CAPÍTULO 22
Katrina
—Eso es todo, ¿no? Con que yo haga esto ya está arreglado. —Así es, Katrina —dijo Carlson, el miembro y portavoz del consejo—. Demuéstranos que Aiden y tú no tenéis nada y lo dejaremos estar. De lo contrario… bueno, ya sabes lo que sucederá.
Apreté el móvil en mis manos hasta que sentí el plástico crujir. No eran quiénes para meterse en mi vida, ni en la de Aiden, y mucho menos podían hacer pagar a mi familia por ello, pero ahí estaba, lista para entrar en un salón y follarme al primero que pasara.
La idea hizo que se me revolviesen las tripas. Tragué con fuerza, asentí hacia una persona que no me podía ver y colgué. Cogí todo el aire que podía, sintiendo que era insuficiente, y entré en el tugurio.
Me reí para mis adentros. Semanas atrás frecuentaba este lugar, elegía al primer idiota con una buena polla y me lo follaba hasta aburrirme, pero desde que ese imbécil de Aiden había aparecido, no solo había puesto mi vida patas arriba, también había logrado que perdiera el interés sexual en otros hombres.
Lo maldije internamente, cruzando los pasillos, ignorando los saludos de los que ya eran tan frecuentes como yo. Las miradas lascivas, los comentarios sórdidos y los gestos que supuestamente deberían ser excitantes.
Spoiler: no lo eran.
Caminé de un lado a otro, en busca de alguien que llamara mi atención. El tiempo pasaba, no encontraba lo que buscaba y mi irritación iba en aumento. Ya resignada, dispuesta a tirarme incluso al conserje si era necesario, lo vi… Ricardo.
Estaba con una chica pelirroja; ella gemía y saltaba sobre él, gritando de manera exagerada por algo que ni de broma era para tanto.
Conocía a Ricardo; habíamos tenido sexo una que otra vez. No es que fuera excelente en ese campo, pero por el momento me valía.
Mis tacones resonaron en el suelo de mármol, interrumpiendo a las parejas que jadeaban y gemían. Todos alzaron la vista al verme. No estaba permitido entrar con ropa de calle, pero no tenía ni tiempo ni ganas para cambiarme y sabía que nadie de ahí los tenía tan puestos como para decirme algo.
Cuando llegué hasta la pareja en cuestión, él fue el primero en verme, sonriendo de lado. Ella, en cambio, tenía los ojos cerrados y seguía saltando, meciendo la cabeza de un lado a otro mientras gemía.
Puse los ojos en blanco, estiré la mano y la enredé en su cabello hasta que mis dedos tocaron la raíz. Se detuvo al instante, llevó las suyas hasta el lugar y sus gritos se volvieron de dolor en vez de placer. Un sonido que le quedaba mejor.
—Largo —susurré con mis labios a escasos centímetros de su oído.
—Vale, vale, vale… —cantó, a la vez que se bajaba lo más deprisa posible.
No la solté hasta que estuvo de rodillas a mis pies y, en vez de dejarla ir sin más, empujé su cabeza hasta que chocó contra el frío suelo. La dejé ahí, desnuda, llorando y avergonzada. Pasé por encima de ella como si no fuera más que basura, un estorbo para mí.
—¿Tanto me echabas de menos? —dijo Ricardo con arrogancia.
—Cállate y desnúdame de una puñetera vez.
Su sonrisa no vaciló, todo lo contrario. Creció; lo hizo al igual que su pecho y su arrogancia. Sin pararse a dudarlo, sus dedos salieron disparados hacia mi escote. Acarició con cuidado el contorno de mis pechos, deslizando los dedos desde arriba hacia abajo.
Saboreando. Disfrutando del momento que a mí se me hacía eterno.
Su polla vibraba con cada roce. Pequeñas gotas de líquido preseminal salían de su glande y recorrían su longitud. Sus ojos estaban llenos de deseo, ignorando o descuidando los míos, los cuales estaban cubiertos de odio, repulsión y desesperación.
«Es solo sexo, Katrina. Ya lo has hecho mil veces». Me repetía una y otra vez, al tiempo que sus asquerosas manos me seguían adorando. Sin importar cuánto repitiera esas palabras, seguía sin sentirme bien. Ni siquiera lograba sentirme como antes. No, me sentía sucia, asqueada, cabreada, dolida.
Cerré los ojos e intenté concentrarme en otra cosa, en otros momentos, otras manos, otros besos, otras caricias, otros susurros. Sus labios descendieron hasta mi pecho, su asquerosa lengua me babeó, dejando su repulsivo aroma impregnado en mi piel.
El pecho se me resquebrajó, sentí como si me estuvieran clavando mil puñales y mi sangre se derramara lentamente. Como si esa saliva que ahora me bañaba fuera veneno, quemando cada zona que tocaba.
Por instinto, subí las manos para detenerlo, pero las dejé en el aire. Era un sacrificio que hacía por ella, por él, por ellos. Otro a sumarse a la lista que pensé que jamás volvería a abrir.
«Ningún sacrificio es grande cuando se trata de la familia».
Era lo que me habían inculcado, lo que había aprendido a base de años y años mirando para otra parte, dejando mi identidad a un lado para ser lo que otros querían, lo que necesitaban, aunque esta vez sentía que estaba dejando mucho más atrás.
Estaba dejando mi corazón… Lo estaba dejando a él.
Ricardo pasó su brazo por mi espalda, pegando nuestros cuerpos, colocó su boca en la parte de atrás de mi oreja y succionó con fuerza. Reprimí la arcada que subió por mi garganta, sin terminar de comprender cómo no se daba cuenta de mi malestar.
—¿Hoy quieres que lo haga todo yo? No te preocupes, pienso hacerte gemir, aunque sea a la fuerza.
Abrí los ojos de golpe justo en el instante en que me cogió por las nalgas, alzó y me tiró contra el sofá de detrás de él, se colocó entre mis piernas y rasgó mi ropa interior.
—Detente —dije antes de que consiguiera penetrarme.
—Oh, sí. Cómo me gusta cuando vienes juguetona.
No cabía duda de que ese tío era idiota. Ni siquiera comprendía cómo había podido acostarme con él antes. Estaba dispuesta a partirle la cara y sacarlo de encima de mí, pero antes de que consiguiera hacerle nada, toda la luz del lugar se apagó de golpe.
Los susurros, jadeos, gemidos y aullidos se detuvieron, convirtiéndose en quejas, protestas y súplicas de quienes querían seguir en lo suyo. Por mi parte, no podía estar más agradecida, aunque a la vez alerta.
—Nosotros seguimos, ¿no?
—Quítate antes de que te la corte y haga que te la tragues.
No esperé su respuesta y lo empujé lejos de mí, me puse de pie, observando a mi alrededor. Hice a un lado la raja de mi vestido y saqué la navaja que llevaba ahí. No era gran cosa, pero había dejado el arma en el coche.
Conocía muy bien ese lugar, sabía sus puntos fuertes y débiles, por lo que esperaba jugar con algo de ventaja.
Di unos pasos hacia atrás y me ubiqué detrás de una columna. Si esto era una trampa de esa rata, lo degollaría en cuanto volviera a la mansión.
Todo estaba en silencio. La oscuridad siempre había sido mi lugar de confort, pero esta se sentía rara, cargada de una atmósfera que conocía muy bien y que nunca traía nada bueno. No, si no eras quien la provocaba.
El primer disparo mantuvo ese silencio; nadie lo percibió. Solo yo pude detectar el olor a pólvora que dejó. Los rastros inconfundibles de la muerte.
Me estuve quieta en mi lugar, a la espera de seguir el rastro. De prever por dónde iba, por dónde quería atacar.
Otra ráfaga de olor, otra muerte. Iban cayendo uno a uno, con una sutileza increíble. Haciendo que nadie se diera cuenta, para que el pánico no reinara.
Quien fuera que disparara, era inteligente; de esa manera le sería más fácil llegar hasta mí. Sabía que si provocaba el caos, lo utilizaría para desaparecer.
Me daban ganas de ser yo quien arrojara el cuchillo a la mitad de la multitud, pero eso me dejaría desarmada y sin oportunidad de defenderme, pero con una para huir.
Mientras estaba oculta, deliberando mis posibilidades, algo sucedió. La atmósfera cambió, cubriéndose de un frío que se me hacía familiar, pero que no lograba identificar, aunque sí sabía una cosa: si antes sentía el peligro, quien acababa de entrar lo había duplicado.
Se oyó una pequeña discusión y luego se desató el caos. Disparos, gritos, llantos, terror. La gente corría, pensando que eso los ayudaría en algo, pero no fue así. Morían uno tras otro.
Aproveché la confusión y salí de mi escondite, pero no era tan tonta como ellos, que salían despavoridos hacia la salida. Yo lo hice por detrás de los sofás, las columnas y cortinas del fondo.
Ya casi lo había logrado; podía ver la salida de emergencia que se encontraba oculta en una esquina. Apreté con fuerza el mango de mi navaja y sonreí de lado; iba a volver a casa y cargarme al hijo de perra de Oliver.
Con ese pensamiento en mente, pasé por la última columna y estiré la mano hacia la puerta, pero otra más grande se colocó sobre la mía.
Me dio la vuelta a una velocidad asombrosa, dejando mi espalda contra su pecho.
Colocó mi propia arma en mi cuello y su pierna entre las mías para bloquear mis movimientos.
—Te tengo.
Fue todo lo que llegué a oír antes de que todo se apagara.