CAPÍTULO 19
Katrina
Le di un último repaso al recinto, comprobando que cada hombre estuviera en su posición. Que cada recoveco había sido revisado y asegurado. Era lo que hacía siempre que Valery tenía un recital; me encargaba personalmente de la seguridad.
No era habitual que la familia se juntara fuera de la casa, por lo que estos eventos nos convertían en un objetivo vulnerable. Ya lo habíamos sido una vez; no pensaba dejar que volviéramos a serlo.
Cuando me aseguré de que todo estaba como yo deseaba, me encaminé hacia el camerino de mi hermana. Tenía uno para ella sola, sin ventanas, con una sola entrada y salida custodiada por cuatro hombres y puerta con seguridad biométrica antibalas.
Los hombres asintieron al verme, abriendo para que pudiera pasar. Para mi sorpresa, mi hermana se encontraba al teléfono; por la voz, sabía perfectamente con quién hablaba.
—¡No! Y no pienso parar hasta que muevas tu culo asesino hasta aquí. Deja de jugar con ese pobre diablo y ven.
—Recuérdame por qué aún no te he matado.
—Porque en el fondo me adoras.
—Y porque es mi hermana —dije interrumpiendo su conversación—. ¿Cuándo regresas?
—Pronto. El plazo de Mikhail se está acabando.
—Bien, sigue con lo que estabas.
—¡¿Y mi función qué?!
—Basta, Valery. ¿No ves que Smert está trabajando? —inquirí.
—Pero…
—Grábala y envíamela —interrumpió.
—¿La vas a ver? —contestó Valery con ilusión.
—No, pero tal vez así consiga que me dejes en paz.
Mi hermana, enfadada y en pleno berrinche, colgó la llamada sin decir nada más. Arrojó el móvil sobre el tocador, se cruzó de brazos y volteó a verme.
—¡¿Te lo puedes creer?!
—Valery… Está en un asunto importante. Te recuerdo que también has invitado a Aiden.
—¿Y?
—Se supone que Aiden está aquí para evitar enfrentarse con Smert, ¿y vas tú y los juntas? —dije levantando una ceja.
—Sigo sin ver cuál es el problema.
Me reí. Ella nunca lo veía; ese era su don. Poder vivir sin preocupaciones, siempre con una sonrisa en el rostro. Me mataría a mí misma antes de dejar que la perdiera. Que ese mundo se la tragara a ella también.
La puerta se volvió a abrir y por ella entraron mis padres.
Mi madre tenía puesto un vestido de seda color perla, con tirantes y escote fruncido; mi padre iba con su habitual traje.
Lo que me llamaba la atención eran sus posturas.
Los demás no lo notaban, pero había tensión.
Mucha tensión. La noche que volví de la misión lo noté.
Quise averiguar qué había sucedido. Ni mi madre ni mi hermana me habían dicho nada, algo inaudito en Valery.
Podía imaginarme a qué se debía todo aquello. El problema de mis padres tenía nombre y era el mío. Por ello decidí mantener las distancias con Aiden, con la única esperanza de limar asperezas entre ellos. Todo apuntaba a que mi sacrificio había sido en vano. Otra vez.
—¡Oh, cariño! estás hermosa —dijo mi madre observando el hermoso vestido de princesa de Valery.
—Tú también lo estás, mamá. Cada día que pasa rejuveneces más. ¿A que sí, papá?
—Por supuesto. Está tan hermosa como el día en que la conocí.
—Ni te molestes —respondió ella con la voz apagada.
Val y yo nos miramos. Mi madre nunca había estado enfadada durante tanto tiempo con mi padre. La cosa era grave y yo era la única responsable. Si hubiese seguido las normas, si no hubiese desobedecido a mi padre, si me hubiese mantenido alejada de él…
Sentí una presión en mi mano y, al mirar, mi hermana la había cogido. Me conocía muy bien; seguro sabía a dónde se había ido mi mente. Nos miramos y ella negó con la cabeza; entendía lo que quería decir, pero no podía compartirlo.
—Bueno, ¿a qué viene esa cara? Con lo hermosa que estás —volvió a hablar mi madre.
—Smert no va a venir —protestó Val.
—¡¿No la habrás invitado?! —rugió mi padre.
—Pues claro, ¿cómo no iba a hacerlo?
—Esto es increíble, ¡increíble! —protestó alzando las manos al aire.
—Tranquilo que no va a venir, estaba de excursión —interrumpí.
Mi padre me observó un segundo, pero no dijo nada. Solo negó con la cabeza y se marchó.
—Ignóralo —dijo mi madre—. Parece que cuanto más mayor se hace, más idiota se vuelve.
—Esto es culpa mía, mamá. No debí acercarme a Aiden, yo…
—Ni se te ocurra, jovencita —me interrumpió y se aproximó hasta quedar justo frente a mí—. Es tu vida, Katrina. Ya es hora de que empieces a vivirla como desees tú y no los demás.
—Pero tú y papá…
—Sin peros —dijo, colocando su mano en mi mejilla—. Ya has sacrificado suficiente; es hora de que lo hagamos nosotros.
—Pues él no se ve muy dispuesto —murmuró Valery.
—Entonces sabrá lo que es perderlo todo, tal y como lo ha hecho tu hermana durante todos estos años.
Un silencio envolvió la pequeña estancia.
«Tiene que estar de broma, mi madre jamás dejaría a mi padre y menos por mí».
El solo pensamiento de que eso ocurriera me partía en dos.
Hacía que volviesen esos sentimientos que tanto había enterrado.
A ser esa niña asustada, acomplejada y llorona.
Aquella niña que lloraba todas las noches en el regazo de su madre, rogando una protección que solo ella conseguía darme, un refugio que nunca había vuelto a tener hasta que apareció él.
Abrí la boca para decir que no hacía falta, que lo mío con Aiden era historia, que no tenía que acabar con un matrimonio de tantos años solo por mí, por algo que yo misma había provocado.
No tuve oportunidad; la puerta se volvió a abrir, con la asistenta del director apurando para que Valery saliera y fuéramos todos a nuestros sitios.
Mi madre se despidió como pudo de una Valery que salía a toda prisa, con sus dos guardias pisando sus talones y la joven asistenta tirando de ella para que apurase. No fui capaz de decirle nada; el shock seguía teniendo mi cuerpo paralizado.
—Vamos, tu hermana nos matará si nos perdemos algo.
—Mamá…
—Ni una palabra. Tu felicidad es más importante que la mía, Katrina.
Siempre lo ha sido. Lamento no haberme dado cuenta hasta ahora.
Siento que el amor que siento por tu padre me cegara hasta hacerme pensar que esto era lo que querías, pero esa venda ya ha caído y ahora veo con claridad lo que debo hacer… En lo que te tienes que convertir.
Lo único que pude hacer fue abrazarla. La envolví en mis brazos todo lo fuerte que pude, lo hice hasta que una risita brotó de ella.
Hacía mucho tiempo que no hacía eso con alguien y me encantaba.
Si Smert hubiese aparecido, habría estado vomitando por los rincones y diciendo que me había vuelto una blanda, pero me daba igual.
Esa mujer era todo lo que yo quería, necesitaba y deseaba ser.
Un carraspeo nos interrumpió. Mi padre se encontraba en la puerta, pero mis ojos no fueron hasta él, ni hacia el inepto de mi primo que estaba a su lado. No, toda mi atención fue hacia el hombre que se encontraba detrás de ellos, ese que le hacía sombra hasta al mismísimo sol.
—¿Interrumpo? —inquirió mi padre.
—Siempre, pero ya estamos acostumbradas —contestó mi madre con arrogancia.
Mi padre suspiró y estiró el brazo para que mi madre enroscara el suyo. Lo hizo sin discusión; desde fuera, seguían pareciendo un matrimonio fuerte y feliz.
Pasé entre ellos, ignorando las dagas que me lanzaba mi padre y las amenazas silenciosas que salían de Oliver. Fui con paso firme, directa hasta quedar frente al hombre que había puesto mi vida y la de mi familia de cabeza.
—¿Vamos? —dije y estiré el brazo en su dirección.
—Pensé que me ignorabas —contestó, aunque dejó que enroscara mi extremidad a la suya.
—Y yo que me ibas a secuestrar… Como puedes ver, ambos hemos salido decepcionados.
Una sonrisa sutil, de esas que hacían temblar las piernas de sus enemigos y a mí me ponían a mil, asomó por sus labios.
—Mmm, mira por dónde, él tenía razón —susurró en mi oído.
Fruncí el ceño en su dirección, él volvió a sonreírme y me ayudó a sentarme en mi asiento, dando por terminada la conversación y cualquier posible pregunta por mi parte.