CAPÍTULO 26
Cerebrum
—Nuestra diosa ha conseguido armarse y no duda en lanzar a matar.
El mensaje me paralizó. Dejé de mirar la pantalla, de correr, de tan siquiera respirar.
«¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?». Las preguntas asaltaban mi cabeza una tras otra.
Siempre me ocurría lo mismo. Mi «enfermedad» hacía que los sentimientos se me escaparan, que fuera incapaz de sentir muchas cosas.
Me resultaba imposible apagar esa vocecita que me gritaba e instaba a buscarle respuesta a todo.
Las manos comenzaron a temblarme, las preguntas me picaban, me quemaban como si de fuego se tratase, la vista se me nubló y el pecho se me comprimió.
Hacía muchos años que no tenía esos ataques, que no pasaba por esa pequeña tortura, pero desde que había vuelto a investigar lo del incendio, a buscar todas esas incógnitas que nos habían atormentado, habían regresado con fuerza.
—Respira —su voz salió por el pinganillo como un susurro. Uno lejano, pero familiar—. Respira —insistió—. Apaga el cerebro y concéntrate en respirar.
Le hice caso. Cerré los ojos y mis fosas nasales se dilataron.
Comencé a respirar, mis manos empezaron a dejar de temblar y mi cerebro se desbloqueó.
Las incógnitas dejaron de picar, de pinchar mi cerebro y las posibles respuestas salieron una tras otra.
Piedras. Mientras hablábamos. En la entrada del bosque.
Con ellas terminé de relajarme. Abrí los ojos y volví a correr, pasé entre los árboles a tal velocidad que todo a mi alrededor se veía borroso.
Me daba igual, únicamente bajaba la mirada a la pantalla para asegurarme de que iba por el camino adecuado.
La señal era cada vez más fuerte. Estaba cerca. Me detuve, calme mi pecho acelerado y observé a mi alrededor; luego volví a la pantalla. No tenía sentido; según indicaba el rastreador, Katrina estaba allí conmigo, pero no había nada. El claro estaba completamente despejado, sin señales de ella.
Me giré al escuchar pasos. Chaos apareció de entre los arbustos, seguido de Belli.
—¿Dónde está? —preguntó el primero, con un lado de la cara cubierto de sangre.
Me encogí de hombros y le lancé el monitor. Él lo cogió y lo estudió.
—No tiene sentido —dijo Belli asomando la cabeza para verlo por detrás de su hombro.
—No, no lo tiene —murmuré a la vez que mis engranajes giraban.
Sabía que no se había quitado el dispositivo. No tenía ni idea de dónde estaba y eso le llevaría mucho tiempo. No había rastro de sangre o huellas que nos indicaran un camino por el que se hubiese ido.
El rastreador funcionaba bien, lo había comprobado muchas veces antes de preparar todo para despertarla.
—¿Puedes haberte equivocado? —preguntó Belli.
—Nunca lo hago.
—¿Y qué hay del incendio? —saltó Chaos.
Belli le dio un empujón en el brazo y yo lo fulminé con la mirada. Ese era un tema aparte. «No solo me equivoqué yo, lo hicimos todos». Descarté ese pensamiento y seguí caminando alrededor de ellos, evaluando, observando, pensando.
Todo encajó. Las respuestas llegaron solas y me reí, con la mano en la barriga y la cabeza mirando al cielo.
—¿Le está dando uno de sus brotes?
—¡Cállate! ¿Qué has descubierto?
—¿Qué es lo que hace una pantera para evitar posibles amenazas?
Ambos fruncieron el ceño, pero no contestaron. Claro que no lo iban a hacer; yo había sido el único que se había molestado en estudiar a Ubytsa.
—Trepan —dije mirando hacia lo alto del árbol a mi lado; ellos me imitaron—. ¿A que sí? Mi dulce pantera —grité para que me oyera.