CAPÍTULO 32
Katrina
Rayden desamarró mis muñecas con cuidado.
Lo hizo con tal lentitud que parecía una caricia, un simple roce de su piel con la mía.
Desvié mi mirada hacia Hayden; su rostro estaba bañado por la luz que desprendía la táblet, le daba un aura bastante siniestra, más cuando sus ojos estaban fijos en mis movimientos.
Cayden, sin embargo, tenía la mirada perdida y ausente.
Su cuerpo estaba allí, pero su mente se hallaba muy lejos.
En cuanto terminó de desamarrarme, dio varios pasos hacia atrás, dejándome mi espacio. Lo primero que hice fue frotarme las muñecas; lo segundo, acariciar mis muslos aún adormecidos. Con un pequeño hormigueo recorriendo mis vasos sanguíneos.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —volví a preguntar.
—Semanas —contestaron Rayden y Hayden al unísono.
—¿Cuántas semanas?
Silencio. Eso fue lo que obtuve por réplica. Ni siquiera se molestaron en intentar mentir. Solo se dedicaron a mirarme, como si esa pregunta no mereciera una respuesta.
Suspiré y me puse en pie, pero no duré mucho. Mis piernas no respondieron como yo esperaba y cedieron, doblándose y enviándome directa al suelo. Intenté sujetar la silla para no caer; sin embargo, esta no aguantó mi peso y caí.
El ruido del metal golpeando el suelo retumbó en la silenciosa estancia, haciéndose eco sobre los pequeños murmullos de los débiles cuerpos que colgaban del techo.
Unos brazos fuertes me sujetaron por la cintura y la rodearon de forma protectora. Alcé la vista y mis ojos fueron directos a los de Cayden, que por fin había salido de su letargo.
«Yo, Katrina Adamik, próxima líder de los asesinos, la temible cazadora, no soy capaz de mantener contacto visual con un hombre». Aparté la mirada, con el pecho agitándose por momentos.
—¿Qué me habéis hecho? —susurré.
—Aunque tu cuerpo haya sido bien alimentado y movido como es debido, has estado mucho tiempo entre la conciencia y la inconsciencia; necesitarás un tiempo para acostumbrarte —explicó Rayden y yo lo miré sin saber qué responder, sobre todo porque mi pregunta no se refería a eso exactamente.
—No me mires así. No somos unos monstruos, no te mantuvimos siempre dormida, te despertábamos a ratos.
—Más o menos —añadió Hayden.
—¿Cómo que…?
—Basta de preguntas —me cortó Cayden—. Tenemos cosas que hacer.
—¿Qué es lo que queréis que haga? —Para variar, ninguno se molestó en decir nada.
Cayden me alzó por la cintura hasta ponerme en pie, con mi espalda pegada a su pecho. Rayden se aproximó y puso un puñal en mi mano e hizo que mis dedos lo sujetaran con fuerza.
—Aquí no importa lo que nosotros queramos. La gran pregunta es: ¿Qué quieres hacerles tú?
Mis ojos fueron desde su rostro hasta el puñal que aún sujetaba en mi mano. Vagué la mirada por los tres hombres que colgaban, hasta detenerme en Raúl.
—No me hicieron nada. Él no tiene la culpa.
No me hizo falta verlos para saber que mi respuesta no les había gustado. El agarre de Cayden sobre mi cintura se tensó, el de Rayden en mi mano me apretó y se escuchó crujir el plástico que cubría la táblet.
—Hayden.
Rayden escupió su nombre como si fuera veneno. Podía sentir sus enfados, sus furias contenidas como si de volcanes a punto de erupción se trataran.
La pantalla a mi izquierda cambió, dejó de reproducir las largas grabaciones que demostraban todo lo que habían hecho conmigo, desde sexo hasta bañarme, alimentarme, vestirme e incluso peinarme.
Primero se quedó en negro y luego se volvió a iluminar con una foto.
Al lado de ella había un montón de datos.
Historiales de llamadas, conversaciones por mensajes, extractos de cuentas bancarias.
Mis ojos iban siguiendo los datos uno por uno, revisando hasta el más mínimo detalle.
—Dalio —comenzó Hayden señalando a uno de los rehenes—. Mantuvo relaciones sexuales contigo en seis ocasiones. Todas ellas pagadas y patrocinadas por tu difunto abuelo. Obviamente, una vez él murió, dejó de aparecer.
Por cada palabra que él decía, mi pecho se agitaba más y algo dentro de mí se hacía añicos.
Cambió la imagen.
—Máximo —continuó—. Uno de los pequeños asesinos de Marik.
Nunca llegó a gran cosa, por lo que decidieron enviarlo a vigilarte cada tanto.
Incluso le insistieron para que formalizara una relación contigo, pero al ver tu negativa, se conformaron con que te lo tiraras de vez en cuando. Te lo has follado unas veinte veces.
La última frase la pronunció con un asco visceral, mientras volvía a modificar la pantalla.
—Y ahora vayamos a este cabronazo de aquí —dijo, señalando a Raúl, que estaba justo frente a mí—. Se acostó contigo un total de cincuenta y una veces en todos estos años. Todas documentadas e informadas al portavoz del consejo. Con sus sustanciosas recompensas después, claro.
Miraba los datos, los registros de todas esas llamadas y transacciones con el pecho agitado.
Nunca me había parado a pensar en todas las veces que habíamos estado juntos.
Sabía que no eran pocas, pero era imposible recordarlas todas, aunque sí la última.
El día que ellos me secuestraron. Había una llamada de un teléfono al suyo justo antes de que lo encontrara y conocía ese número.
Era el mismo con el que estuve hablando pocos minutos antes.
Hayden dividió la pantalla en tres, mostrando las fotos de todos y las pruebas a su lado. Observé sin saber cómo sentirme. Pensaba que estos eran mis momentos de libertad; los únicos en los que podía ser yo sin dar explicaciones, sin tener que ser controlada por nadie.
«Qué equivocada estaba. Qué incrédula fui. Siempre me había vigilado, controlándome. Nunca fui libre».
Mi cuerpo y mente me rogaban que me doblara, que me rompiera, que dejara salir todo lo que tenía atascado. Estuve a punto, quería hacerlo, pero no me dejaron. No me permitieron romperme.
Cayden me aferró a él con fuerza, como si su intención fuera meterme dentro de él mismo.
Rayden me acarició la mano, con pequeños círculos en el dorso en forma de ánimo.
Hayden se aproximó, me cogió de la barbilla, con sus dedos hundiéndose en mi carne, y desvió mi mirada de la pantalla a sus ojos.
—Te tenemos, ¿me oyes? Ya no eres tú contra el mundo. Somos nosotros. Y nunca te vamos a dejar caer. Si lo haces, será con nosotros a tu lado.
Selló esas palabras con sus labios sobre los míos. Cortó cualquier réplica por mi parte. Cualquier delirio o justificación que estuviese buscando para no caer. Para no terminar de abrirme y dejarlos pasar nuevamente. Todo murió con ese beso, con ese agarre y esas caricias.
—Y ahora vamos a deshacernos de estas sanguijuelas y enviarles un mensaje bien claro al mundo.