaba de mis brazos y la tumbaba para él.

—Para, por favor. No puedo más.

Belli le sonrió de forma peligrosa y apretó su mentón.

—Qué mona… Cree que tiene elección —dijo antes de aproximar su rostro al de ella—. Nunca la has tenido.

Con esas palabras, se metió dentro de ella. Katrina volvió a doblarse, esta vez alzando sus pechos y consiguiendo que Belli se enterrara en ellos.

Chaos y yo veíamos cómo nuestra copia se la follaba, le mordía los pezones, le acariciaba el clítoris y la hacía rogar por una piedad que nunca le tendríamos. No cuando ella nos la negó.

«Fue ella la que nos olvidó, la que nos descartó como si no fuéramos nada, la que no volvió y prefirió ir a jugar con otros». Ese pensamiento hizo que la sangre me hirviera.

Katrina merecía un castigo. Todos ellos lo merecían, pero ella era la que más, y a la que pensábamos castigar hasta la muerte si era necesario.

Me dejé caer de rodillas a su lado, con el miembro semiduro justo delante de sus labios. Negó con la cabeza, con lágrimas surcando su rostro y sus ojos suplicando que no lo hiciera. No se daba cuenta de que eso me excitaba más.

Apreté sus mofletes, obligándola a abrir la boca, y me introduje dentro. Acababa de follarla, pero mi cuerpo seguía suspirando por su contacto.

—¡Que os jodan! No pienso quedarme viendo cómo la folláis sin hacer nada —protestó Chaos.

Belli maldijo, pero se dio la vuelta y se tumbó sobre el suelo llevándose a Katrina con ella. Quería llorar por la pérdida de su calor, más cuando me aproximé y ella volvió a negar con efusividad.

—Por favor, no lo hagáis. No puedo más.

Ninguno dijo nada. Yo giré su rostro hasta mi posición y volví a meterme. Belli la mantuvo firme, mientras Chaos comenzaba a penetrarla por detrás. El cuerpo de Katrina hizo amago de caer, de ceder ante la cantidad de placer que la poseía.

No la dejamos.

Yo la cogí del cabello, Belli de las caderas y Chaos de los pechos.

En esa posición volvió a movernos. Cada uno embestía en el agujero que le correspondía, pero con una sincronización perfecta, como lo hacíamos todo.

Belli bajó una de sus manos hasta su centro y comenzó a masajearlo, a hacer círculos hasta que el orgasmo volvió a golpearla, esta vez más fuerte que los anteriores, apretándonos a cada uno hasta la asfixia.

No nos detuvimos. No nos dejamos llevar por ella y seguimos follándola como si no fuéramos conscientes de su estado, de la euforia por la que estaba pasando. Su cuerpo no pudo soportarlo más y, una vez que bajó de su nube de éxtasis, su cuerpo cayó rendido. Con sus ojos cerrándose del cansancio.

—Se está desmayando —dijo Belli haciendo que nos detuviéramos.

—Me la suda, no pienso parar —refutó Chaos.

—Si él no lo hace, yo tampoco —secundé.

Belli nos observó y suspiró, pero no insistió y volvió a moverse, intentando sujetarla con más fuerza. Chaos sonrió y le ayudó a mantenerla firme a la vez que seguía penetrándola. Yo no me quedé atrás, sostuve su cabeza y volví a entrar.

Los tres lo hicimos.

Lo hicimos con su cuerpo inmóvil hasta quedar satisfechos y comprobar que no teníamos nada más que dar.