CAPÍTULO 21
Aiden
La seguridad estaba comprobada. No me habían puesto ni una sola pega. Fue divertido ver al hombre al que casi mata por tocarla en el entrenamiento; poco le faltó para hacer un agujero en el suelo y esconderse en él.
Por primera vez en mucho tiempo estaba feliz. Contento por poder tener a mi diosa a mi lado sin restricciones. Iba tan distraído que no me di cuenta hasta que tomé asiento en mi lugar. Miré hacia los lados una y otra vez, pero ella no estaba.
—No la busques, se ha ido —saltó Oliver.
—¿De qué hablas? Katrina nunca se pierde un festival de su hermana —interrumpió Kamilia.
—Ni idea, un tío la llamó estando en la barra y quedaron en verse.
Me moví tan rápido que no le dio tiempo a reaccionar. El único con la velocidad suficiente para hacerse a un lado fue Ramsel, el cual apartó a su esposa de mi camino. Antes de que Oliver pudiera reaccionar, ya tenía su cuello en mi mano y su cabeza contra el suelo.
—¡¿Dónde está?!
—Te lo dije, la llamaron y se fue.
—¡¡Mientes!! —rugí y golpeé su cabeza contra el suelo.
—Tío…
—No. Incluso yo sé que estás mintiendo, así que te aconsejo decirle qué le has hecho a mi hija antes de que esto se convierta en una carnicería.
—No le he… hecho nada.
Su negativa a decirme la verdad me estaba sacando de mis casillas. Cogí el arma que llevaba en la espalda, le quité el seguro y presioné su sien con ella.
—Tienes tres segundos o aprieto el gatillo y busco yo por mi cuenta —advertí; soltando un poco el agarre para que pudiera hablar—. Uno…
—Solo hablamos.
—Dos…
—No le hice nada.
—Tre…
—¡Le conté sobre la llamada del consejo!
—¡¿Que hiciste qué?! —gritó Ramsel furioso, apartándome de un empujón, colocando su lustroso zapato sobre la cabeza de su sobrino.
—¿Qué le dijiste?
—Yo solo…
—¡Dime la puta verdad! —volvió a gritar, pisando frenéticamente a su presa.
—Todo —contestó por fin Oliver, entre lágrimas—. Le conté todo.
—¡¡¡Joder!!!
—Ramsel, ¿qué sucede? Me estás asustando —interrumpió Kamilia.
Observé perplejo cómo el hombre, que hasta ahora había sido un témpano de hielo, se tiraba del cabello y maldecía en checo.
—Papá, ¿qué sucede?
La voz de Valery lo hizo salir de su estado de locura. La miró, luego a su mujer y luego a mí. Primero, se acercó hacia la pequeña y le acarició el rostro.
—Lo siento, mi niña, pero debemos irnos.
Por primera vez no discutió. Asintió y obedeció sin más.
No la juzgaba; algo en la situación hacía que incluso yo tuviera los pelos de punta.
Sin decir una palabra más, cogió a su esposa y a su hija de las manos y se preparó para salir, aunque antes de cruzar el umbral de la puerta se detuvo y me miró de reojo.
—Te daré su ubicación, pero date prisa antes de que haga alguna estupidez.
Asentí y pasé por su lado a toda prisa.
—Aiden —me llamó e hizo que me detuviera—. Avísales, es probable que vayamos a necesitarlos.
Me giré y lo miré con fijeza a los ojos. Él mantuvo la cabeza alta, la espalda recta y su mirada conectada con la mía. Fue Ramsel quien rompió el contacto visual al darse la vuelta e irse por el otro lado con su familia.
Parpadeé unos instantes antes de hacer lo que me había dicho. Saqué el teléfono, comprobé que tenía su ubicación y se la mandé a ellos antes de hacer una llamada grupal.
—¿Ya se terminó el tostón?
—Dime que se rompió una pierna, por favor.
—Sí y no —respondí, al tiempo que ponía el coche en marcha—. Os envié una ubicación, os veo ahí.
—¿Los tres juntos?
—Espera, aún es temprano, ¿por qué estás fuera?, ¿dónde está Katrina?
«Por algo él es el listo».
—No hay tiempo para explicaciones, puede que Katrina esté en problemas. Y sí, los tres juntos. Ramsel dice que podemos ser necesarios.
Silencio. A mis palabras le siguió un silencio sepulcral. Sabía que seguían ahí porque oía sus respiraciones.
—Vale, seré yo quien lo diga. ¿Podemos fiarnos de él?
—¿Quieres jugarte la vida de Katrina mientras lo pensamos? —respondí.
Otro silencio y luego ruido. Mucho ruido y movimiento.
—Según el GPS estaré en veinte minutos.
—Yo ya he cogido todo, hackearé las cámaras cercanas por el camino.
—Bien, nos vemos en el estacionamiento.
La conversación de ambos acabó con ellos subiendo a sus respectivos ascensores.
Cabría la posibilidad de que tuvieran razón y todo fuera una trampa, pero ninguno iba a arriesgar la vida de Katrina para averiguarlo.