CAPÍTULO 20
Oliver
Estar en ese lugar provocaba que el estómago se me revolviera.
Las personas ante mí me provocaban náuseas y el ver cómo Aiden acariciaba a Katrina hacía que quisiera arrancarme los ojos.
Mi situación era tan irritante, asquerosa e insulsa que lo mejor para mí habría sido saltar por el balcón de ese teatro y acabar con mi vida.
¿Por qué no lo hacía? Porque a esa pantomima le quedaba poco.
«El consejo ha dado una advertencia y, gracias a mi adorada prima, se va a cumplir». Ese pensamiento hizo que me recostara y sonriera. La vida por fin me iba a dar lo que era mío por derecho, lo que siempre tuvo que estar para mí. Por lo que mi padre murió.
La tortura de espectáculo llegó a su descanso y pude levantarme para ir a por un trago. Lo malo es que no lo hice solo; Katrina y Aiden vinieron detrás de mí.
—Iré a revisar la seguridad —anunció mi prima.
—Ya lo has hecho mil veces antes de comenzar —protestó Aiden.
—Lo sé, pero no estaré tranquila si no lo hago.
—Entonces iré yo por ti. Tú quédate aquí, no tardo.
—¿Estás seguro? Puede que no te hagan caso.
—¿Después de la advertencia de la cabeza? No creo que alguno sea lo bastante idiota como para retarme —dijo él con su estúpida sonrisa.
«Joder, cómo voy a disfrutar cuando se le caiga. Cuando me anuncien como su nuevo jefe, el nuevo líder, el nuevo cazador».
Vi cómo él se alejaba y mi prima se apoyaba en la barra para pedir una copa.
La contemplé desde los pies a la cabeza.
Era verdad que había cambiado; ya no era la niña gorda y asquerosa fácil de intimidar, la que se escondía en el baño y se metía los dedos para vomitar, la misma que lloraba hasta quedarse dormida.
Yo sabía su secreto. Podía aparentar todo lo que le diera la gana, pero por dentro seguía siendo esa chiquilla asustada, y yo el monstruo al que tanto temía.
—Qué alegría verte tan feliz, prima —dije mientras me colocaba a su lado en la barra.
—Lárgate de aquí antes de que me olvide dónde estamos y riegue con tu sangre las escaleras.
—¡Guau! Eso sí que es un saludo. Deberías empezar a tratarme mejor.
—¿Y por qué iba a hacer tal cosa?
—Bueno, teniendo en cuenta que pronto podré decidir tu destino y el de tu familia…
—¿Tú? Deberías mirar tu copa; al parecer te han echado algo.
—Oh, veo que tus padres no te lo han contado.
—¿De qué narices hablas?
—El consejo se ha enterado de tu relación con Aiden.
Claro que, teniendo en cuenta lo de la cabeza en el jardín, era de esperarse.
Llamaron esa misma noche a tu padre y le dieron quince días para resolver el problema, pero visto que acabas de aparecer en público con él… Bueno, digamos que tu padre no cumplió.
La sorpresa en su cara hizo que la mía brillara de felicidad.
—¿Sabes qué? Si tanto quieres el estúpido puesto, es tuyo. Cuando mi padre se jubile, nos iremos lejos y así no tendré que ver tu asqueroso rostro. Suerte buscando otra asesina para Marik.
Con esas palabras se dio la vuelta, dejando su copa sin tocar y puso rumbo al reservado, pero yo no había acabado con ella, aún no. No hasta que la viera de rodillas suplicando mi clemencia. Una que nunca le daría.
—No lo entiendes, ¿verdad? —dije haciendo que se detuviera a escasos pasos—. El consejo no va a esperar a que tu padre se jubile. No están nada tranquilos sabiendo que su hija, la asesina de la casa checa, está saliendo con el asesino de la casa italiana.
Se giró y me observó con el rostro arrugado.
—Felicidades, prima. No solo has roto el matrimonio de tus padres, sino que también has hecho que lo pierdan todo: la casa, el estatus, la seguridad, el legado de la familia… Y todo por encapricharte del hombre equivocado.
Le di una palmada en el hombro, pasando por su lado con mi whisky en la mano y la sonrisa de victoria más grande que podía formar.
«No solo voy a hacer que lo pierdas todo, Katrina, sino que también haré que Aiden te odie hasta solo desear tu muerte».