CAPÍTULO 25
Chaos
Mis pies pisaban con fuerza la tierra húmeda; mis huellas se iban marcando a medida que avanzaba por el bosque. Pasaba por encima de ramas, piedras y troncos. Nada era un obstáculo para mí. Nada iba a impedir que llegara hasta ella. Hasta mi perfecta diosa.
Entre la penumbra, con solo la luz de la luna iluminando, pude vislumbrar una cabellera rubia y brillante.
Aceleré el ritmo. Lo hice hasta que pude ver parte de su espalda, hasta que ese perfecto trasero, en el que pensaba enterrarme, quedó a escasos metros.
Iba tan distraído, con mi mente tan perdida en todo lo que pensaba hacerle, que no me di cuenta y pisé una rama.
Esta crujió de tal manera que la hizo detenerse.
Yo también lo hice. Ambos nos quedamos de pie a una distancia prudente.
Pensé que se giraría, que buscaría el origen del sonido, pero no fue así. Se mantuvo estática, a la espera.
Di un paso adelante. Las hojas secas no terminaron de crujir bajo mi peso cuando se volteó y me lanzó algo. El objeto pasó por mi rostro y una punta afilada rajó mi mejilla. El líquido espeso y caliente cayó sobre ella. Llevé mis dedos hasta la zona, los observé y me quedé estupefacto.
Sangre. Había logrado hacerme daño. ¿En qué momento había conseguido un arma?
Giré el rostro para volver a mirarla. Se había esfumado. En los pocos segundos que había tardado en comprobar mi herida, se había marchado.
Me di la vuelta y busqué el objeto. Algo brilló a pocos metros; recorrí la distancia y me agaché.
Una piedra. Katrina había conseguido afilarla hasta el punto de convertirla en un arma.
Mis labios se estiraron en una sonrisa de orgullo. Por eso me había sido tan fácil cogerla, esa era la razón por la cual no había recorrido tanta distancia.
Llevé el anular hasta mi oído y presioné ese botoncito que siempre me era tan molesto.
—Nuestra diosa ha conseguido armarse y no duda en lanzar a matar.
No esperé la respuesta de ninguno de los dos. Volví a desconectar el dichoso pinganillo y fui tras ella. Me daba igual el tiempo que me llevara, lo que me costara o por lo que tuviera que pasar.
Iba a volver a ser mía. Ya había esperado demasiado.