CAPÍTULO 23
Katrina
Un ruido me hizo despertar de ese sueño que me acompañaba muchas noches, el que me recordaba lo que había tenido y perdido, las tres sombras que me perseguían allá donde iba.
Gemí y protesté, queriendo volver ahí para continuar en ese recuerdo un poquito más.
Me di la vuelta, abracé la almohada y me preparé para seguir durmiendo.
Abrí los ojos de golpe.
Estaba en una cama. Una que no era la mía.
Me incorporé con lentitud y miré a mi alrededor. La habitación era oscura, sin ningún mueble aparte del que me encontraba. No estaba atada y la puerta estaba abierta. Recorrí mi cuerpo, buscando cualquier herida, pero no encontré nada. Estaba incluso con la ropa mejor arreglada de lo que recordaba.
Llevé la mano a mi muslo y busqué mi navaja. No estaba.
Maldije, y con cuidado me levanté. Busqué por los rincones cualquier señal de peligro.
Nadie. No había nadie.
Quien fuera que me había llevado a ese lugar, me dejó totalmente libre; no tenía sentido.
Si la persona que me había secuestrado quería matarme, tuvo la oportunidad.
Si lo que quería era chantajear a mi padre, me tendría custodiada.
Todas y cada una de las posibilidades que mi cabeza se planteaba eran derribadas por la realidad.
La situación me estaba frustrando, me estaba poniendo los pelos de punta, haciendo que todos mis sentidos estuvieran en alerta para un ataque.
Decidí arriesgarme, buscar una salida o por lo menos al verdugo que jugaba con mi cabeza. Porque esto no podía ser otra cosa; tenía que ser un juego psicológico, un tipo de tortura o manipulación.
Mi abuelo me lo había enseñado. Me había dicho que no siempre la fuerza bruta era lo más efectivo; a veces era mejor jugar con la mente de tu oponente, hacer que viera o se creyera una posibilidad de libertad que no existía.
Neith era experta en ello; le deleitaba ver cómo los ojos de sus víctimas se llenaban de esperanza para luego arrancárselas de golpe; siempre decía que así era más divertido.
Negué con la cabeza y me dediqué a caminar, a recorrer un pasillo tras otro, a abrir una puerta tras otra. Si no había nadie y estaba desatada, sin vigía, completamente sola en esta enorme casa, ¿qué fueron esos ruidos que me despertaron?
Nada tenía sentido y eso me hacía cabrearme más con quien estuviera haciendo esto y hasta conmigo misma. Era obvio que estaba cayendo en su estúpido juego.
Mi cerebro no dejaba de buscar el origen de mi despertar. Comparando cualquier ruido. Tuberías viejas, ramas contra las ventanas… En lo más profundo de mí sabía que no era eso, que ese ruido sonaba más a un gemido de dolor.
Llegué al vestíbulo; a la izquierda, tenía la puerta de salida, la que sin duda conducía al exterior. A la derecha, había otra, una que sobresalía del resto, formando un rectángulo perfecto.
Observé ambas posibilidades, sentía que me susurraban, como si se estuvieran burlando de mí, retándome a entrar en cualquiera de las dos.
Me gustaría decir que escogí la que daba al exterior, a mi libertad, pero no fue así.
Caminé con paso decidido hacia la derecha.
Una vez frente a ella, miré a ambos lados, puse la mano sobre el pomo, redondo y lleno de polvo, y lo giré.
Las bisagras chirriaron, dándole a la situación un aura aún más preocupante.
Detrás de ella había unas escaleras, que sin duda iban hacia un sótano. Volví a mirar a la puerta de entrada, la que se reía de mí por ser tan imprudente. Cogí aire, llené mis pulmones todo lo que pude y me adentré por la penumbra.
Descendí con paso firme, pero inseguro. Recordando todas esas películas de terror que había visto, en las que la protagonista hacía la misma estupidez que yo, y terminaba muerta, pero yo ya no era una niña asustadiza.
Yo era Katrina Adamik, la tercera asesina más temible, la hija del cazador y, para mi pesar, la futura líder de la organización de asesinos.
A medida que iba descendiendo, comencé a escuchar ese sonido que me había despertado. Fruncí el ceño; estábamos lejos del dormitorio, pero al terminar de bajar las escaleras, entendí la situación.
Había un equipo de sonido conectado a un micrófono, el cual se encontraba situado en el centro de la habitación. Detrás de él había algo, o mejor dicho, alguien.
Estaba colgado del techo por unas cadenas, desnudo y con la cabeza colgada hacia delante.
Su cuerpo estaba lleno de sudor, mugre y sangre seca; había cortes por sus piernas, tórax y brazos, pero no era eso lo que me hacía ser cauta; el problema era el ambiente, la densidad que se respiraba en ese lugar.
Me acerqué hasta estar de pie frente al hombre brutalmente torturado, llevé la mano hasta su mentón y alcé su rostro. En cuanto lo vi, lo solté como si su piel me quemara. Retrocedí, con los ojos bien abiertos del asombro y el corazón martillando en mi pecho.
«Ricardo».
El mismo hombre que poco antes estuvo a punto de follarme. El mismo que había recorrido mi cuerpo con sus labios.
Su pecho subía y bajaba con lentitud, tenía los ojos cerrados. Volví a recorrerlo, buscando algo, lo que fuese que me diera una pista de lo que estaba pasando. Mis ojos bajaron hasta su entrepierna, mi mano salió disparada hasta mi boca y ahogué un grito.
Le habían amputado el miembro y quemado para que no se desangrara.
Ya había visto suficiente, era hora de irse.
Caminé de espaldas en busca de las escaleras, con los ojos recorriendo cada rincón. Mirando a los lados de forma frenética. Mi espalda chocó contra algo. Un cuerpo, cálido y musculoso; su calor traspasaba su ropa y la mía. Quise girarme, pero me sujetó por los brazos, impidiendo el movimiento.
Alguien salió de la oscuridad y caminó hasta que la poca luz que nos cubría me permitió verlo.
—A… Aiden —murmuré.
No me respondió. Solo se dedicó a observarme con una expresión que no había visto jamás. Se escucharon otros pasos; otra persona salió detrás de él y se puso a su lado. Mis cejas se alzaron hasta casi fundirse con mi cabello.
Otro Aiden apareció, imitando la postura del anterior y mirándome de la misma manera.
La luz dejaba ver sus rostros iguales; iban vestidos con los mismos trajes, los mismos zapatos y la misma camisa blanca, la cual se encontraba abierta, dejando expuesto parte de su pecho y clavícula.
Ahí fue donde vi algo que hasta ahora se me había pasado: cada uno llevaba un tatuaje. La tinta negra los marcaba en el pecho, dejando una diferencia entre ellos. El primero tenía la palabra Belli en el extremo derecho. El segundo llevaba Cerebrum tatuado en el centro.
Estaba tan perpleja que me había olvidado de algo, un detalle muy importante.
—¿Te gusta lo que le hicimos? —susurró el de mi espalda en mi oído, haciendo que volviera a la realidad, y con eso, sin más, pensé que me había vuelto loca.
Por las sonrisas que me dedicaron las copias frente a mí, eso no había sucedido. No estaba alucinando; la voz a mi espalda también era de Aiden.