Katrina (Mujeres de sangre 2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Katrina

Sabía que estaban abajo; mi piel los sentía y mi corazón también. Esa sensación de peligro, pero a la vez seguridad, solo me la daba él… O mejor dicho, ellos.

Me encontraba en lo alto de un árbol, en la rama más fuerte y estable que había encontrado. Estaba sentada con la espalda pegada al tronco, oculta por los cientos de hojas que cubrían mi cuerpo. Las yemas de mis dedos acariciaban con delicadeza las pequeñas hojas.

No paraba de analizar ni pensar en cada momento compartido; no entendía cómo podía habérseme pasado y no haberme dado cuenta de que no eran la misma persona. Había que admitir que sus trabajos eran intachables, pero, analizándolo con calma, se veían las pequeñas diferencias.

La primera vez que nos vimos fue pura fuerza, la brutalidad personificada. El sexo con él fue bruto, salvaje, carnal. Todo en él rebosaba pasión y expulsaba posesividad a raudales. Fue lo mismo que sentí en el gimnasio, la tarde que le cortó y clavó la cabeza a aquel hombre en esa pica.

La vez que lo volví a ver en el despacho estaba diferente.

Más callado, reservado, analizando todo y a todos a su alrededor.

Era el mismo comportamiento que en la cena, el mismo que en el casino.

Recuerdo haber pensado que su forma de tocarme, de penetrarme y adorarme había sido diferente.

Como si no le valiera con estar dentro de mí por unos instantes, se quería quedar en mi interior para siempre y poseerme por completo.

Y luego esa vez, cuando se había colado en mi dormitorio.

Cuando me había puesto de rodillas y obligado a hacerle una felación.

Ese Aiden era curioso, imprudente y sin vergüenza alguna.

No le importaba nada ni nadie; su único objetivo era yo.

Era tenerme a mí sin importarle las consecuencias.

Me jugaba lo que fuese a que había sido el mismo que mi padre había amenazado en su dormitorio.

Valery me había contado de ese encuentro y no me equivocaba al afirmar que era ese descarado.

Cerré los ojos y dejé caer la cabeza hacia atrás. No sabía muy bien cómo sentirme. Los sentimientos se agolpaban en mí como un torbellino. Miedo, cabreo, desconcierto, excitación… Esa era la peor parte y la que más me enfadaba. Hacía que tuviese ganas de gritar, de matar a alguien.

Suspiré a la vez que jugaba con las dos piedras afiladas que me quedaban.

Esperaba que se fueran pronto, que decidieran ir a buscar por otro lado, pero como si de un hechizo se tratase, los sentí.

Los tres pares de ojos mirando en mi dirección.

Abrí los míos y me incorporé con cuidado, oculta entre las ramas y hojas para no ser vista.

—¿A que sí? Mi dulce pantera.

Mi cuerpo se quedó rígido, pero mi mente lo hizo funcionar. Lancé una de las piedras como una flecha, directa a la cabeza de ese listillo.

El tiempo pareció ralentizarse, ponerse en cámara lenta.

No se movió, aun viendo que iba directa hacia él.

Mi corazón se dividió entre el terror a que le pasara algo y las ansias por matarlo.

La primera ganó. Me di cuenta de ello cuando el doble a su lado lo tiró de él para apartarlo, haciendo que la piedra se clavara en la tierra.

Un suspiro de alivio salió de mis labios, uno que ni siquiera sabía que estaba conteniendo. Volví a recostarme contra la corteza dura, con la respiración agitada y el corazón galopando.

Estábamos en un punto muerto. Ellos no se irían, yo no bajaría, o por lo menos no lo haría por las buenas.

Observé cómo discutían y se gritaban entre ellos. Uno alzó las manos e hizo amago de irse; otro intentó detenerlo, pero él se lo sacó de encima de forma brusca.

«Seguro que él fue el del gimnasio». Sus tatuajes vinieron a mi mente. Lo primero que pensé fue cómo pude no verlos; lo más probable era que los taparan, ya que eso era lo único que los diferenciaba.

Había visto dos: Belli , estrategia en latín; Cerebrum , cerebro en latín. Siguiendo ese patrón, ¿cuál era el del tercero? ¿Destrucción? ¿Locura?

También había notado que cada uno lo tenía en un sitio distinto. La derecha, el centro y faltaba la izquierda.

Me masajeé la frente intentando aliviar el dolor de cabeza que se avecinaba. Tenía que dejar de darle vueltas a eso; ya lo descubriría una vez volviera a casa. Lo importante era justo eso… Volver a casa.

Me asomé para ver qué hacían. Los dos se encontraban mirando en mi dirección. Arrugué la frente y me separé un poco del tronco. Seguía faltando uno y todo mi ser me decía que eso no era nada bueno. Me moví a través de la rama para buscarlo, con cuidado.

—¿Buscas a alguien, hermosa?

Su voz me hizo pegar un salto, pero me estabilicé en cuestión de segundos, los mismos que tomé para lanzarle la piedra que me quedaba.

Se agachó con avidez, aunque no pudo evitar que le rozara la frente.

Maldijo por todo lo alto y se lanzó hecho una furia contra mí, cogiéndome por el tobillo, intentando llevarme hasta él.

Me giré y le di una patada que le dio de lleno en su rostro, haciendo que se tambaleara.

El problema fue que no me soltó, lo que ocasionó que yo me fuera con él.

Me aferre con fuerza a la rama, con más de medio cuerpo colgando, tan solo sujeta por los brazos.

Aiden, u otra de sus copias, consiguió subir, poniéndose de cuclillas sobre mí y otorgándome una sonrisa escalofriante.

—He aquí mi dilema —comenzó a la vez que acariciaba mis labios y los separaba—.

Podría ayudarte a bajar, aunque ambos sabemos que no perderías oportunidad de tirarme.

Podría soltarte y dejar que cayeras, pero te harías daño, aunque no mucho, solo lo suficiente para que no pudiera follarte como deseo. O…

—¿O qué? —dije con furia.

—O podría hacer esto.

Sin dar más explicaciones, se bajó la cremallera del pantalón y dejó su polla erecta justo delante de mi boca. Lo fulminé de un vistazo y él me dio un golpe con ella en los labios. Bajé la vista hasta su enorme miembro, el cual me quedé observando más de lo que debería.

—Vamos, sabes que lo deseas —susurró mientras se acariciaba.

Mi cerebro me gritaba que no. Que como mucho, abriera la boca para sacarle esa cara de chulo que tenía, pero mi cuerpo no obedecía; mis extremidades temblaban por la excitación. Con la zona entre mis piernas húmeda, separé poco a poco los labios y le permití el acceso.

—Buena chica.

No recuerdo qué fue lo que hizo que me mojara más. Su aprobación, el tono con el que lo dijo o su rostro y gemido una vez estuvo dentro.

Aiden enterró su mano en la parte trasera de mi cabeza, hundiendo los dedos en mi cabello para que no me escurriera. Hacía presión para ayudarme a mantenerme sujeta a la vez que empujaba con vehemencia, llegando hasta mi garganta.

Yo me sostenía como podía de la rama, con más de la mitad del cuerpo colgando.

Él seguía sin importarle nada, sin parar a pensar en los dos hombres que seguro nos observaban desde abajo, despreocupado por el esfuerzo que tenía que realizar por mantenerme sujeta.

Por cómo mi piel se rozaba contra la corteza.

Pequeñas gotas de sangre comenzaron a aparecer y escurrirse por mis brazos, a colarse hasta mis manos y acumularse bajo mis dedos.

Eso hacía que sujetarme fuera más difícil, casi imposible.

Intenté impulsarme, pero él me mantuvo en el sitio, empujando mi cabeza hasta volver a la posición en la que estaba, a la vez que sus caderas golpeaban contra mi rostro sin descanso.

Sus aullidos se volvían más sonoros, sus dedos se enterraban cada vez, tirando de mi cabello, moviendo mi boca hasta conseguir la posición perfecta. En cuanto la encontró, suspiró de placer, como si por fin hubiese llegado hasta su nirvana , y golpeó con fuerza.

Primero, una; luego dos y terminó con tres.

Se corrió en mi boca. Sus caderas temblaban, sus dedos me arrancaban varios cabellos y por mis piernas corría algo muy distinto a lo que lo hacía por mis brazos.

—Trágatelo todo, nena —exigió mientras ahuecaba mis mofletes—. No dejes ni una sola gota.

Mi cuerpo quería complacerlo, hacer lo que me pedía y rogarle que me follara sin importar dónde estuviéramos, aunque mi cerebro lo que quería era escupirle su semen a la cara.

Demostrarle lo terca y rebelde que era, aun sabiendo las posibles consecuencias que eso tendría, consciente de que él era lo único que impedía mi caída.

Temblé de placer.

Consecuencias…

Junté la poca fuerza que me quedaba y volví a impulsarme hacia arriba. Cuando nuestros rostros quedaron a escasos milímetros, escupí en su bello, copiado y perfecto rostro. La mano que me sostenía por la nuca se tensó. Me hizo echar la cabeza atrás y la otra fue directa a mi cuello.

—Mala elección.

Y, sin decir nada más, me soltó.